miércoles, 31 de marzo de 2021
El espejo de la verdad
martes, 30 de marzo de 2021
Piensa, luego habla
lunes, 29 de marzo de 2021
Los últimos días
domingo, 28 de marzo de 2021
Solo un sentimiento?
Viernes de Dolores, Domingo de Ramos. Comenzamos una nueva Semana Santa, una nueva y diferente Semana Santa. El año pasado la tuvimos que vivir, cada uno, desde sus propias casas compartiendo las celebraciones desde un móvil o una TV, este año las viviremos en cada templo, pero sin las procesiones que llenan nuestras calles y corazones.
Una Semana Santa diferente que viviremos, especialmente, desde el corazón, desde la contemplación profunda del Misterio del Amor de Dios por los hombres, por nosotros, por mí y por ti, que es la mejor y la mayor de las formas para poder introducirnos de lleno en el Misterio del Amor.
El silencio de estos días nos llevará a meditar, a reflexionar y acompañar, en una procesión interna, cada uno de los pasos que dio Jesús en obediencia a la Voluntad del Padre, para la salvación de los hombres. Una procesión que nos llevará, quizás, a una sana reflexión acerca de nuestro vivir cristiano, de nuestro compromiso y fidelidad con el Amor de Dios. Sí, como alguna vez he repetido, tomado de un amigo: una procesión difícil y muy complicada, la que va de la cabeza al corazón, de lo intelectual a lo vivencial; porque, muchas veces, sabemos muchas cosas, pero no son las que vivimos.
No siempre, pero en lo general, nos quedamos, en la Semana Santa, con un espectáculo sentimental viendo cómo pasan por delante de nuestros ojos los Pasos de Semana Santa, quizás se nos caiga una lágrima o nos sensibilice el corazón, pero una vez que pasó el Paso, volvemos a la misma rutina de olvidarnos de Dios y de dejarnos llevar más por las ideas del mundo que por la Palabra de Dios.
sábado, 27 de marzo de 2021
Participar en la Pascua
De las Disertaciones de san Gregorio de Nacianzo, obispo
Es verdad que ahora celebraremos la Pascua todavía sacramentalmente;
sin embargo, lo haremos ya con un conocimiento más claro que en la antigua ley
(ya que la Pascua de la ley antigua era -no tengo reparo en decirlo- una figura
más oscura que lo que representaba), y de aquí a poco la celebraremos de un modo
más puro y perfecto, a saber: cuando aquel que es la Palabra beba con nosotros el
vino nuevo en el reino de su Padre, dándonos la plena y clara inteligencia de lo
que aquí nos enseñó de un modo más restringido. Decimos «nuevo», pues siempre
resulta nuevo lo que se llega a comprender de una manera diferente.
Y ¿en qué consiste esa bebida y esa manera nueva de percibir?
Eso es lo que toca a él enseñar a sus discípulos, y a nosotros aprenderlo. Y la
doctrina de aquel que alimenta es también alimento.
Celebremos, pues, ahora también nosotros lo mismo que
celebraba la ley antigua, pero no en un sentido literal, sino evangélico; de una
manera perfecta, no imperfecta; de un modo eterno, no temporal. Sea nuestra
capital no la Jerusalén terrena, sino la metrópoli celestial; quiero decir, no
ésta que es ahora hollada por los ejércitos, sino la que es ensalzada por las
alabanzas y encomios angélicos.
Inmolemos no ya terneros y machos cabríos, que es cosa ya
caducada y sin sentido, sino el sacrificio de alabanza, ofrecido a Dios en el
altar del cielo, junto con los coros celestiales. Atravesemos el primer velo, no
nos detengamos ante el segundo, contemplemos de lleno el santuario. y diré más
todavía: inmolémonos nosotros mismos a Dios, inmolemos cada día nuestra persona
y toda nuestra actividad, imitemos la pasión de Cristo con nuestros propios
padecimientos, honremos su sangre con nuestra propia sangre, subamos con denuedo
a la cruz.
