"Insistís: "No es justo el proceder del Señor." Escuchad, casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder?, ¿No es más bien vuestro proceder el que es injusto?".
Esta es la respuesta que me surge cuando me dice: "Y ¿qué hace Dios con estas cosas como la guerra, por qué no actúa?"
Y Dios nos ha dado la libertad para que vivamos y no nos la quitará. ¿Es culpa de Dios la guerra, el hambre, la desnudez, las injusticias...? O ¿no es culpa nuestra que no hemos sabido vivir como hermanos? Nuestros egoísmos, vanidad, soberbia, apetito de poder, y todos las plagas de Egipto que llevamos dentro nuestro, ¿no serán acaso las que provocan tanto desmadre en el mundo?
¿Podría Dios enviar otro diluvio universal y destruirnos a todos para volver a hacer una nueva humanidad?
En realidad ya lo envió y volvimos a hacer lo mismo. Envió a Su Hijo al Mundo para enseñarnos a vivir y seguimos haciendo lo mismo.
Incluso los que nos decimos muy cristianos seguimos haciendo lo mismo, porque nos creemos los mejores y no lo somos, porque nos creemos justos y no lo somos, porque nos erigimos en jueces y verdugos y no lo somos.
Por eso el Señor nos dice:
"Cuando el inocente se aparta de su inocencia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él salva su propia vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá".
Es tiempo de recapacitar. No es tiempo de echarle las culpas a nadie sino que nos miremos y reconozcamos nuestros errores y pecados, y, así, con la Gracia de la Reconciliación, podamos volver a empezar y a vivir como hermanos que somos. No bastan sólo algunos esbozos de solidaridad para ser hermanos, sino que en el día a día vamos a descubrir si, realmente, somos lo que decimos ser, o somos simplemente una caricatura de lo que debemos ser.
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