O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera».
Creemos, erróneamente, muchas veces, que somos mejores que los demás, y, por eso, nos permitimos juzgar y condenar. Y no sólo nos quedamos con los pensamientos sobre ellos, sino que también los transmitimos como si fuera un programa de televisión de la prensa rosa y cotillera. ¿No sabemos acaso que nuestras palabras también nos condenan? ¿Cómo decimos en el acto de contrición: “he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión”?
Pues sí, nuestras palabras nos condenan, y no sólo que seremos juzgados, sino que seremos juzgados con la misma vara con que juzgamos y condenamos a los demás. Lamentablemente nos hemos acostumbrado a que no nos preocupa la fama de los demás, perdón, en realidad nos preocupa la fama de los demás para poder cotillear y, más de una vez, denigrar a quien creemos que merece nuestra condena.
“Os digo que no, y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”, y no son palabras mías, las vuelvo a copiar para que no se nos olvide, son Palabras de Jesús, de Dios. ¿Nos vamos enterando?
¿Cómo podremos construir un reino de personas que se aman si no nos amamos? “Si amas a quien te ama ¿qué mérito tenéis? Eso también lo hacen los publicanos”, dice el Señor, “yo os digo: amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced el bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen”, a lo que yo (con permiso del Señor) agregaría: amad a quien no te gusta, haced el bien a quien aborreces, bendice a quien no te agrada, y, sobre todo, pide perdón a quien has ofendido con tus palabras.
¿No rezamos acaso: “venga a nosotros tu Reino, hágase Tu Voluntad en la tierra como en el cielo”? Y ¿cuál es la voluntad de Dios? ¿Qué nos andemos sacando los ojos porque fulanito tiene este carácter, porque aquél no se qué cosa, porque el otro tal…? ¿Qué clase de comunidad cristiana estamos formando? ¿Qué Reino de Dios estamos construyendo? ¿Pueden decir los que no creen: ¡mirad cómo se aman!?
Me parece que en este tiempo de cuaresma somos muchos los que tenemos que poner nuestras barbas en remojo y quitarnos la soberbia de creernos mejores que los demás, y, sobre todo, saber que el perdón solo llega cuando somos capaces de pedirlo a quienes hemos ofendido.O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera».
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