Si quieres imitar a Simón de Cirene, toma la cruz y sigue al Señor.
Si quieres imitar al buen ladrón crucificado con él, reconoce
honradamente su divinidad; y así como entonces Cristo fue contado entre los
malhechores, por ti y por tus pecados, así tú ahora, por él, serás contado entre
los justos. Adora al que por amor a ti pende de la cruz y, crucificándote tú
también, procura recibir algún provecho de tu misma culpa; compra la salvación
con la muerte; entra con Jesús en el paraíso, para que comprendas de qué bienes
te habías privado. Contempla todas aquellas bellezas; deja fuera, muerto, lo que
hay en ti de murmurador y blasfemo.
Si quieres imitar a José de Arimatea, pide el cuerpo a aquel
que lo mandó crucificar; haz tuya la víctima expiatoria del mundo.
Si quieres imitar a Nicodemo, el que fue a Jesús de noche,
unge a Jesús con aromas, como lo ungió él para honrado en su sepultura.
Si quieres imitar a María, a la otra María, a Salomé y a
Juana, ve de madrugada a llorar junto al sepulcro, y haz de manera que, quitada
la piedra del monumento, puedas ver a los ángeles y aun al mismo Jesús.
viernes, 26 de marzo de 2021
Encontrar la paja en el ojo ajeno
jueves, 25 de marzo de 2021
El misterio de nuestra reconciliación
De las Cartas de san León Magno, papa
La majestad asume la humildad, el poder la debilidad, la
eternidad la mortalidad; y, para saldar la deuda contraída por nuestra condición
pecadora, la naturaleza invulnerable se une a la naturaleza pasible; de este
modo, tal como convenía para nuestro remedio, el único y mismo mediador entre
Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también él, pudo ser a la vez inmortal, por la
conjunción en él de esta doble condición.
El que es Dios verdadero nace como hombre verdadero, sin que
falte nada a la integridad de su naturaleza humana, conservando la totalidad de
la esencia que le es propia y asumiendo la totalidad de nuestra esencia humana.
Y, al decir nuestra esencia humana, nos referimos a la que fue plasmada en
nosotros por el Creador, y que él asume para restaurarla.
Esta naturaleza nuestra quedó viciada cuando el hombre se
dejó engañar por el maligno, pero ningún vestigio de este vicio original
hallamos en la naturaleza asumida por el Salvador. Él, en efecto, aunque hizo
suya nuestra misma debilidad, no por esto se hizo partícipe de nuestros pecados.
Tomó la condición de esclavo, pero libre de la sordidez del
pecado, ennobleciendo nuestra humanidad sin mermar su divinidad, porque aquel
anonadamiento suyo -por el cual, él, que era invisible, se hizo visible, y él,
que es el Creador y Señor de todas las cosas, quiso ser uno más entre los
mortales- fue una dignación de su misericordia, no una falta de poder. Por
tanto, el mismo que, permaneciendo en su condición divina, hizo al hombre es el
mismo que se hace él mismo hombre, tomando la condición de esclavo.
Y, así, el Hijo de Dios hace su entrada en la bajeza de este
mundo, bajando desde el trono celestial, sin dejar la gloria que tiene junto al
Padre, siendo engendrado en un nuevo orden de cosas.
En un nuevo orden de cosas, porque el que era invisible por
su naturaleza se hace visible en la nuestra, el que era inaccesible a nuestra
mente quiso hacerse accesible, el que existía antes del tiempo empezó a existir
en el tiempo, el Señor de todo el universo, velando la inmensidad de su
majestad, asume la condición de esclavo, el Dios impasible e inmortal se digna
hacerse hombre pasible y sujeto a las leyes de la muerte.
El mismo que es Dios verdadero es también hombre verdadero, y
en él, con toda verdad, se unen la pequeñez del hombre y la grandeza de Dios.
