De los Sermones de san Bernardino de Siena, presbítero
Es norma general de todas las gracias especiales comunicadas
a cualquier creatura racional que, cuando la gracia divina elige a alguien para
algún oficio especial o algún estado muy elevado, otorga todos los carismas que
son necesarios a aquella persona así elegida, y que la adornan con profusión.
Ello se realizó de un modo eminente en la persona de san
José, que hizo las veces de padre de nuestro Señor Jesucristo y que fue
verdadero esposo de la Reina del mundo y Señora de los ángeles, que fue elegido
por el Padre eterno como fiel cuidador y guardián de sus más preciados tesoros,
a saber, de su Hijo y de su esposa; cargo que él cumplió con absoluta fidelidad.
Por esto el Señor le dice: Bien, siervo bueno y fiel, pasa al banquete de tu
Señor.
Si miramos la relación que tiene José con toda la Iglesia,
¿no es éste el hombre especialmente elegido, por el cual y bajo el cual Cristo
fue introducido en el mundo de un modo regular y honesto? Por tanto, si toda la
Iglesia está en deuda con la Virgen Madre, ya que por medio de ella recibió a
Cristo, de modo semejante le debe a san José, después de ella, una especial
gratitud y reverencia.
Él, en efecto, cierra el antiguo Testamento, ya que en él la
dignidad patriarcal y profética alcanza el fruto prometido. Además, él es el
único que poseyó corporalmente lo que la condescendencia divina había prometido
a los patriarcas y a los profetas.
Hemos de suponer, sin duda alguna, que aquella misma
familiaridad, respeto y altísima dignidad que Cristo tributó a José mientras
vivía aquí en la tierra, como un hijo con su padre, no se la ha negado en el
cielo; al contrario, la ha colmado y consumado.
Por esto, no sin razón añade el Señor: Pasa al banquete de tu
Señor. Pues, aunque el gozo festivo de la felicidad eterna entra en el corazón
del hombre, el Señor prefirió decide: Pasa al banquete, para insinuar de un modo
misterioso que este gozo festivo no sólo se halla dentro de él, sino que lo
rodea y absorbe por todas partes, y que está sumergido en él como en un abismo
infinito.
Acuérdate, pues, de nosotros, bienaventurado José, e
intercede con tus oraciones ante tu Hijo; haz también que sea propicia a
nosotros la santísima Virgen, tu esposa, que es madre de aquel que con el Padre
y el Espíritu Santo vive y reina por siglos infinitos. Amén.
sábado, 19 de marzo de 2022
Fiel cuidador y guardián
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