viernes, 31 de mayo de 2024

Instrumentalidad mariana

La Visitación de María a Isabel lleva consigo mucho para meditar, a ver si me sale un esbozo de cada una para poder llevar todo a nuestro corazón, como María, para meditar en silencio y en oración.
"En aquellos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá".
La disponibilidad de María a la Voluntad de Dios lo vemos en la Anunciación del Ángel, cuando se hace "esclava" de la Voluntad de Dios: "he aquí la esclava del Señor". Pero no sólo es disponibilidad, sino que es una disponibilidad pronta, rápida, pues no duda en responder al Ángel, sino que, también, responde a la necesidad de Isabel, que en su vejez estaba embarazada.
Ahí, María, nos da ejemplo no sólo de la disponibilidad pronta la Voluntad de Dios, sino que, también, esa misma disponibilidad la tiene con sus hermanos: se puso en camino de prisa hacia la montaña.
Muchas veces nos sucede que estamos prontos para las cosas de Dios, pero poco prontos para la ayuda a los hermanos, o, mejor dicho, como dirían nuestros padres: estamos prontos para lo que nos gusta, pero no para lo que debemos hacer.
"Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y levantando la voz".
Como María, también nosotros, llevamos el Espíritu Santo que nos fuera dado en el bautismo, y por eso, como Ella, cuando visitamos a alguien llevamos el mismo Espíritu. Por eso no debemos dejar para nosotros lo que Dios nos ha dado, pues nos ha enviado a llevar a los demás los frutos del Espíritu: amor, alegría, esperanza, paz, consuelo...
"María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava”.
Y, por último, la humildad de María, reconocer la humildad no significa desaparecer de la realidad, sino que se reconoce la grandeza del Señor, y desde esa disponibilidad pronta a Su Voluntad, se vive la pequeñez de saber que sin Él nada se puede hacer. Esa pequeñez unida a la disponibilidad pronta a la Voluntad de Dios nos da la paz necesaria para ser Fiel, y la Fidelidad a Dios nos da la alegría de sabernos amados y salvados. Por eso, desde la alegría se sirve al Señor con disponibilidad pronta, sin mirar si puedo o no puedo, porque el poder lo tiene el Señor y no el instrumento.
Y así la instrumentalidad mariana nos enseña y nos anima a no dejarnos llevar por la autosuficiencia terrena, sino que, sabiéndonos pequeños e hijos dejar que el Padre nos guíe y nos ayude a ser portadores de la Buena Noticia de la Salvación.
"Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mi: “su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.

jueves, 30 de mayo de 2024

Nuestro bautismo

Del Tratado de san Ambrosio, obispo, Sobre los misterios,

Al salir de la piscina bautismal fuiste al sacerdote. Considera lo que vino a continuación. Es lo que dice el salmista: Es ungüento precioso en la cabeza, que va bajando por la barba, que baja por la barba de Aarón. Es el ungüento del que dice el Cantar de los cantares: Es tu nombre un ungüento cuyo perfume se difunde; por eso te aman las doncellas. ¡Cuántas son hoy las almas renovadas que, llenas de amor a ti, Señor Jesús, te dicen: Arrástranos tras de ti; correremos tras el olor de tus vestidos, atraídas por el olor de tu resurrección!
Esfuérzate en penetrar el significado de este rito, porque el sabio tiene sus ojos en la frente. Este ungüento va bajando por la barba, esto es, por tu juventud renovada, y por la barba de Aarón, porque te convierte en linaje escogido, sacerdotal, precioso. Todos, en efecto, somos ungidos por la gracia del Espíritu para ser miembros del reino de Dios y formar parte de su sacerdocio.
Después de esto, recibiste la vestidura blanca como señal de que te habías despojado de la envoltura del pecado y te habías vestido con la casta ropa de la inocencia, de conformidad con lo que dice el salmista: Rocíame con el hisopo: quedaré limpio; lávame: quedaré más blanco que la nieve. En efecto, tanto la ley antigua como el Evangelio aluden a la limpieza espiritual del que ha sido bautizado: la ley antigua, porque Moisés roció con la sangre del cordero sirviéndose de un ramo de hisopo, el Evangelio, porque las vestiduras de Cristo eran blancas como la nieve, cuando mostró la gloria de su resurrección. Aquel a quien se le perdonan los pecados queda más blanco que la nieve. Por esto dice el Señor por boca de Isaías: Aunque vuestros pecados sean como la grana, blanquearán como la nieve.
La Iglesia, engalanada con estas vestiduras gracias al baño de regeneración, dice con palabras del Cantar de los cantares: Soy negra pero hermosa, hijas de Jerusalén. Negra por la fragilidad de su condición humana, hermosa por la gracia; negra porque consta de hombres pecadores, hermosa por el sacramento de la fe. Las hijas de Jerusalén, estupefactas al ver estas vestiduras, dicen: «¿Quién es ésta que sube resplandeciente de blancura? Antes era negra, ¿de dónde esta repentina blancura?»
Y Cristo, al contemplar a su Iglesia con blancas vestiduras —él, que por su amor tomó unas sórdidas vestiduras, como dice el libro del profeta Zacarías—, al contemplar al alma limpia y lavada por el baño de regeneración, dice: ¡Qué hermosa eres, amada mía, qué hermosa eres! Tus ojos son como palomas, bajo cuya apariencia bajó del cielo el Espíritu Santo.
Recuerda, pues, que has recibido el sello del Espíritu, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de piedad, espíritu del santo temor, y conserva lo que has recibido. Dios Padre te ha sellado, Cristo el Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón, como prenda suya, el Espíritu, como te enseña el Apóstol.

miércoles, 29 de mayo de 2024

Ser agradecidos

"Queridos hermanos:
Ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo..."
Conviene, de vez en cuando, recordar cosillas que se nos van olvidando, no por no querer recordarlas, ni tampoco para cargar nuestra conciencia, sino para aprender a valorar lo que tenemos.
Lo mismo nos pasa con lo que nuestros padres hacen por nosotros, no nos dicen todo lo que han vivido o sufrido o trabajado, porque lo han hecho por amor, pero es bueno tenerlo en cuenta para poder ser agradecidos y valorar lo que hemos conseguido gracias al esfuerzo y la entrega de ellos.
Así nos pasa con estas cartas apostólicas donde nos recuerda, en este caso, san Pedro, cómo hemos sido rescatados del pecado y de la muerte, y se nos ha dado una vida nueva en el espíritu y la Gracia.
Si nos damos cuenta y lo tenemos más en mente el precio que se ha pagado por nuestro rescate, entonces, entenderemos mejor el por qué se nos exige o se nos pide vivir el misma Camino para seguir teniendo Vida. La Vida que se nos ha dado no es una vida mundana, como la vive el mundo, sino que es una vida divina, una vida que está, constantemente, alimentada y estimulada por el Espíritu Santo que inhabita en nosotros y nos hace llamar a Dios ¡Abba!
Cuando dejamos de recordar lo que hemos ganado gracias al Amor del Padre y la entrega del Hijo, perdemos esperanza y constancia en renovar, cada día, ese mismo amor y esa misma vida. Cuando nos alejamos de la Vid Verdadera, nuestra vida vuelve al mundo y se alimenta sólo del espíritu del mundo dejando, de lado, muchas veces, la Voluntad del Padre.
Así, no sucede, también con nuestros padres, cuando nos olvidamos de lo que ellos hicieron por nosotros, nos tornamos soberbios y orgullosos, pues parece que todo lo tenían que hacer por obligación, y, por eso no nos sentimos agradecidos y, menos aún, valoramos lo que nos han entregado con sus vidas, dejando de lado sus enseñanzas, sus consejos, sus advertencias, y nos dedicamos (como ya nos creemos mayores) a hacer lo que nos plazca sin mirar y tener en cuenta de dónde venimos y quiénes lo hicieron capaz.

martes, 28 de mayo de 2024

Alcanzar la cima de la vocación

"Por eso, ceñidos los lomos de vuestra mente y, manteniéndoos sobrios, confiad plenamente en la gracia que se os dará en la revelación de Jesucristo.
Como hijos obedientes, no os amoldéis a las aspiraciones que teníais antes, en los días de vuestra ignorancia.
Al contrario, lo mismo que es santo el que os llamó, sed santos también vosotros en toda vuestra conducta, porque está escrito: «Seréis santos, porque yo soy santo».
San Pedro nos habla de nuestra vocación primera: la santidad. Sí, todos somos santos porque el Espíritu Santo inhabita en nosotros, y eso es lo que seremos si nos mantenemos Fieles a la Vida que el Señor nos ha regalado y nos pide vivir: "Yo soy la Vida". En ese Camino: "Yo soy el Camino", podremos realizar nuestra vocación primera, pues no es algo que podamos hacer por esfuerzo propio sino que es algo a lo que llegaremos manteniéndonos en la Gracia de Dios.
Cuando leemos o miramos la vida de los santos vamos a descubrir que ellos han sido como nosotros, pero que, a diferencia de algunos, han tenido la grandeza de hacerse pequeños a los ojos de Dios, y, por eso, descubrir que nada podían hacer sin estar en una permanente relación con el Señor: con sus sacramentos, con Su Palabra. Y no es que ellos nunca han pecado o que hayan sido perfectos, sino que desde su pecado e imperfección han confiado en la misericordia del Señor y se han dejado conducir.
Como diría Teresita de Lisieux: "como un pequeño gorrión me subo a las alas del águila para que ella me lleve a lo alto de la cima", hablando de su ideal de perfección que era la santidad. Y así, con pequeños gestos y confianza heroica en la Providencia alcanzó la cima de la santidad, marcando y señalando el Camino de la Infancia Espiritual.
Hoy, sobre todo hoy, en estos tiempos en los que los hombres aspiran a la grandeza del mundo es cuando más necesita el mundo de almas que se entreguen en el camino de la Infancia Espiritual, pues es el único camino que nos trae la salvación, y con pequeños sacrificios se logran conquistar almas perdidas que, unidas a la Gracia de Dios, alcanzan su salvación.

domingo, 26 de mayo de 2024

Un mandato de Jesús

"Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado".