Ni Dios sufre cambio alguno con esta dignación de su piedad,
ni el hombre queda destruido al ser elevado a esta dignidad. Cada una de las dos
naturalezas realiza sus actos propios en comunión con la otra, a saber, la
Palabra realiza lo que es propio de la Palabra, y la carne lo que es propio de
la carne.
En cuanto que es la Palabra, brilla por sus milagros; en
cuanto que es carne, sucumbe a las injurias. Y así como la Palabra retiene su
gloria igual al Padre, así también su carne conserva la naturaleza propia de
nuestra raza.
La misma y única persona, no nos cansaremos de repetirlo, es
verdaderamente Hijo de Dios y verdaderamente hijo del hombre. Es Dios, porque ya
al comienzo de las cosas existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios y la
Palabra era Dios; es hombre, porque la Palabra se hizo carne y puso su morada
entre nosotros.
miércoles, 24 de marzo de 2021
La fuerza de la fe
martes, 23 de marzo de 2021
La Cruz, fuente de bendición y Gracia
De los Sermones de san León Magno, papa
Nuestro entendimiento, iluminado por el Espíritu de la
verdad, debe aceptar con corazón puro y libre la gloria de la cruz, que irradia
sobre el cielo y la tierra, y penetrar con su mirada interior el sentido de las
palabras del Señor, cuando habla de la inminencia de su pasión: Ya ha llegado la
hora en que va a ser glorificado el Hijo del hombre. Y un poco más adelante:
Ahora -dice- mi alma está agitada, y ¿qué vaya decir? ¿Padre, líbrame de esta
hora? ¡Pero si precisamente para esto he llegado a esta hora! Padre, glorifica a
tu Hijo. Y como llegase del cielo la voz del Padre, que decía: Lo he glorificado
y lo glorificaré de nuevo, Jesús, dirigiéndose a los circunstantes, dijo: No por
mí, sino por vosotros se ha dejado oír esta voz. Ahora viene la condenación de
este mundo; ahora el señor de este mundo va a ser arrojado fuera. Y yo, cuando
sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí.
¡Oh admirable poder de la cruz! ¡Oh inefable gloria de la
pasión! En ella se encuentra el tribunal del Señor, el juicio del mundo, el
poder del crucificado.
Atrajiste a todos hacia ti, Señor, a fin de que el culto de
todas las naciones del orbe celebrara, mediante un sacramento pleno y
manifiesto, lo que se realizaba en el templo de Judea sólo como sombra y figura.
Ahora, en efecto, es más ilustre el orden de los levitas, más
alta la dignidad de los ancianos, más sagrada la unción de los sacerdotes;
porque tu cruz es la fuente de toda bendición, el origen de toda gracia; por
ella, los creyentes reciben, de la debilidad, la fuerza, del oprobio, la gloria
y, de la muerte, la vida. Ahora, asimismo, abolida la multiplicidad de los
antiguos sacrificios, la única oblación de tu cuerpo y sangre lleva a su
plenitud los diferentes sacrificios carnales; porque tú eres el verdadero
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo; y así, en tu persona, llevas a
la perfección todos los misterios, para que todos los pueblos constituyan un
solo reino, del mismo modo que todas las víctimas ceden el lugar al único
sacrificio.
Confesemos, pues, hermanos, lo que la voz del bienaventurado
maestro de las naciones, el apóstol Pablo, confesó gloriosamente: Sentencia
verdadera y digna de universal adhesión es ésta: Cristo Jesús vino al mundo para
salvar a los pecadores.
En efecto, tanto más admirable es la misericordia de Dios
para con nosotros, cuanto que Cristo murió, no por los justos o los santos, sino
por los pecadores y los injustos; y, como era imposible que la naturaleza divina
experimentase el aguijón de la muerte, tomó, naciendo de nosotros, una
naturaleza que pudiera ofrecer por nosotros.
