De las cartas de San Pío de Pietrelcina
En fuerza de esta obediencia me resuelvo a manifestarle lo que
sucedió en mí desde el día 5 por la tarde que se prolongó durante todo
el 6 del corriente mes de agosto.
No soy capaz de decirle lo que
pasó a lo largo de este tiempo de superlativo martirio. Me hallaba
confesando a nuestros seráficos la tarde del 5, cuando de repente me
llené de un espantoso terror ante la visión de un personaje celeste que
se me
presenta ante los ojos de la inteligencia. Tenía en la mano una
especie de dardo, semejante a una larguísima lanza de hierro con una
punta muy afilada y parecía como si de esa punta saliese fuego. Ver todo
esto y observar
que aquel personaje arrojaba con toda violencia tal dardo sobre el
alma fue todo uno. A duras penas exhalé un gemido, me parecía morir. Le
dije al seráfico que se marchase, porque me sentía mal y no me
encontraba
con fuerzas para continuar. Este martirio duro sin interrupción
hasta la mañana del día siete. No sabría decir cuánto sufrí en este
periodo tan luctuoso. Sentía también las
entrañas como arrancadas y desgarradas por aquel instrumento
mientras todo quedaba sometido a hierro y fuego.
Y ¿qué decirle
con respecto a lo que me pregunta sobre cómo sucedió mi crucifixión?
¡Dios mío, qué confusión y humillación experimento al tener que
manifestar lo que tú has obrado en esta tu mezquina criatura!
Era
la mañana del 20 del pasado mes de septiembre en el coro,
después de la celebración de la santa misa, sentí una sensación de
descanso, semejante a un dulce sueño. Todos los sentidos internos y
externos, incluso las mismas facultades del alma se encontraron en una
quietud indescriptible. Durante todo esto se hizo un silencio
total en torno a mí y dentro de mí; siguió luego una gran paz y abandono
en la más completa privación de todo, como un descanso dentro de la
propia ruina. Todo esto sucedió con la velocidad del rayo.
Y
mientras sucedía todo esto, me encontré delante de un misterioso
personaje, semejante al que había visto la tarde del 5 de agosto, que se
diferenciaba de éste solamente en que tenía las manos, los pies y
el costado manando sangre. Sólo su visión me aterrorizó; no sabría
expresar lo que sentí en aquel momento. Creí morir y
habría muerto si el Señor no hubiera intervenido para sostener mi
corazón, el cual latía como si se quisiera salir del pecho. La visión
del personaje desapareció y yo me encontré con las manos,
los pies y el costado traspasados y manando sangre. Imaginad qué
desgarro estoy experimentando continuamente casi todos los días. La
herida del corazón mana asiduamente sangre, sobre todo desde el jueves
por la tarde hasta
el sábado.
Padre mío, yo muero de dolor por el desgarro y
la subsiguiente confusión que yo sufro en lo más íntimo del corazón.
Temo morir desangrado, si el Señor no escucha los gemidos de
mi corazón y retira de mí este peso. ¿Me concederá esta gracia
Jesús que es tan bueno? ¿Me quitará al menos esta confusión que
experimento por estas señales externas? Alzaré
fuerte mi voz a él sin cesar, para que por su misericordia retire
de mí la aflicción, no el desgarro ni el dolor, porque lo veo imposible y
yo deseo embriagarme de dolor, sino estas señales externas que son para
mí de una confusión y humillación indescriptible e insostenible.
El
personaje del que quería hablarle en mi anterior, no es otro que el
mismo del que le hablé en otra carta mía y que vi el 5 de
agosto. El continúa su actividad sin parar, con gran desgarro del
alma. Siento en mi interior como un continuo rumor, como el de una
cascada, que está siempre echando sangre. ¡Dios mío!
Es justo el
castigo y
recto tu juicio, pero trátame al fin con misericordia. Señor —te
diré siempre con tu profeta—: Señor no me corrijas con ira, no me
castigues con cólera. Padre mío, ahora que conoces toda mi
interioridad, no desdeñes de hacer llegar hasta mí la palabra de
consuelo, en medio de tan feroz y dura amargura.
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