El domingo pasado celebramos, para culminar el Tiempo de Pascua, la Solemnidad de Pentecostés, la Venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y María. Este domingo, ya comenzado el Tiempo Ordinario (de la liturgia católica) lo iniciamos con otra solemnidad: La Santísima Trinidad, y la liturgia, nos invita a recordar el mandato que Jesús les dio a los discípulos y, por supuesto, a nosotros también, de ir y hacer discípulos de Cristo en todos los pueblos: el mandato de la misión universal de la Iglesia.
Un mandato que, sin querer, consciente o inconscientemente, guiados por la fe o por la tradición, nuestros abuelos y padres han ido cumpliendo cuando nos llevaban a la Iglesia a recibir el bautismo. Ellos, siguiendo la tradición y el camino de la fe de los antepasados nos transmitieron, a su manera, el don de la Fe, una Fe que está muy arraigada en nuestras tierras y en nuestra tradición y, aunque muchos quieran quitar a la Iglesia de en medio de la sociedad, sigue siendo germen de nuevas vocaciones a la santidad.
Hoy en día, como vamos viendo todos los días, la vida social cristiana va desapareciendo y eso produce una cierta desesperanza en los que formamos, desde hace mucho tiempo, la vida eclesial. Pero, sin embargo, seguimos recibiendo a los niños para ser bautizados, para recibir la Primera Comunión, sigue habiendo bodas sacramentales, confesiones, se sigue recibiendo la Unción para los enfermos, y, sobre todo, se siguen celebrando las fiestas de los patronos de nuestros pueblos y ¡tantos otros más!
Igualmente, ante la desesperanza o la esperanza de seguir “vivos” necesitamos fortalecer y volver a evangelizarnos, necesitamos, o, mejor dicho, nuestra sociedad del siglo XXI necesita de nuestro compromiso con nuestra fe, o, mejor dicho, con el mandato evangélico de llevar la Buena Noticia a todos los hombres. Pero, tengamos en cuenta que no debemos modificar el evangelio, sino aggiornarlo a los tiempos que vivimos, pues para muchos habría que cambiar el evangelio y adaptarlo al mundo, y, sin embargo, lo que debemos hacer es adaptar el mundo al evangelio. ¿Por qué? Porque si miramos bien, ¿hacia dónde va la sociedad actual? ¿Por vivir la libertad que vive está yendo por el mejor de los caminos? Por eso, no debemos adaptar el evangelio al mundo, sino saber adaptar nuestra manera de predicarlo, para que el mundo encuentre en Él un mensaje de Vida.

sábado, 25 de mayo de 2024

Unción de los enfermos

"Queridos hermanos:
¿Está sufriendo alguno de vosotros? Rece. ¿Está contento? Cante. ¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que recen por él y lo unjan con óleo en el nombre del Señor. La oración hecha con fe salvará al enfermo y el Señor lo restablecerá; y si hubiera cometido algún pecado, le será perdonado".
Poco hablamos del sacramento de la Unción de los Enfermos, tan mal conocido como la "extrema unción". Sí, tan mal conocido o mejor dicho, tan temido, como la extrema unción. Tan temido porque cuando una persona está enferma se tiene miedo de llamar a los sacerdotes para que unjan con el óleo al enfermo, pues se piensa que se va a morir directamente cuando se lo unja. Sin embargo, cuando hay en la parroquia unción de enfermos se apunta todo el mundo. Pero cuando se está gravemente enfermo no se llama al sacerdote.
Como bien dice Santiago en su carta, el óleo de los enfermos no es una unción extrema, sino que es un instrumento de Gracia como todos los sacramentos (cada uno con su función) que fortalece el espíritu en los momentos de enfermedad y, sobre todo, "si hubiera cometido algún pecado, le será perdonado". La fuerza que da el sacramento ayuda a reconciliarnos con los hermanos y con Dios, y, si fuera el caso, a preparar nuestra alma para el encuentro con el Señor.
Por un lado es normal que no hablemos de la muerte cuando el enfermo está grave, pero sería lógico que, si tuviéramos fe madura, se pueda hablar de preparar el alma por si el Señor nos llamara a Su Encuentro. Y eso poder hacerlo mientras estamos conscientes, para que, recibamos con alegría la Gracia de la Unción, y, sobre todo, la de la reconciliación.
Tanto cuando recibimos la unción de los enfermos en la parroquia, como cuando la recibimos en la cama cuando estamos graves, actúa del mismo modo y nos da la misma Gracia, por eso no tenemos que tener miedo de llamar a los sacerdotes para que nos unjan o unjan a un ser querido mientras se está grave o con una enfermedad terminal, o simplemente, cuando la enfermedad es grave aunque no sea terminal.

viernes, 24 de mayo de 2024

No os quejéis

"Hermanos, no os quejéis los unos de los otros, para que no seáis condenados; mirad: el juez está ya a la puerta.
Hermanos, tomad como modelo de resistencia y de paciencia a los profetas que hablaron en nombre del Señor; mirad: nosotros proclamamos dichosos a los que tuvieron paciencia".
Estamos muy acostumbrados a hablar los unos de los otros, y lo hacemos como una práctica común, sobre todo cuando alguien nos cae mal o no lo vemos con buenos ojos, ahí es cuando más hablamos y cuando más queremos que otros hablen mal de la persona. Sin embargo, no tenemos en cuenta estos consejos de Santiago que nos pide, de parte del Señor, no quejarnos los unos de los otros.
Sí, podríamos decir que no nos quejamos, pero, en realidad, cuando hablamos mal de los otros es una queja que hacemos, porque sale desde dentro nuestro como un quejido porque lo que consideramos que está mal, o que ha actuado mal, nos ha afectado de alguna manera: o a nuestra forma de ver, de pensar, de actuar, o simplemente a nuestra sensibilidad frente a la otra persona. Es decir, no siempre somos objetivos a la hora de juzgar o prejuzgar a alguien. Y el tema sería ¿porqué juzgo a mi hermano? ¿Tengo yo que erigirme en juez de mi hermano? No, no es eso lo que el Señor nos ha pedido.
En realidad lo que nos ha pedido el Señor ha sido la corrección fraterna: primero ve y habla con tu hermano, si no te hace caso, ve con un testigo, sino os hace caso, preséntalo a la comunidad, y si no quiere cambiar de vida considérelo un pagano. Pero este proceso es, esencialmente, para ayudar al hermano a encontrar un camino de conversión, para evitar que se condene. Si no lo hago como amor y misericordia, como tiene el Señor conmigo, entonces, quien se condena no es mi hermano, sino yo, pues no he sabido vivir el amor como el Señor lo tuvo conmigo.
"Y sobre todo, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni hagáis otro tipo de juramento; que vuestro sí sea un sí y vuestro no, no, para que no caigáis bajo condena".

jueves, 23 de mayo de 2024

Insondable profundidad de Dios

 De las Instrucciones de san Columbano, abad


Dios está en todas partes, es inmenso y está cerca de todos, según atestigua de sí mismo: Yo soy —dice— un Dios cercano, no lejano. El Dios que buscamos no está lejos de nosotros, ya que está dentro de nosotros, si somos dignos de esta presencia. Habita en nosotros como el alma en el cuerpo, a condición de que seamos miembros sanos de él, de que estemos muertos al pecado. Entonces habita verdaderamente en nosotros aquel que ha dicho: Habitaré en medio de ellos y andaré entre ellos. Si somos dignos de que él esté en nosotros, entonces somos realmente vivificados por él, como miembros vivos suyos: Pues en él —como dice el Apóstol— vivimos, nos movemos y existimos.

¿Quién, me pregunto, será capaz de penetrar en el conocimiento del Altísimo, si tenemos en cuenta lo inefable e incomprensible de su ser? ¿Quién podrá investigar las profundidades de Dios? ¿Quién podrá gloriarse de conocer al Dios infinito que todo lo llena y todo lo rodea, que todo lo penetra y todo lo supera, que todo lo abarca y todo lo trasciende? A Dios ningún hombre vio ni puede ver. Nadie, pues, tenga la presunción de preguntarse sobre lo indescifrable de Dios, qué fue, cómo fue, quién fue. Éstas son cosas inefables, inescrutables, impenetrables; limítate a creer con sencillez, pero con firmeza, que Dios es y será tal cual fue, porque es inmutable.

