viernes, 17 de julio de 2026

Quiero misericordia y no sacrificio

 Si comprendierais lo que significa “quiero misericordia y no sacrificio”, no condenaríais a los inocentes".
Muchas veces, como los fariseos, caemos en el juzgar a los demás de acuerdo a la letra de ley, o a lo que creemos que la ley quiere decir, o a lo que nos parece que los demás están haciendo mal, o a lo que me han dicho que dijeron que hicieron. Somos muy propensos a declararnos jueces y verdugos de los demás, nos creemos muy justos cuando condenamos una actitud, cuando juzgamos al resto, y, sobre todo cuando hacemos de ese juicio y condena una carta de presentación ante los demás porque no obramos en silencio sino que los demás se tienen que enterar de lo bueno que soy porque he juzgado y condenado a otro.
Los fariseos buscaban siempre cómo poder condenar las malas acciones, como poder hacer notar que Jesús y sus discípulos no estaban viviendo según la ley y las costumbres del pueblo, pero no miraban más allá de ese acto y de esa acción, porque lo que en realidad les importaba era condenar los hechos y a las personas. No buscaban el bien para ellos, sino que necesitaban argumentar las malas acciones del otro.
Sabemos que el pecado reside en nosotros, que no siempre hacemos el bien que debemos sino que nos dejamos tentar por el mal que habita en nosotros, y, sin embargo no nos damos cuenta el daño que hacemos con nuestros juicios y condenas. Porque no estamos emitiendo sólo un juicio sino que estamos haciendo daño a un hermano, a alguien a quien le debo respeto y misericordia. Por eso mismo Jesús ya nos lo había dicho: "con la vara con que juzguéis a los demás seréis juzgados", pero son palabras que nunca las tenemos en cuenta porque, muchas veces, nos enceguece nuestra soberbia, nuestro orgullo, nuestro genio, el qué dirán o el qué me dijeron.
Y, para colmo de males, por lo mismo que juzgo y condeno (la soberbia, la vanidad y el orgullo) no puedo después pedir disculpas o perdón a la persona dañada, no me da la cara para reconocer que me excedido en mis palabras o actos, o que no tenía porqué hablar así o asa.
Por todo eso tenemos que tener más misericordia en nuestro corazón y más capacidad de reconocer que no soy quien para condenar a alguien y ni tan siquiera para hablar mal del otro, porque primero tengo que amar a la persona y si veo que ha actuado mal ayudarlo a cambiar de vida, si no es con las palabras será con la oración.

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