jueves, 12 de septiembre de 2024

La magnanimidad del Amor

"Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo".
Si hacemos lo mismo que hacen todos ¿qué mérito tenemos?
Jesús nos llama y nos invita a un nivel mucho más alta, a que el valor de la magnanimidad lo llevemos al extremo pero no a nivel humano, sino a nivel divino, sobrenatural. ¿Cómo es eso?
Con la ley del amor. Sí, con ese amor del que muchas veces hablamos o escuchamos: que no se cansa nunca, que nunca piensa mal, que todo lo puede, que todo lo soporta, etc. etc.
Sí, también. Es un amor difícil de vivir, porque es un amor a nivel divino, y ese es un límite muy alto para el hombre, por eso necesitamos estar íntimamente ligados a nuestro Dios y Salvador. Unidos a Dios porque necesitaremos de Él para elevar nuestro nivel de amor, para saber que cuando no llegamos a amar así podemos pedir perdón, para que cuando no podamos pedir perdón podamos pedir el Espíritu para poder reconciliarnos con nosotros mismos y con los demás, y así reconciliarnos con el Señor.
¿Cómo poder sino alcanzar el nivel del amor que Cristo nos propone?
"Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos.
Sed compasivos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros".
A veces, cometemos el error de saber que son palabras muy bonitas pero que no las utilizamos para nosotros mismos, sino que las usamos para juzgar la vida de los demás, de lo que los otros hacen con nosotros, y caemos en la hipocresía de creernos los mejores, sin embargo, al juzgar a los demás caemos en el pecado de no mirar la viga de nuestro ojo sino la paja en el ojo ajeno, y, sobre todo, porque lo hacemos para sentirnos siempre víctimas y no culpables.

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