¿Quién es, por tanto, Dios? El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios. No indagues más acerca de Dios; porque los que quieren saber las profundidades insondables deben antes considerar las cosas de la naturaleza. En efecto, el conocimiento de la Trinidad divina se compara con razón a la profundidad del mar, según aquella expresión del Eclesiastés: Profundo quedó lo que estaba profundo: ¿quién lo alcanzará? Porque, del mismo modo que la profundidad del mar es impenetrable a nuestros ojos, así también la divinidad de la Trinidad escapa a nuestra comprensión. Y por esto, insisto, si alguno se empeña en saber lo que debe creer, no piense que lo entenderá mejor disertando que creyendo; al contrario, al ser buscado, el conocimiento de la divinidad se alejará más aún que antes de aquel que pretenda conseguirlo.

Busca, pues, el conocimiento supremo, no con disquisiciones verbales, sino con la perfección de una buena conducta; no con palabras, sino con la fe que procede de un corazón sencillo y que no es fruto de una argumentación basada en una sabiduría irreverente. Por tanto, si buscas mediante el discurso racional al que es inefable, estará lejos de ti, más de lo que estaba; pero, si lo buscas mediante la fe, la sabiduría estará a la puerta, que es donde tiene su morada, y allí será contemplada, en parte por lo menos. Y también podemos realmente alcanzarla un poco cuando creemos en aquel que es invisible, sin comprenderlo; porque Dios ha de ser creído tal cual es, invisible, aunque el corazón puro pueda, en parte, contemplarlo.

miércoles, 22 de mayo de 2024

El que permanezca fiel se salvará

 De los Sermones de san Agustín, obispo


Las aflicciones y tribulaciones que a veces sufrimos nos sirven de advertencia y corrección. La sagrada Escritura, en efecto, no nos promete paz, seguridad y tranquilidad, sino que el Evangelio nos anuncia aflicciones, tribulaciones y pruebas; pero el que permanezca firme hasta el fin se salvará. ¿Qué ha tenido nunca de bueno esta vida, ya desde el primer hombre, desde que éste se hizo merecedor de la muerte, desde que recibió la maldición, maldición de la que nos ha liberado Cristo el Señor?

No hay que murmurar, pues, hermanos como murmuraron algunos -son palabras del Apóstol- y perecieron mordidos por las serpientes. Los mismos sufrimientos que soportamos nosotros tuvieron que soportarlos también nuestros padres; en esto no hay diferencia. Y, con todo, la gente murmura de su tiempo, como si hubieran sido mejores los tiempos de nuestros padres. Y si pudieran retornar al tiempo de sus padres, murmurarían igualmente. El tiempo pasado lo juzgamos mejor, sencillamente porque no es el nuestro.

Si ya has sido liberado de la maldición, si ya has creído en el Hijo de Dios, si ya has sido instruido en las sagradas Escrituras, me sorprende que tengas por bueno el tiempo en que vivió Adán. Y tus padres cargaron también con el castigo merecido por Adán. Sabemos que a Adán se le dijo: Con sudor de tu frente comerás el pan y trabajarás la tierra de la que fuiste sacado; brotará para ti cardos y espinas. Esto es lo que mereció, esto recibió, esto consiguió por el justo juicio de Dios. ¿Por qué piensas, pues, que los tiempos pasados fueron mejores que los tuyos? Desde el primer Adán hasta el de hoy, fatiga y sudor, cardos y espinas. ¿Acaso ha caído sobre nosotros el diluvio? ¿O aquellos tiempos difíciles de hambre y de guerras, de los cuales se escribió precisamente para que no murmuremos del tiempo presente contra Dios?

¡Cuáles fueron aquellos tiempos! ¿No es verdad que todos, al leer sobre ellos, nos horrorizamos? Por esto, más que murmurar de nuestro tiempo, lo que debemos hacer es congratularnos de él.

martes, 21 de mayo de 2024

El Camino de la Vida

Del Comentario de santo Tomás de Aquino, presbítero, sobre el evangelio de san Juan

Cristo en persona es el camino, por esto dice: Yo soy el camino. Lo cual tiene una explicación muy verdadera, ya que por medio de él tenemos acceso al Padre.
Mas, como este camino no dista de su término, sino que está unido a él, añade: La verdad y la vida; y, así, él mismo es a la vez el camino y su término. Es el camino según su humanidad, el término según su divinidad. En este sentido, en cuanto hombre, dice: Yo soy el camino; en cuanto Dios, añade: La verdad y la vida, dos expresiones que indican adecuadamente el término de este camino.
Efectivamente, el término de este camino es la satisfacción del deseo humano, y el hombre desea principalmente dos cosas: en primer lugar el conocimiento de la verdad, lo cual es algo específico suyo; en segundo lugar la prolongación de su existencia, lo cual le es común con los demás seres. Ahora bien, Cristo es el camino para llegar al conocimiento de la verdad, con todo y que él mismo en persona es la verdad: Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad. Cristo es asimismo el camino para llegar a la vida, con todo y que él mismo en persona es la vida: Me enseñarás el sendero de la vida.
Por esto el evangelista identifica el término de este camino con las nociones de verdad y vida, que ya antes ha aplicado a Cristo. En primer lugar, afirma que él es la vida, al decir que él era la fuente de la vida; en segundo lugar, afirma que es la verdad, cuando dice que era la luz para los hombres, ya que luz y verdad significan lo mismo.
Si buscas, pues, por donde has de ir, acoge en ti a Cristo, porque él es el camino: Éste es el camino, caminad por él. Y san Agustín dice: «Camina a través del hombre y llegarás a Dios.» Es mejor andar por el camino, aunque sea cojeando, que caminar rápidamente fuera de camino. Porque el que va cojeando por el camino, aunque adelante poco, se va acercando al término; pero el que anda fuera del camino, cuanto más corre, tanto más se va alejando del término.
Si buscas a dónde has de ir, adhiérete a Cristo, porque él es la verdad a la que deseamos llegar: Mi paladar repasa la verdad. Si buscas dónde has de quedarte, adhiérete a Cristo, porque él es la vida: Quien me alcanza encuentra la vida y obtiene el favor del Señor.
Adhiérete, pues, a Cristo, si quieres vivir seguro; es imposible que te desvíes, porque él es el camino. Por esto, los que a él se adhieren no van descaminados, sino que van por el camino recto. Tampoco pueden verse engañados, ya que él es la verdad y enseña la verdad completa, pues dice: Yo para esto nací y para esto vine al mundo: para declarar, como testigo, en favor de la verdad. Tampoco pueden verse decepcionados, ya que él es la vida y dador de vida, tal como dice: Yo he venido para que tengan vida, y que la tengan en abundancia.

lunes, 20 de mayo de 2024

María, Madre de la Iglesia

De las obras oratorias de Bossuet, obispo de Meaux, sobre la bienaventurada Virgen María

La santa Virgen María es la verdadera Eva, la verdadera madre de todos los vivientes. Vivid, vivid, y María será vuestra madre. Pero vivid de Jesucristo y por Jesucristo, porque incluso María tiene vida únicamente de Jesucristo y por Jesucristo.
La maternidad de la santa Virgen es una realidad innegable. Por otra parte, que María sea madre de los cristianos es algo que no puede ser más oportuno; éste fue también el designio de Dios, revelado ya desde el paraíso. Pero para que esta realidad penetre más profundamente en vuestros corazones, debéis admirar el modo como este designio de Dios llegó a cumplimiento en el Evangelio de nuestro Salvador, contemplando cómo Jesús quiso asociar a sí a la santa Virgen al engendrarnos por medio del alumbramiento de su sangre, que siempre tan fértil, produjo frutos agradables al Padre.
En aquella ocasión, san Juan representaba la universalidad de los fieles. Entended mi raciocinio: todos los demás discípulos del Salvador abandonaron a Jesús. Dios permitió que esto sucediera así para que comprendiéramos que son pocos los que siguen a Jesús hasta su cruz.
Así, pues, habiéndose dispersado todos los demás discípulos, la providencia quiso que, junto al Dios que moría, no permaneciera sino Juan, el discípulo amado. Él fue el único, él, el verdadero fiel; porque únicamente es verdadero fiel de Jesús el que le sigue hasta la cruz. Y fue así como este único fiel representó a todos los fieles. Por consiguiente, cuando Jesucristo, hablando a su Madre, le dice que Juan es su hijo, no penséis que considera a san Juan como un hombre particular: en la persona de Juan entrega a María todos sus discípulos, todos sus fieles, todos los herederos de la nueva alianza, todos los hijos de su cruz.
Por esto, precisamente, llama a María «Mujer»; con esta expresión quería significar «Mujer por excelencia, Mujer elegida singularmente para ser la madre del pueblo elegido». «Oh Mujer, oh nueva Eva —le dice—, ahí tienes a tu hijo; por tanto, Juan y todos los fieles a quienes él representa son tus hijos. Juan es mi discípulo, mi discípulo amado; recibe, pues, en su persona a todos los cristianos, porque aquí Juan los representa a todos, ya que todos ellos son, como lo es Juan, mis discípulos, mis discípulos amados.» Esto es lo que el Salvador quería significar a su santa Madre.
Y lo que más importante se me antoja en este hecho es que Jesús dirija estas palabras a María desde la cruz. Porque en la cruz es donde el Hijo de Dios nos dio la vida y nos engendró a la gracia por la fuerza de su sangre derramada por nosotros. Y es precisamente desde la cruz desde donde significa a la purísima virgen María que ella es madre de Juan y madre de todos los fieles. Mujer, ahí tienes a tu hijo, le dice. En estas palabras contemplo al nuevo Adán que, al engendrarnos por su muerte, asocia a la nueva Eva, su santa Madre, en la generación, casta y misteriosa, de los hijos del nuevo Testamento.

domingo, 19 de mayo de 2024

Ven Espíritu Santo!