Ya mucho antes amenazaba a nuestra muerte con el poder de su
propia muerte, diciendo por boca del profeta Oseas: Oh muerte, yo seré tu
muerte; país de los muertos, yo seré tu aguijón. Al morir, en efecto, se sometió
al peder del país de los muertos, pero lo destruyó con su resurrección;
sucumbiendo al peso de una muerte que no hacía excepción, la convirtió de
eterna en temporal. Porque lo mismo que en Adán todos mueren, en Cristo todos
serán llamados de nuevo a la vida.
lunes, 22 de marzo de 2021
Si alguno, abogado tenemos ante el Padre
Del Comentario de san Juan Fisher, obispo y mártir, sobre los salmos
Nuestro sumo sacerdote es Cristo Jesús y nuestro sacrificio
es su cuerpo precioso, que él inmoló en el ara de la cruz por la salvación de
todos los hombres.
La sangre derramada por nuestra redención no era de terneros o de machos cabríos
(como en la ley antigua), sino la del Cordero inmaculado, Cristo Jesús, nuestro
salvador. El templo en que ofició nuestro sumo sacerdote no era hecho por mano
de hombre, sino edificado únicamente por el poder de Dios. Y así, él derramó su
sangre a la vista de todo el mundo; y el mundo es el templo construido por la
sola mano de Dios.
Este templo tiene dos partes: una es esta tierra que nosotros habitamos al
presente, la otra nos es aún desconocida a nosotros, mortales.
Primero, cuando sufrió la muerte dolorosísima, ofreció el sacrificio aquí en la
tierra. Después, cuando revestido de la nueva inmortalidad penetró por su propia
sangre en el santuario, esto es, en el cielo, presentó ante el trono del Padre
aquella sangre de un valor inmenso, que había derramado abundantemente por todos
los hombres, sujetos al pecado.
Este sacrificio es tan acepto y agradable a Dios que, en el mismo instante en
que lo mira, compadecido de nosotros, se ve forzado a otorgar su clemencia a
todos los que se arrepienten de verdad.
Es, además, un sacrificio eterno, ya que se ofrece no sólo cada año (como
sucedía entre los judíos), sino cada día, más aún, cada hora y a cada momento,
para que en él hallemos consuelo y alivio.
Respecto de él, dice el Apóstol: Obteniendo una redención eterna, pues de este
sagrado y eterno sacrificio se benefician todos aquellos que están
verdaderamente contritos y arrepentidos de los pecados cometidos, los que tienen
un decidido propósito de no reincidir en sus malas costumbres y perseverar con
constancia en el camino de las virtudes que han emprendido.
Lo cual expresa san Juan con estas palabras: Hijos míos, os escribo esto para
que no pequéis. Si alguno peca, abogado tenemos ante el Padre, a Jesucristo, el
justo. Él es propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino
por los del mundo entero.
domingo, 21 de marzo de 2021
El dolor de la fidelidad
“Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre».
Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo».
Jesús como hijo de Dios, como Dios, conoce cuál es el Plan del Padre, sabe lo que va a venir, por eso, varias veces se lo dijo a los apóstoles, en varias oportunidades habló de Su Hora. Y esa Hora se aproxima, y, como hombre, siente la angustia de la muerte, el dolor de la Cruz, y por eso “su alma se agita”, se agita de pesar. Sí, como nos sucede a nosotros cuando nos enfrentamos a nuestras cruces, cuando en un momento de la vida se nos presenta una situación de dolor o de muerte, y nos parece haber perdido la fe, la esperanza, y surgen muchas preguntas y rebeldías. Jesús también las siente y las sufre, pero su respuesta ante el dolor de la Cruz, es muy diferente a la que, muchas veces, damos nosotros:
“Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre”.
Una aceptación incondicional a la Voluntad de Dios. Conoce el cómo y el cuando, pero eso no le impide seguir siendo Fiel, hasta en el momento más duro del Huerto de los Olivos, nos habla de fidelidad a la Voluntad de Dios: “pero que no se haga mi voluntad sino la Tuya”.
