domingo, 13 de marzo de 2022

Qué bien estamos aquí!

Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús:
«Maestro ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
Siempre me ha gustado mucho este pasaje de la transfiguración del Señor, pues me imagino el gozo inmenso que tendrían los apóstoles al ver a Jesús divinizado, percibir en su propia piel la Verdad de un Dios con nosotros, pues eso fue la transfiguración: Jesús se mostró como Dios frente a los apóstoles, para adelantarles lo que después de su resurrección comprenderían.
Es la misma experiencia que el Señor quiere regalarnos cuando nos ponemos frente a Él, ya sea ante el Sagrario o en la Exposición del Santísimo Sacramento. Es cierto que no podemos llegar a verlo como los vieron los apóstoles, pero nuestra fe nos ayuda a descubrir su Presencia Viva y Real, una Presencia que nos habla desde el silencio y nos revela, si lo dejamos, los misterios de su Corazón, y, como a los apóstoles nos inunda el deseo de permanecer siempre ahí, junto a Él, en una experiencia que sólo el corazón del que Ama pueda sentir, pero que no se puede expresar con palabras humanas, pues su Presencia en nuestro corazón es inexplicable, pero necesaria.
Hay una oración de Santo Tomás de Aquino al Santísimo Sacramento que dice: “en la Cruz se escondía sólo la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad; creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido”. Y así es, aunque nuestros ojos ven una cosa, nuestro corazón experimenta otra, porque gracias al Don de la Fe y la Luz del Espíritu podemos sentirnos y sentarnos frente al Señor y comenzar un diálogo de corazón a Corazón, para que Él reciba todo lo que hay en el mío y yo pueda recibir todo lo que hay en el de Él, para que me purifique, renueve y fortalezca para poder, después, volver a la vida diaria y, como le dijo el Señor a Pedro: confirmar a mis hermanos en la Fe, en el Amor y la Esperanza.
En realidad debemos sentirnos afortunados por que se nos ha dado el Don de la Fe, la gracia de poder tener a un Dios cercano, Vivo y Real, que está siempre pendiente de nosotros, aún cuando nosotros no estemos pendientes de Él, pero que cuando lo dejamos entrar en nuestras vidas, Él se encarga de transformarlos, pues siempre quiere que “subamos” al Monte de la Transfiguración para que no sólo experimentemos su cercanía, sino que escuchando Su Voz podamos vivir Su Voluntad para nuestras vidas.


 

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