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

La Solemnidad de Pentecostés tiene muchas explicaciones y representa mucho en la vida de la Iglesia. Por un lado, es el día en que, se considera, como el nacimiento de la Iglesia, pues en ese día los apóstoles “encendidos por el fuego del Espíritu Santo”, abren las puertas del Cenáculo y comienza la predicación de la Buena Noticia y se bautizan unas 3000 personas, como cuentan los hechos de los apóstoles. Y, a partir de ese momento, la Palabra de Dios que nos fuera anunciada por los Profetas y, en el último tiempo, por el Unigénito de Dios, Jesucristo Nuestro Señor, comienza a inundar el mundo con su Luz.
Por otro lado, nos habla de la fuerza que tienen los Dones del Espíritu Santo, pues modifican o transforman los corazones que estén disponibles para el Señor. Los apóstoles que estaban reunidos por miedo a sufrir el mismo martirio que Jesús, son transformados y salen a anunciar, sin miedo, la Buena Noticia a las gentes. Una Buena Noticia que llega a nosotros y que, si nos dejamos transformar como ellos, podremos anunciar con la misma fuerza la alegría de la Salvación que nos trajo el Señor.
También, como el Señor resucitado le comunica a los apóstoles, el Espíritu Santo es el Don de la Misericordia Divina, pues por su Gracia somos perdonados de nuestros pecados, pues el Amor de Dios se hace persona en el Espíritu Santo y se nos da como prenda de reconciliación. Así, cada vez que nos acercamos a un sacerdote no lo hacemos al hombre, sino que lo hacemos al Señor que, por medio del hombre, nos regala la misericordia de Dios y se nos perdonan nuestros pecados.
Así, hoy, Fiesta de Pentecostés es un día para dar Gracias a Dios por haber fundado este Nuevo Pueblo, la Iglesia, un Pueblo que nace desde el Amor Divino por el hombre pecador, para que pueda encontrar y aceptar el Camino de la Vida, el Camino del Amor, que lo lleva a la salvación.
¡Ese es nuestro Camino! El Camino de la Vida, del Amor que Jesús recorrió primero y nos invita a hacerlo con Él para dar testimonio del Amor de Dios por el hombre. Y, conociendo nuestras debilidades, nos dejó su Espíritu para que, junto con el Pan Eucarístico, tengamos siempre fuerzas para amar como Él nos amó, para dar la vida como Él la dio.
¡Ven Espíritu Santo! Y renueva nuestros corazones con la fuerza del Amor.

sábado, 18 de mayo de 2024

A tí qué?

En aquel tiempo, Pedro, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?».
Al verlo, Pedro dice a Jesús: «Señor, y éste ¿qué?».
Jesús le contesta: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme».
A veces, en nuestra vida, trabajo, familia, comunidad, etc., no sólo vamos haciendo las cosas que nos corresponde hacer, sino que, también, vamos mirando y observando lo que los demás hacen, y, es ahí donde surgen las comparaciones. Esas comparaciones, muchas veces, conllevan envidias o egoísmos. Y, como en este caso de Pedro, nos gustaría saber si la otra persona es mejor considerada que yo o no, qué va a ser de ella, si va a alcanzar un mayor rango, etc. Todo eso cuando queda sólo en mi cabeza, se podría decir que sólo me hace daño a mí, pues me carga con pensamientos nada buenos o acerca de la otra persona o acerca de mí. Lo malo es cuando esos pensamientos salen hacia afuera y comienza un cotilleo, comenzamos a comentarlo entre otras personas y vamos bombardeando la buena fama de mis hermanos.
Por eso, en este caso, como en todos, Jesús nos dirá: "¿a tí qué?" y yo le agregaría "qué te importa" o ¿por qué te importa lo que lo el otro esté haciendo o lo que le vaya a suceder? Tú ponte a trabajar en lo que te corresponde y no mires lo que hace el otro, salvo que lo que hace el otro te inspire para ser mejor, para crecer, para madurar. Si no es así, no busques cosas que no te ayuden a crecer ni a tí ni a tu hermano, y menos hagas de ese pensamiento un comentario desfavorable o malo.
Ya sabemos que las comparaciones son malas, pues nunca son objetivas, sino que salen de uno mismo y están viciadas del pecado original, por eso, Jesús no quiere que las hagamos, sino que vivamos lo que nos corresponde a nosotros mismos, pues, cada uno tiene su propio camino y su propia vocación, y, para ello, el Padre nos ha dado, a cada uno, dones y valores personales que, en algunos casos, pueden ser parecidos a los de mi hermano, pero nunca serán los mismos, pues todos somos diferentes y nuestra misión es diferente.
Lo que importa es que siempre estemos dispuestos a hacer Su Voluntad, sin mirar si el otro lo hace o no. La fidelidad a Dios es personal y sólo yo puedo cumplir la misión que el Padre me ha pedido.

viernes, 17 de mayo de 2024

Me amas?

"Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer con ellos, le dice a Simón Pedro:
«Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?».
Él le contestó: «Sí, Señor, tú, sabes que te quiero».
Jesús le dice: «Apacienta mis corderos».
Si bien este evangelio lo podemos orientar hacia el Primado de Pedro, como cabeza del Colegio apostólico, también tiene, para mí, otra interpretación que, cada uno y según lo que el Espíritu le inspire, puede haber.
Por un lado Jesús no le pregunta Pedro si ha entendido o se acuerda de todo lo que fue enseñando durante tres años. Eso sería un buen examen para saber si puede ser o no un buen seguidor de Cristo, un buen cristiano. Le pregunta si lo ama, por lo tanto, creo que para poder ser un buen cristiano, un seguidor de Cristo, hace falta amar a Cristo, porque el Camino es el del Amor.
Es cierto que no le ha preguntado al comienzo de su ministerio si le amaba, sino que sólo le pidió seguirle y "dejando las redes lo siguió". Pero estuvieron 3 años escuchándolo, viviendo con Jesús, viendo sus milagros y todo lo que hacía. Todo ese tiempo fue madurando una relación de amistad, de fraternidad, ya que no se puede amar lo que no se conoce. Y ahora, antes de ascender a los Cielos, Jesús le pregunta si verdaderamente lo ama.
Y ¿por qué la pregunta sobre el amor? Porque el amor el que, verdaderamente, compromete a una persona con otra, hay una entrega real del yo al tú. Pero no es sólo un amor afectivo y sentimental, sino que es un amor activo y comprometido con una misión. La pregunta de Jesús no se refiere sólo a si lo ama a Él, sino que ese amor se tendrá que hacer responsable de todos los que Él ama, por eso: apacienta mis corderos.
Así, este diálogo de Jesús con Pedro no es sólo con Él, sino con todos los que queremos seguir a Cristo, con todos los que queremos ser cristianos: ¿amamos verdaderamente a Jesús? ¿estamos dispuestos a apacentar sus corderos y ovejas? Es decir, el amor a Cristo nos compromete con la misión de evangelizar, pero que no es una misión educadora sino de amor hacia los demás, pues "en la medida en que se amen unos a otros conocerán que sois mis discípulos", y en la medida en que amemos a los demás podremos hacer por ellos todo lo que Jesús nos mande: "Haced lo que Él os diga", nos dijo María, y Jesús nos lo repitió: "vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando".
Claro que no es una obediencia ciega, sino que es un obedecer por amor a Él y a los hermanos, una obediencia que nace del amor al Padre y el Hijo, sostenidos por la fuerza del Espíritu Santo.

jueves, 16 de mayo de 2024

Astutos en la Unidad

"No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado".
En la oración de Jesús en la Última Cena, se pueden sacar hermosos párrafos que hablan de lo que deberíamos ser, pero, todavía no llegamos a ser.
La Unidad que nos pide Jesús vivir es un Ideal demasiado alto para nosotros, y, por eso, todos los días tenemos que plantearnos cómo hacer para llegar a conquistarlo. No sólo en la Iglesia Universal, ni en la Particular, sino en la Iglesia en la que me toca vivir, es decir, en mi comunidad parroquial.
En la primera lectura vemos cómo san Pablo utiliza la astucia, siguiendo aquello de Jesús: sed mansos como palomas y astutos como serpientes, para poder hacer que la condena que algunos querían (la muerte) para él, terminase en un altercado entre los que lo condenaban y todo quedara en la nada.
Pues bien, esa astucia, de la que Jesús nos habla y que bien utiliza san Pablo, es la que debemos utilizar, también, no para dividir sino para unir, no para buscar los errores y defectos del otro sino para buscar y hacer notar sus virtudes y aciertos. Porque siempre es más fácil hacer notar lo que falta que lo que se está viviendo, hacer notar los errores y pecados es más fácil que dar a conocer lo bueno que el otro está viviendo. Y esa es la astucia de satanás en la vida de las comunidades cristianas mostrarnos los errores y pecados, porque ese es su plan para destruir la Obra de Dios.
Por eso hemos de pedir al Espíritu Santo que nos ayude a utilizar la astucia para no dejarnos engañar, sino para que podamos construir lo que Jesús nos pide cada día: un Cuerpo unido y bien cimentado en el Amor: Amor al Padre y al Hijo y a los hermanos, un amor pleno y verdadero que nos fortalezca y motive para alcanzar y poder dar un buen testimonio de vida cristiana, y no caer en la tentación de la división que no es fruto del Espíritu, sino de la carne.