No, no es fácil aceptar la Cruz, pero no es imposible para los que nos dejamos conducir por Dios, pues Él mismo se hace nuestro Cirineo y nos da la fortaleza, como se la dio a Su Hijo, para poder cargarla hasta el final del Camino.
Seguramente en el Camino nos tropezaremos y caeremos más de una vez, pero siempre tendremos Su Mano extendida para poder levantarnos y seguir recorriendo ese Camino y no otro, pues otro Camino no lleva a la misma plenitud, sino sólo el Camino que Él pensó para nosotros desde antes de la creación del mundo
sábado, 20 de marzo de 2021
El Camino y la Verdad
viernes, 19 de marzo de 2021
Fiel cuidador y guardian
De los Sermones de san Bernardino de Siena, presbítero
Es norma general de todas las gracias especiales comunicadas a cualquier creatura racional que, cuando la gracia divina elige a alguien para algún oficio especial o algún estado muy elevado, otorga todos los carismas que son necesarios a aquella persona así elegida, y que la adornan con profusión.
Ello se realizó de un modo eminente en la persona de san José, que hizo las veces de padre de nuestro Señor Jesucristo y que fue verdadero esposo de la Reina del mundo y Señora de los ángeles, que fue elegido por el Padre eterno como fiel cuidador y guardián de sus más preciados tesoros, a saber, de su Hijo y de su esposa; cargo que él cumplió con absoluta fidelidad. Por esto el Señor le dice: Bien, siervo bueno y fiel, pasa al banquete de tu Señor.
Si miramos la relación que tiene José con toda la Iglesia, ¿no es éste el hombre especialmente elegido, por el cual y bajo el cual Cristo fue introducido en el mundo de un modo regular y honesto? Por tanto, si toda la Iglesia está en deuda con la Virgen Madre, ya que por medio de ella recibió a Cristo, de modo semejante le debe a san José, después de ella, una especial gratitud y reverencia.
Él, en efecto, cierra el antiguo Testamento, ya que en él la dignidad patriarcal y profética alcanza el fruto prometido. Además, él es el único que poseyó corporalmente lo que la condescendencia divina había prometido a los patriarcas y a los profetas.
Hemos de suponer, sin duda alguna, que aquella misma familiaridad, respeto y altísima dignidad que Cristo tributó a José mientras vivía aquí en la tierra, como un hijo con su padre, no se la ha negado en el cielo; al contrario, la ha colmado y consumado.
Por esto, no sin razón añade el Señor: Pasa al banquete de tu Señor. Pues, aunque el gozo festivo de la felicidad eterna entra en el corazón del hombre, el Señor prefirió decirle: Pasa al banquete, para insinuar de un modo misterioso que este gozo festivo no sólo se halla dentro de él, sino que lo rodea y absorbe por todas partes, y que está sumergido en él como en un abismo infinito.
Acuérdate, pues, de nosotros, bienaventurado José, e intercede con tus oraciones ante tu Hijo; haz también que sea propicia a nosotros la santísima Virgen, tu esposa, que es madre de aquel que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por siglos infinitos. Amén.
jueves, 18 de marzo de 2021
Mi testimonio es verdadero?
miércoles, 17 de marzo de 2021
Por qué y para qué...
martes, 16 de marzo de 2021
Ser agua que purifica
lunes, 15 de marzo de 2021
Cristo, propiciación de nuestros pecados
De las Homilías de Orígenes, presbítero, sobre el Levítico
Una vez al año, el sumo sacerdote, dejando a fuera al pueblo,
entraba en el lugar donde se hallaban el propiciatorio, los querubines, el arca
de la alianza y el altar de los aromas; lugar donde sólo al sumo sacerdote le
estaba permitido entrar.
Pero fijémonos en nuestro verdadero sumo sacerdote, el Señor
Jesucristo. Él, habiendo tomado la naturaleza humana, estaba con el pueblo todo
el año, aquel año, a saber, del cual dice él mismo: Me envió a evangelizar a
los pobres y a proclamar el año de gracia del Señor. Y, una vez durante este
año, el día de la expiación, entró en el santuario, es decir, cuando, cumplida
su misión, penetró en los cielos, entró a la presencia del Padre, para hacerle
propicio al género humano y para interceder en favor de todos los que creen en
él.
