“Jesús respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de Él, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».
Somos Familia de Cristo, somos Iglesia, cuando hacemos la Voluntad de Dios, cuando vivimos como hermanos y nos sentamos a la misma Mesa a participar del Pan Celestial que alimenta nuestra vida de Fe, de Amor y de Esperanza.
La Voluntad de Dios es lo que centra la vida de la Iglesia, de una Comunidad parroquial, y la descubrimos por medio de Su Palabra y la celebramos en el Banquete Eucarístico, porque Él mismo nos dijo: “Sin Mí no podéis hacer nada”, y con eso se refería a que sin Él no podemos llegar a formar verdaderamente su Cuerpo Místico, pues Él es la Cabeza de este Cuerpo que se llama Iglesia, Familia de los hijos de Dios.
Pero, resulta que, para muchos, no es necesario participar de la vida sacramental para ser Familia de Dios, y así, sin pensarlo, están despreciando el valor infinito que tiene para los católicos la Eucaristía, el Sacramento de la Reconciliación, y, sobre todo el Banquete Celestial que es un Banquete Fraternal, donde purificando el corazón, escuchando la Palabra y alimentándonos con la Eucaristía, seguimos, a pesar de nuestros pecados y errores, construyendo un Reino de Personas que se aman, que es lo que realmente es la Iglesia, y lo pedimos, constantemente en el Padre nuestro: “venga a nosotros Tu Reino, hágase Tu Voluntad en la tierra como en el Cielo”.
¿Cómo podemos vivir nuestra Fe sin alimentarnos con la Palabra y la Eucaristía? ¿Es mentira lo que nos dice Jesús que sin Él no podemos hacer nada? ¿Cómo construimos y formamos parte de la Familia de Dios, de la Iglesia, si en el centro de nuestras vidas no está Cristo y, menos aún, si no nos alimentamos de Él?
Vivir la Voluntad de Dios no es fácil, menos en los tiempos que corren pues vivimos en una sociedad desacralizada, donde Dios no forma parte o no quieren que forme parte de nuestras vidas. Y, si nosotros, a quienes Cristo llamó “sois la luz del mundo”, no nos alimentamos ni vivimos lo que Él nos ha pedido ¿quién iluminará las tinieblas del mundo para que encuentren el Camino de la Salvación? Si no iluminamos nuestras vidas con Su Palabra y no la alimentamos con el Pan de Vida ¿somos verdaderos discípulos de Cristo y enseñamos el Camino hacia Él?
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