miércoles, 15 de mayo de 2024

La misión del Espíritu Santo

De la Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, del Concilio Vaticano segundo

Consumada la obra que el Padre confió al Hijo en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo en el día de Pentecostés, para que indeficientemente santificara a la Iglesia y, de esta forma, los que creen en Cristo pudieran acercarse al Padre en un mismo Espíritu. Él es el Espíritu de vida o la fuente del agua que brota para comunicar vida eterna; por el cual el Padre vivifica a todos los muertos por el pecado, hasta que el mismo Espíritu resucite en Cristo sus cuerpos mortales.
El Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como en un templo, y en ellos ora y da testimonio de la adopción de hijos. Con diversos dones jerárquicos y carismáticos dirige a la Iglesia, a la que guía hacia toda verdad, y la unifica en comunión y ministerio, enriqueciéndola con todos sus frutos.
Con la fuerza del Evangelio hace rejuvenecer a la Iglesia, la renueva constantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo. Pues el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: «¡Ven!»
Así se manifiesta la Iglesia como una muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
La universalidad de los fieles que tiene la unción del Espíritu Santo no puede fallar en su creencia, y ejerce esta peculiar propiedad mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo, cuando desde los obispos hasta los últimos fieles seglares manifiestan un asentimiento universal en las cosas de fe y de costumbres.
Con ese sentido de la fe, que el Espíritu Santo mueve y sostiene, el pueblo de Dios, bajo la dirección del magisterio, al que sigue fidelísimamente, recibe no ya la palabra de los hombres, sino la verdadera palabra de Dios; se adhiere indefectiblemente a la fe que ha sido transmitida de una vez para siempre a los fieles; penetra profundamente en ella con rectitud de juicio y la aplica más íntegramente en la vida.
Además, el mismo Espíritu Santo no solamente santifica y dirige al pueblo de Dios por los sacramentos y los ministerios y lo enriquece con las virtudes, sino que, distribuyéndolos a cada uno en particular según le place, reparte entre los fieles dones de todo género, incluso especiales, con que los dispone y prepara para realizar variedad de obras y de oficios provechosos para la renovación y una más amplia edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad.
Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más sencillos y comunes, por el hecho de que son muy conformes y útiles a las necesidades de la Iglesia, hay que recibirlos con agradecimiento y consuelo.

martes, 14 de mayo de 2024

Permancer en el Amor

El de hoy es un evangelio tan lleno de enseñanzas y de contenido, se podría decir, sentimental de Jesús, que no me puedo quedar con ninguna frase en concreto, sino con todas.
«Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor".
Una hermosa declaración de amor hacia nosotros, no sólo hacia los apóstoles y discípulos de aquél momento, sino para todos y para cada uno de nosotros los que nos hemos incorporado, por el bautismo, a Su Cuerpo Místico. Aunque, en realidad, el amor de Dios, tanto del Padre como del Hijo, es un amor para todos los hombres, para toda la humanidad, aunque no todos se hagan eco de ese Amor.
"Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor".
¿Por qué muchos no se hacen eco de ese amor? Porque para aceptar el Amor de Cristo hay que permanecer en Su Amor, y permanecer en Su Amor, hay que aceptar, como Él, la Voluntad del Padre, pues el amor de Jesús hacia nosotros, es el Amor del Padre hacia nosotros. Y aceptar y permanecer en ese Amor implica aceptar los Mandamientos de Dios, algo que no todos aceptan y, algo que no todos quieren vivir.
"Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud".
Claro que si los que queremos seguir a Cristo, o que decimos que somos cristianos, no aceptamos los Mandamientos ni la Voluntad de Dios, entonces no llegamos a poder vivir en plenitud la alegría cristiana. Porque la alegría de Jesús es hacer la Voluntad del Padre, y, por eso nos enseñó a decir: "hágase Tú Voluntad en la tierra como en el Cielo", porque sabe que ese es el Camino para alcanzar la verdadera alegría del alma, así como Él la alcanzó siendo obediente hasta la muerte y muerte en Cruz.
"Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado".
Y aquí está el resultado y la exigencia del vivir en el Amor del Padre y del Hijo: amar como Él nos ha amado, y ahí encontraremos la paz y la alegría de sabernos verdaderos hijos de Dios, pues nos reconocemos como hermanos y, a pesar de las diferencias, podemos llegar a amarnos y, sobre todo, a perdonarnos para poder ser perdonados. Pues el perdón es fruto del amor, y la Gracia del Perdón produce la alegría de la salvación, para poder seguir caminando en Gracia de Dios.

lunes, 13 de mayo de 2024

El agua viva del Espíritu Santo

De las Catequesis de san Cirilo de Jerusalén, obispo

El agua que yo le dé se convertirá en él en manantial de agua viva, que brota para comunicar vida eterna. Se nos habla aquí de un nuevo género de agua, un agua viva y que brota; pero que brota sólo sobre los que son dignos de ella. Mas, ¿por qué el Señor da el nombre de agua a la gracia del Espíritu? Porque el agua es condición necesaria para la pervivencia de todas las cosas, porque el agua es el origen de las plantas y de los seres vivos, porque el agua de la lluvia baja del cielo, porque, deslizándose en un curso siempre igual, produce efectos diferentes. Diversa es, en efecto, su virtualidad en una palmera o en una vid, aunque en todos es ella quien lo hace todo; ella es siempre la misma, en cualquiera de sus manifestaciones, pues la lluvia, aunque cae siempre del mismo modo, se acomoda a la estructura de los seres que la reciben, dando a cada uno de ellos lo que necesitan.
De manera semejante, el Espíritu Santo, siendo uno solo y siempre el mismo e indivisible, reparte a cada uno sus gracias según su beneplácito. Y, del mismo modo que el árbol seco, al recibir el agua, germina, así también el alma pecadora, al recibir del Espíritu Santo el don del arrepentimiento, produce frutos de justicia. Siendo él, pues, siempre igual y el mismo, produce diversos efectos, según el beneplácito de Dios y en el nombre de Cristo.
En efecto, se sirve de la lengua de uno para comunicar la sabiduría; a otro le ilumina la mente con el don de profecía; a éste le da el poder de ahuyentar los demonios; a aquél le concede el don de interpretar las Escrituras. A uno lo confirma en la temperancia; a otro lo instruye en lo pertinente a la misericordia; a éste le enseña a ayunar y a soportar el esfuerzo de la vida ascética; a aquél a despreciar las cosas corporales; a otro más lo hace apto para el martirio. Así, se manifiesta diverso en cada uno, permaneciendo él siempre igual en sí mismo, tal como está escrito: A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad.
Su actuación en el alma es suave y apacible, su experiencia es agradable y placentera y su yugo es levísimo. Su venida va precedida de los rayos brillantes de su luz y de su ciencia. Viene con la bondad de genuino protector; pues viene a salvar, a curar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar, en primer lugar, la mente del que lo recibe y, después, por las obras de éste, la mente de los demás.
Y, del mismo modo que el que se hallaba en tinieblas, al salir el sol, recibe su luz en los ojos del cuerpo y contempla con toda claridad lo que antes no veía, así también al que es hallado digno del don del Espíritu Santo se le ilumina el alma y, levantado por encima de su razón natural, ve lo que antes ignoraba.

domingo, 12 de mayo de 2024

Nos envía

Ellos se fueron a predicar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

Antes de ascender, Jesús al Cielo, les dejó un mandato a los apóstoles y a los discípulos: “id al mundo entero y anunciad el evangelio”. Un mandato que los apóstoles, y todos los que les sucedieron, han ido cumpliendo a lo largo de los siglos.
Pero, claro, no es un mandato sólo para los apóstoles, sino también para todos los discípulos, es decir, para todos los que somos cristianos y hemos recibido el Espíritu Santo en nuestro bautismo. Porque a todos se nos ha ungido con el mismo Espíritu y se nos ha dado la misma misión: ser apóstoles de Jesús en medio del mundo en el que vivimos.
Sí, cada uno de nosotros, desde que tomamos consciencia de nuestro ser cristiano tenemos una misión que no es dispensable: transmitir el Evangelio recibido. Lo cual no quiere decir que todos tenemos que ser expertos en el Evangelio, la biblia, los tratados teológicos y etc. Sino que tenemos que crecer y madurar en la fe de tal manera que nuestra vida hable de lo que creemos, hable de la alegría de haber sido redimidos por Cristo y de pertenecer al Reino de Dios, un reino de amor, de justicia, de paz, de fraternidad. Un reino donde brilla la alegría de haber recibido el Don del Espíritu que nos hace hijo de Dios, ¡y lo somos en realidad!
Un Don del Espíritu que nos santifica desde el día de nuestro bautismo y que tenemos que ir renovando, cada día, mediante la oración, la reflexión de la Palabra y la vida sacramental, para que nuestra vida se vaya identificando cada vez más con Cristo, para que, así como llamamos a los discípulos en Antioquía, también nos llamen a nosotros: cristianos, no porque hablamos de Cristo, sino porque vivimos como Cristo.
Por eso no nos tenemos que preocupar por lo que vamos a decir o cómo vamos a argumentar la fe que tenemos o la vida cristiana que llevamos, sino que tenemos que ocuparnos en seguir siendo fieles a la Voluntad de Dios, profundizar en la oración y en Su Palabra, para que todo lo que recibamos de Él se haga vida en nosotros.
Por la misma razón, los ángeles le dijeron a los discípulos que no sigan mirando al Cielo, sino que vuelvan a sus lugares, a sus casa y a sus trabajos, porque, ahí en sus lugares, con sus vidas anunciarían la alegría del Evangelio, la alegría de la Salvación.

