De los Sermones de san León Magno, papa
El que quiera venerar de verdad la pasión del Señor debe
contemplar de tal manera, con los ojos de su corazón, a Jesús crucificado, que
reconozca su propia carne en la carne de Jesús.
Que tiemble la tierra por el suplicio de su Redentor, que se
hiendan las rocas que son los corazones de los infieles y que salgan fuera,
venciendo la mole que los abruma, los que se hallaban bajo el peso mortal del
sepulcro. Que se aparezcan ahora también en la ciudad santa, es decir, en la
Iglesia de Dios, como anuncio de la resurrección futura, y que lo que ha de
tener lugar en los cuerpos se realice ya en los corazones.
No hay enfermo a quien le sea negada la victoria de la cruz,
ni hay nadie a quien no ayude la oración de Cristo. Pues si ésta fue de provecho
para los que tanto se ensañaban con él, ¿cuánto más no lo será para los que se
convierten a él?
La ignorancia ha sido eliminada, la dificultad atemperada, y
la sangre sagrada de Cristo ha apagado aquella espada de fuego que guardaba las
fronteras de la vida.
La oscuridad de la antigua noche ha cedido el lugar a la luz verdadera.
El pueblo cristiano es invitado a gozar de las riquezas del
paraíso, y a todos los regenerados les ha quedado abierto el regreso a la patria
perdida, a no ser que ellos
mismos se cierren aquel camino que pudo ser abierto por la fe de un ladrón.
Procuremos ahora que la ansiedad y la soberbia de las cosas
de esta vida presente no nos sean obstáculo para conformarnos de todo corazón a
nuestro Redentor, siguiendo sus ejemplos. Nada hizo él ni padeció que no fuera
por nuestra salvación, para que todo lo que de bueno hay en la cabeza lo posea
también el cuerpo.
En primer lugar, aquella asunción de nuestra substancia en la
Divinidad, por la cual la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros,
¿a quién dejó excluido de su misericordia sino al que se resista a creer? ¿Y
quién hay que no tenga una naturaleza común con la de Cristo, con tal de que
reciba al que asumió la suya? ¿Y quién hay que no sea regenerado por el mismo
Espíritu por el que él fue engendrado? Finalmente, ¿quién no reconoce en él su
propia debilidad? ¿Quién no se da cuenta de que el hecho de tomar alimento, de
entregarse al descanso del sueño, de haber experimentado la angustia y la
tristeza, de haber derramado lágrimas de piedad es todo ello consecuencia de
haber tomado la condición de siervo?
Es que esta condición tenía que ser curada de sus antiguas
heridas, purificada de la inmundicia del pecado; por eso el Hijo único de Dios
se hizo también hijo del hombre, de modo que poseyó la condición humana en toda
su realidad y la condición divina en toda su plenitud.
Es, por tanto, algo nuestro aquel que yació exánime en el
sepulcro, que resucitó al tercer día y que subió a la derecha del Padre en lo
más alto de los cielos; de manera que, si avanzamos por el camino de sus
mandamientos, si no nos avergonzamos de confesar todo lo que hizo por nuestra
salvación en la humildad de su cuerpo, también nosotros tendremos parte en su
gloria, ya que no puede dejar de cumplirse lo que prometió: A todo aquel que me
reconozca ante los hombres lo reconoceré yo también ante mi Padre que está en
los cielos.
jueves, 31 de marzo de 2022
Sobre la Pasión
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