sábado, 11 de mayo de 2024

De lo que me diste

De las Homilías de san Gregorio de Nisa, obispo, sobre el Cantar de los cantares

Cuando el amor llega a eliminar del todo el temor, el mismo temor se convierte en amor; entonces llega a comprenderse que la unidad es lo que alcanza la salvación, cuando estamos todos unidos, por nuestra íntima adhesión al solo y único bien, por la perfección de la que nos hace participar la paloma mística.
Algo de esto podemos deducir de aquellas palabras: Es única mi paloma, mi perfecta; es la única hija de su madre, la predilecta de quien la engendró.
Pero las palabras del Señor en el Evangelio nos enseñan esto mismo de una manera más clara. Él, en efecto, habiendo dado, por su bendición, todo poder a sus discípulos, otorgó también los demás bienes a sus elegidos, mediante las palabras con que se dirige al Padre, añadiendo el más importante de estos bienes, el de que, en adelante, no estén ya divididos por divergencia alguna en la apreciación del bien, sino que sean una sola cosa, por su unión con el solo y único bien. Así, unidos en la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz, como dice el Apóstol, serán todos un solo cuerpo y un solo espíritu, por la única esperanza a la que han sido llamados.
Pero será mejor citar literalmente las divinas palabras del Evangelio: Para que todos sean uno —dice—; para que, así como tú, Padre, estás en mi y yo en ti, sean ellos una cosa en nosotros.
El nexo de esta unidad es la gloria. Nadie podrá negar razonablemente que este nombre, gloria, se atribuye al Espíritu Santo, si se fija en las palabras del Señor, cuando dice: Yo les he dado la gloria que tú me diste. De hecho, dio esta gloria a los discípulos, cuando les dijo: Recibid el Espíritu Santo.
Y esta gloria que él poseía desde siempre, antes de la existencia del mundo, la recibió él también al revestirse de la naturaleza humana; y, una vez que esta naturaleza humana de Cristo fue glorificada por el Espíritu Santo, la gloria del Espíritu fue comunicada a todo ser que participa de esta naturaleza, empezando por los apóstoles.
Por esto dice: Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos y tú en mi para que sean perfectos en la unidad. Por esto, todo aquel que va creciendo de la niñez hasta alcanzar el estado de hombre perfecto llega a aquella madurez espiritual, capaz de entender las cosas, capaz, por fin, de la gloria del Espíritu Santo, por su pureza de vida, limpia de todo defecto; éste es la paloma perfecta a la que se refiere el Esposo cuando dice: Es única mi paloma, mi perfecta.

viernes, 10 de mayo de 2024

El sacerdote debe ser santo

San Juan de Ávila, presbítero
(Plática enviada al padre Francisco Gómez, S.I.)

 No sé otra cosa más eficaz con que a vuestras mercedes persuada lo que les conviene hacer que con traerles a la memoria la alteza del beneficio que Dios nos ha hecho en llamarnos para la alteza del oficio sacerdotal. Y si elegir sacerdotes entonces era gran beneficio, ¿qué será en el nuevo Testamento, en el cual los sacerdotes de él somos como sol en comparación de noche y como verdad en comparación de figura?
Mirémonos, padres, de pies a cabeza, ánima y cuerpo, y vernos hemos hecho semejables a la sacratísima Virgen María, que con sus palabras trajo a Dios a su vientre, y semejables al portal de Belén y pesebre donde fue reclinado, y a la cruz donde murió, y al sepulcro donde fue sepultado. Y todas estas son cosas santas, por haberlas Cristo tocado; y de lejanas tierras van a las ver, y derraman de devoción muchas lágrimas, y mudan sus vidas movidos por la gran santidad de aquellos lugares. ¿Por qué los sacerdotes no son santos, pues es lugar donde Dios viene glorioso, inmortal, inefable, como no vino en los otros lugares? Y el sacerdote le trae con las palabras de la consagración, y no lo trajeron los otros lugares, sacando a la Virgen. Relicarios somos de Dios, casa de Dios y, a modo de decir, criadores de Dios; a los cuales nombres conviene gran santidad.
Esto, padres, es ser sacerdotes: que amansen a Dios cuando estuviere, ¡ay!, enojado con su pueblo; que tengan experiencia que Dios oye sus oraciones y les da lo que piden, y tengan tanta familiaridad con él; que tengan virtudes más que de hombres y pongan admiración a los que los vieren: hombres celestiales o ángeles terrenales; y aun, si pudiere ser, mejor que ellos, pues tienen oficio más alto que ellos.

jueves, 9 de mayo de 2024

No gastarse en vano

"Todos los sábados discutía en la sinagoga, esforzándose por convencer a judíos y griegos. Cuando Silas y Timoteo bajaron de Macedonia, Pablo se dedicó enteramente a predicar, dando testimonio ante los judíos de que Jesús es el Mesías.
Como ellos se oponían y respondían con blasfemias, Pablo sacudió sus vestidos y les dijo:
«Vuestra sangre recaiga sobre vuestra cabeza. Yo soy inocente y desde ahora me voy con los gentiles».
A veces nos esforzamos en querer que otros entiendan, comprendan o acepten lo que uno les está contando, intentando que crean en lo que uno cree. Y no nos damos cuenta que, como decía Jesús en una parábola: "aunque resucite un muerte no lo creerán". Y todo ese esfuerzo nos desgasta o, incluso, nos hace perder, muchas veces, también la fe que queríamos contagiar a otros.
Dios, por medio de san Pablo, nos enseña que está bien que nos esforcemos, pero cuando veamos que el otro no quiere saber nada de lo que le estamos contando, entonces, hay que dejar de insistir pues su corazón está cerrado al Don de la Fe.
Gracias a que Pablo se dio cuenta de esa realidad es que comenzó la predicación a los gentiles quienes estaban más dispuestos a creer.
Es cierto que es una buena razón querer que los demás acepten o intenten vivir la fe como uno la vive, pero si no tienen el corazón abierto, si están con el corazón lleno de otras cosas, entonces, no tiene sentido gastar nuestro tiempo con quienes no quieren entender, ni están abiertos a creer. Por lo menos lo hemos intentado.
Eso no quiere decir, como algunos piensan: "¿he vivido tan mal la fe que mis hijos la rechazan por mí?" No. No es que has vivido mal tu fe, sino que ellos no están dispuestos a dar el paso de creer o, mejor dicho, de querer vivir algo que a tí te ha dado fueras, esperanzas, alegría. A veces, lo que no se quiere no es no vivir la fe, sino no comprometerse con Dios, no aceptar sus exigencias.
Por eso, lo que nos queda, como santa Mónica (la madre de San Agustín) es rezar y ofrecer para que a los que no creen se les abra el corazón a la Gracia y puedan encontrar en Camino de la Salvación.

miércoles, 8 de mayo de 2024

Entre la resurrección y la ascención.

De los Sermones de san León Magno, papa

Aquellos días, amadísimos hermanos, que transcurrieron entre la resurrección del Señor y su ascensión no fueron infructuosos, sino que en ellos fueron reafirmados grandes misterios y reveladas importantes verdades.
En el transcurso de estos días fue abolido el temor de la muerte funesta y proclamada la inmortalidad, no sólo del alma, sino también del cuerpo. En estos días, mediante el soplo del Señor, todos los apóstoles recibieron el Espíritu Santo; en estos días le fue confiado al bienaventurado apóstol Pedro, por encima de los demás, el cuidado del aprisco del Señor, después de que hubo recibido las llaves del reino.
Durante estos días, el Señor se juntó, como uno más, a los dos discípulos que iban de camino y los reprendió por su resistencia en creer, a ellos, que estaban temerosos y turbados, para disipar en nosotros toda tiniebla de duda. Sus corazones, por él iluminados, recibieron la llama de la fe y se convirtieron de tibios en ardientes, al abrirles el Señor el sentido de las Escrituras. En la fracción del pan, cuando estaban sentados con él a la mesa, se abrieron también sus ojos, con lo cual tuvieron la dicha inmensa de poder contemplar su naturaleza glorificada.
Por tanto, amadísimos hermanos, durante todo este tiempo que media entre la resurrección del Señor y su ascensión, la providencia de Dios se ocupó en demostrar, insinuándose en los ojos y en el corazón de los suyos, que la resurrección del Señor Jesucristo era tan real como su nacimiento, pasión y muerte.
Por esto, los apóstoles y todos los discípulos, que estaban turbados por su muerte en la cruz y dudaban de su resurrección, fueron fortalecidos de tal modo por la evidencia de la verdad que, cuando el Señor subió al cielo, no sólo no experimentaron tristeza alguna, sino que se llenaron de gran gozo.
Y es que en realidad fue motivo de una inmensa e inefable alegría el hecho de que la naturaleza humana, en presencia de una santa multitud, ascendiera por encima de la dignidad de todas las creaturas celestiales, para ser elevada más allá de todos los ángeles, por encima de los mismos arcángeles, sin que ningún grado de elevación pudiera dar la medida de su exaltación, hasta ser recibida junto al Padre, entronizada y asociada a la gloria de aquel con cuya naturaleza divina se había unido en la persona del Hijo.

martes, 7 de mayo de 2024

Qué debo hacer para salvarme?

«Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme?».
Le contestaron: «Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia».
Y le explicaron la palabra del Señor, a él y a todos los de su casa.
A aquellas horas de la noche, el carcelero los tomo consigo, les lavó las heridas, y se bautizó en seguida con todos los suyos; los subió a su casa, les preparó la mesa, y celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios".
Con todo este tema de las fiestas de las Primeras Comuniones (a las que algunos llaman mini-bodas) me surge pensar en este párrafo de los Hechos de los Apóstoles. ¿Por qué? Porque me parece muy bien que se haga una fiesta por la Primera Comunión, pero una fiesta de familia, en donde lo que prevalezca es la alegría de haber recibido un sacramento de salvación. Como dice el párrafo de los Hechos: hicieron fiesta de familia porque encontraron el Camino para salvarse.
Claro que, hoy en día, no se habla de la alegría de la salvación, sino que se preparan los niños para la fiesta de la comunión, pero no hay, en muchos, demasiada conciencia de lo que se recibe y por qué se lo recibe. Pero tampoco es la culpa de los catequistas ni de los niños, sino de todos porque nos hemos alejado del centro y de lo esencial de nuestra fe. Nos hemos quedado en los ritos, en las celebraciones y nos hemos olvidado del por qué y para qué creemos: para salvar nuestra alma, por la conversión de nuestros pecados, para alcanzar la Gracia de Dios para llevar una vida conforme a Su Voluntad, y vivir en la alegría del Evangelio de la Salvación.
Por eso el carcelero le preguntó a Pablo y Silas: ¿qué tengo que hacer para salvarme? Pero esa ya no es una pregunta que nos hacemos, sino que vamos, muchos de nosotros, como ruedas de molino haciendo todo por costumbre, sin preguntarnos o motivarnos para que lo que hacemos tenga mayor sentido, o, para devolver el sentido verdadero que tiene nuestra fe, nuestra religión, nuestro saber que somos cristianos.
No basta con no hacer una miniboda, sino volver a evangelizarnos para vivir el Camino de la Salvación.

lunes, 6 de mayo de 2024

Sólo hay un Camino

"El sábado salimos de la ciudad y fuimos a un sitio junto al río, donde pensábamos que se había un lugar de oración; nos sentamos y trabamos conversación con las mujeres que habían acudido. Una de ellas, que se llamaba Lidia, natural de Tiatira, vendedora de púrpura, que adoraba al verdadero Dios, estaba escuchando; y el Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo".
¿Qué es lo que me llama la atención de este párrafo? Lo siguiente: "y el Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo". Realmente es una Gracia el poder abrir el corazón, no a las palabras de Pablo, sino a las Palabras que el Señor puso en boca de Pablo para llamar a la conversión a sus hijos.
Es claro que ante, también, el Señor lo convirtió a Pablo para que hablara Sus Palabras, y Pablo aceptó ese llamado de Jesús para ser su Apóstol. Un Apóstol que fiel y encendido por el Amor de Cristo pudo dar testimonio de lo que creía y no sólo con las palabras, sino también, con su vida.
Todo esto porque el Señor ha sido Fiel a Su Palabra, a sus Promesas:
«Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo".
Es el Espíritu de Jesús, el Espíritu Santo, quien puede hacer maravillas con aquellos que abren su corazón a la conversión. Porque, en realidad, la Gracia del Señor puede tocar el corazón de alguien, pero, después de escuchar Su Palabra puede renegar de lo que escucha, o negar que lo que escucha sea Palabra de Dios.
Así le pasa a muchos cristianos que habiendo abierto el corazón a la Gracia de Dios, se han alejado de la Verdad de la Palabra de Jesús y han construido un evangelio a su medida, perdiendo así la Gracia de la Salvación, pues el único Camino que nos salva es el Camino que recorrió Jesús y que dejó para que nosotros después los recorriéramos junto con Él.
Pero, si nos hacemos un camino paralelo al del Evangelio no terminaremos en el mismo lugar, sino en otro lugar que no es el que el Señor preparó para nosotros. Por eso es importante que no desviemos nuestra mirada por caminos más fáciles y más espaciosos, sino que aceptemos que el Camino del Señor es angosto y la puerta estrecha, pues para entrar en el Reino de los Cielos sólo existe ese Camino, y ese Camino es Jesús.

domingo, 5 de mayo de 2024

Este es mi mandamiento

"Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros,
y vuestra alegría llegue a plenitud.
Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado".

“Que mi alegría esté en vosotros”, nos dice Jesús. ¿Cuál es la alegría de Jesús? ¿Dónde nace esa alegría? Porque, si nos ponemos a pensar, su vida no terminó de la mejor manera, sino que tuvo que sufrir mucho para alcanzar la plenitud, para llegar a la resurrección. Sin embargo, nos dice que quiere que su alegría esté en nosotros. Claro que, cuando pensamos en la alegría, pensamos en que no nos pase nada, que todo nos vaya bien, que siempre tengamos motivos para reírnos y disfrutar de la vida. Pero ese no es el concepto de la alegría que tiene Jesús.
La alegría de Jesús nace del deseo de vivir en la Voluntad de Su Padre, pues en ese camino se encuentre la paz del alma, la paz del ser y la plenitud del ser que el Padre nos ha dado. Y ahí radica la verdadera alegría: en la plenitud de vivir como el Padre nos ha soñado. Por eso, Jesús, nos fue enseñando con su vida cómo alcanzar esa alegría, cómo alcanzar la Vida misma, y no la vida pequeña que nos enseña el mundo.
Cada paso que Él dio buscando y viviendo la voluntad de Dios, son los pasos que nos enseñan a vivir en Dios, y así, a pesar de las lágrimas del Huerto y del dolor de la Cruz, alcanzaremos la plenitud de la verdadera alegría, pues nuestra vida, configurada con Cristo, será plena, será llena de Gracia y el Espíritu nos irá transformando para alcanzar lo que nuestro ser desea, y no sólo lo que queremos.
Y ahí radica la diferencia. Muchas veces queremos muchas cosas, y cosas que nunca llegamos a conquistar, sueños que no se hacen realidad y son los que nos llenan de tristeza y, a veces, de desesperanza por no poder conquistar esos sueños que tenemos. Pero si nos dejamos conducir por el Espíritu, pues el Espíritu sabe mejor que nosotros los que nos hace falta y lo que necesitamos para alcanzar la plenitud de nuestra vida, descubriremos que es eso lo que más alegría nos da, pues los sueños e ideales que el Padre ha sembrado en nuestro corazón, sólo se hacen realidad si nos dejamos conducir por Él.
Así como Jesús se dejó conducir por el Espíritu y el Amor al Padre, obedeciendo hasta la muerte en Cruz, así nuestra vida, caminando con y como Él, alcanzaremos la plenitud de la alegría, pues será la plenitud de la vida divina que el Padre sembró en nuestro corazón el día de nuestro bautismo.

sábado, 4 de mayo de 2024

El Aleluya pascual

De los Comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos

Toda nuestra vida presente debe discurrir en la alabanza de Dios, porque en ella consistirá la alegría sempiterna de la vida futura; y nadie puede hacerse idóneo de la vida futura, si no se ejercita ahora en esta alabanza. Ahora, alabamos a Dios, pero también le rogamos. Nuestra alabanza incluye la alegría, la oración, el gemido. Es que se nos ha prometido algo que todavía no poseemos; y, porque es veraz el que lo ha prometido, nos alegramos por la esperanza; mas, porque todavía no lo poseemos, gemimos por el deseo. Es cosa buena perseverar en este deseo, hasta que llegue lo prometido; entonces cesará el gemido y subsistirá únicamente la alabanza.
Por razón de estos dos tiempos —uno, el presente, que se desarrolla en medio de las pruebas y tribulaciones de esta vida, y el otro, el futuro, en el que gozaremos de la seguridad y alegría perpetuas—, se ha instituido la celebración de un doble tiempo, el de antes y el de después de Pascua. El que precede a la Pascua significa las tribulaciones que en esta vida pasamos; el que celebramos ahora, después de Pascua, significa la felicidad que luego poseeremos. Por tanto, antes de Pascua celebramos lo mismo que ahora vivimos; después de Pascua celebramos y significamos lo que aún no poseemos. Por esto, en aquel primer tiempo nos ejercitamos en ayunos y oraciones; en el segundo, el que ahora celebramos, descansamos de los ayunos y lo empleamos todo en la alabanza. Esto significa el Aleluya que cantamos.
En aquel que es nuestra cabeza, hallamos figurado y demostrado este doble tiempo. La pasión del Señor nos muestra la penuria de la vida presente, en la que tenemos que padecer la fatiga y la tribulación, y finalmente la muerte; en cambio, la resurrección y glorificación del Señor es una muestra de la vida que se nos dará.
Ahora, pues, hermanos, os exhortamos a la alabanza de Dios; y esta alabanza es la que nos expresamos mutuamente cuando decimos: Aleluya. «Alabad al Señor», nos decimos unos a otros; y, así, todos hacen aquello a lo que se exhortan mutuamente. Pero procurad alabarlo con toda vuestra persona, esto es, no sólo vuestra lengua y vuestra voz deben alabar a Dios, sino también vuestro interior, vuestra vida, vuestras acciones.
En efecto, lo alabamos ahora, cuando nos reunimos en la iglesia; y, cuando volvemos a casa, parece que cesamos de alabarlo. Pero, si no cesamos en nuestra buena conducta alabaremos continuamente a Dios. Dejas de alabar a Dios cuando te apartas de la justicia y de lo que a él le place. Si nunca te desvías del buen camino, aunque calle tu lengua, habla tu conducta; y los oídos de Dios atienden a tu corazón. Pues, del mismo modo que nuestros oídos escuchan nuestra voz, así los oídos de Dios escuchan nuestros pensamientos.

viernes, 3 de mayo de 2024

La predicación apostólica

Del Tratado de Tertuliano, presbítero, Sobre la prescripción de los herejes

Cristo Jesús, nuestro Señor, durante su vida terrena, iba enseñando por sí mismo quién era él, qué había sido desde siempre, cuál era el designio del Padre que él realizaba en el mundo, cuál ha de ser la conducta del hombre para que sea conforme a este mismo designio; y lo enseñaba unas veces abiertamente ante el pueblo, otras aparte a sus discípulos, principalmente a los doce que había elegido para que estuvieran junto a él, y a los que había destinado como maestros de las naciones.
Y así, después de la defección de uno de ellos, cuando estaba para volver al Padre, después de su resurrección, mandó a los otros once que fueran por el mundo a adoctrinar a los hombres y bautizarlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Los apóstoles —palabra que significa «enviados»—, después de haber elegido a Matías, echándolo a suertes, para sustituir a Judas y completar así el número de doce (apoyados para esto en la autoridad de una profecía contenida en un salmo de David), y después de haber obtenido la fuerza del Espíritu Santo para hablar y realizar milagros, como lo había prometido el Señor, dieron primero en Judea testimonio de la fe en Jesucristo e instituyeron allí Iglesias, después fueron por el mundo para proclamar a las naciones la misma doctrina y la misma fe.
De modo semejante, continuaron fundando Iglesias en cada población, de manera que las demás Iglesias fundadas posteriormente, para ser verdaderas Iglesias, tomaron y siguen tomando de aquellas primeras Iglesias el retoño de su fe y la semilla de su doctrina. Por esto también aquellas Iglesias son consideradas apostólicas, en cuanto que son descendientes de las Iglesias apostólicas.
Es norma general que toda cosa debe ser referida a su origen. Y, por esto, toda la multitud de Iglesias son una con aquella primera Iglesia fundada por los apóstoles, de la que proceden todas las otras. En este sentido son todas primeras y todas apostólicas, en cuanto que todas juntas forman una sola. De esta unidad son prueba la comunión y la paz que reinan entre ellas, así como su mutua fraternidad y hospitalidad. Todo lo cual no tiene otra razón de ser que su unidad en una misma tradición apostólica.
El único medio seguro de saber qué es lo que predicaron los apóstoles, es decir, qué es lo que Cristo les reveló, es el recurso a las Iglesias fundadas por los mismos apóstoles, las que ellos adoctrinaron de viva voz y, más tarde, por carta.
El Señor había dicho en cierta ocasión: Tendría aún muchas cosas que deciros, pero no estáis ahora en disposición de entenderlas; pero añadió a continuación: Cuando venga el Espíritu de verdad, os conducirá a la verdad completa; con estas palabras demostraba que nada habían de ignorar, ya que les prometía que el Espíritu de verdad les daría el conocimiento de la verdad completa. Y esta promesa la cumplió, ya que sabemos por los Hechos de los apóstoles que el Espíritu Santo bajó efectivamente sobre ellos.

jueves, 2 de mayo de 2024

Solo somos instrumentos

Cuando comenzó la predicación y la conversión de los gentiles (gente que no era del pueblo judío) comenzó, también, la discusión entre los apóstoles acerca de si había que circuncidar a los gentiles para que primero sean judíos y después puedan ser cristianos. Todo ese relato lleva al primer concilio en Jerusalén para poder ver a la luz del Espíritu qué es lo que quería Dios. En todos esos discursos me gusta este párrafo de San Pedro:
"¿Por qué, pues ahora intentáis tentar a Dios, queriendo poner sobre el cuello de esos discípulos un yugo que ni nosotros ni nuestros padres hemos podido soportar? No; creemos que lo mismo ellos que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús".
¿Por qué me gusta o por qué me ha llamado más la atención?
Porque aún quedan esos restos de autoritarismo dentro de la iglesia, (y, creo, también, dentro de la sociedad) querer que a otros les cueste la vida ingresar en la iglesia o formar parte de un grupo o de una comunidad. Ponemos, muchas veces, demasiadas exigencias para que alguien pueda compartir con nosotros la vida de Dios que, finalmente, terminan dejando aquello que habían encontrado.
O, por otro lado, no aceptamos los cambios o modificaciones que Dios inspira a los nuevos integrantes de un grupo o comunidad, porque siempre seguimos instalados en lo que nos conviene o en lo que hemos "hecho toda la vida", y, por eso, también, hacemos el vacío o le hacemos notar a "los nuevos" que sus ideas no sirven o no se pueden realizar.
No somos o no estamos abiertos, demasiadas veces, a lo que el Espíritu pueda suscitar entre la gente a la que Él llama para renovar nuestras comunidades, y así seguimos con métodos y formas que se van haciendo viejas y rancias.
Por eso, como lo hicieron los apóstoles, aunque al principio no estaban de acuerdo, pero abrieron sus corazones al Espíritu Santo y pudieron comprender cuál era el camino y cuál era la disposición de cada uno para poder ver que Dios no sólo llamaba a unos sino que llamaba a todos a formar parte de Su Reino. Pues el que llama no somos los hombres, sino que el que llama es Dios, pues es Él Quien tiene el poder y la gracia para convertir los corazones y darnos la Vida. Y ese es un pequeño detalle que nos olvidamos y, por eso, creemos que somos nosotros quienes llamamos y damos vida, y no, no somos dioses, sólo somos instrumentos que se tienen que dejar llevar por el Espíritu.

miércoles, 1 de mayo de 2024

Un verdadera camino

"Hermanos:
Revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección.
Que la paz de Cristo reine en sus corazones: esa paz a la que han sido llamados, porque formamos un solo Cuerpo. Y vivan en la acción de gracias.
Todo lo que puedan decir o realizar, háganlo siempre en Nombre del Señor Jesús, dando gracias por Él a Dios Padre.
Cualquiera sea el trabajo de ustedes, háganlo de todo corazón, teniendo en cuenta que es para el Señor y no para los hombres. Sepan que el Señor los recompensará, haciéndolos sus herederos. Ustedes sirven a Cristo, el Señor".
Copio todo el párrafo de la carta de San Pablo porque es la que nos da las pistas para poder alcanzar la santidad en la vida cotidiana, así como lo hizo san José.
"Revestirnos del amor", no es una tarea fácil porque no habla del amor afectivo (solamente) sino, especialmente, del amor activo, aquél de la carta a los corintios: que no se cansa nunca, que nunca piensa mal, que no es descortés, que no se engríe, etc. etc. Es decir del amor de Dios que todo lo puede y que todo lo perdona. ¡Ese es el amor del que nos tenemos que revestir! Pero ese amor no se consigue así nomás, sino que hay que trabajar mucho, espiritualmente, para conseguirlo, pues se basa en una auténtica y constante relación con el Amor Infinito, por medio de la Palabra, de la oración, de los sacramentos, de la ascesis personal.
Ese Amor verdadero, cuando lo pongamos en práctica habitual, será el que nos traiga la paz a nuestros corazones, porque ese Amor es el que nos permitirá borrar todo rasgo de rencor, de heridas que no están sanadas, de prejuicios, y todo aquello que el pecado original origina en nosotros y nos quita la paz de Dios.
Porque así, llenos del Amor de Dios y en Paz con Él, con nosotros mismos y con nuestros hermanos, podremos trabajar unidos para consolidar el Cuerpo Místico de Cristo, y alcanzar la santidad que nos lleva vivir en una comunidad de personas que se aman, ayudando, consolando, acompañando, buscando sobre todas las cosas el camino de la Fidelidad a la Voluntad de Dios, y, por eso, la vivencia de los valores evangélicos, haciendo de nuestra vida cotidiana una vida en santidad: luz para los que buscan a Dios, esperanza para los que están desanimados, fortaleza para los que se han caído y testimonio de vida en Dios.