El apóstol Juan, conocedor de esta propiciación que nos
reconcilia con el Padre, dice: Hijos míos, os escribo esto para que no
pequéis. Si alguno peca, abogado tenemos ante el Padre, a Jesucristo, el justo.
Él es propiciación por nuestros pecados.
También Pablo alude a esta propiciación, cuando afirma de
Cristo: A quien Dios ha propuesto como instrumento de propiciación, por su
propia sangre y mediante la fe. Por lo tanto, el día de nuestra propiciación
continúa hasta el fin del mundo.
Dice la palabra de Dios: Pondrá el incienso sobre las
brasas delante del Señor, para que el humo del incienso cubra el propiciatorio
que está sobre el documento de la alianza, y así él no muera. Después tomará
sangre del novillo y rociará con el dedo el lado oriental de la placa o
propiciatorio.
Este texto nos recuerda el modo como en el antiguo Testamento
se celebraba el rito de la propiciación ante Dios; pero tú que has venido a
Cristo, verdadero sumo sacerdote, que con su sangre te hizo a Dios propicio y te
reconcilió con el Padre, trasciende con tu mirada la sangre de las antiguas
víctimas y considera más bien la sangre de aquel que es la Palabra, escuchando
lo que él mismo te dice: Ésta es mi sangre, que será derramada por vosotros
para el perdón de los pecados.
El hecho de rociar el lado oriental tiene también su
significado. De oriente nos viene la propiciación, pues de allí procede el varón
cuyo nombre es Oriente, el que ha sido constituido mediador entre Dios y los
hombres.
Ello te invita a que mires siempre hacia oriente, de donde sale para ti el sol
de justicia, de donde te nace continuamente la luz, para que no camines nunca en
tinieblas, ni te sorprenda en tinieblas aquel día último;
para que no se apodere de ti la noche y oscuridad de la ignorancia, sino que
vivas siempre en la luz de la sabiduría, en el pleno día de la fe, bajo la luz
de la caridad y de la paz.
domingo, 14 de marzo de 2021
Cerca de la Luz
“Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.
En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”.
Cuanto más nos acercamos a la luz más podemos ver, así lo hacemos cuando nos queremos vestir bien, cuando nos peinamos o cuando queremos quitar una mancha de alguna prenda de vestir. Pero cuando no queremos que algo se vea nos alejamos de la luz, o de los lugares donde haya mucha luz, para poder pasar desapercibidos, ya sea por timidez, porque se me ha manchado la ropa, o por alguna causa especial.
Quizás el resto de la gente no se de cuenta de que algo está mal, pero uno sabe en su conciencia que hay algo que está mal y no quiero que lo vean o descubran.
No es el Señor quien nos condena, sino la Verdad la que nos juzga, porque sabemos cuándo obramos bien y cuándo obramos mal. No hace falta ser muy estudioso para saber distinguir entre el bien y el mal, pues es un razonamiento que aprendemos a usar apenas comenzamos a usar nuestra capacidad de razonar, nuestra capacidad intelectual.
Y, aunque intentemos (como lo hacen las ideologías modernas) de disfrazar la mentira de verdad, siempre sabremos cuándo no obramos de acuerdo con la Voluntad de Dios. Está claro y es evidente que Jesús le está hablando a gente que saber cuál es la Verdad, que ha conocido la Ley de Dios y que sabe cuál es el Camino que ha de seguir. Y lo mismo nos lo dice a nosotros que hemos elegido un Camino, por eso nos llamamos cristianos.
sábado, 13 de marzo de 2021
El que se enaltece será humillado
viernes, 12 de marzo de 2021
El misterio de nuestra vivificación
De los libros de las Morales de san Gregorio Magno, papa, sobre el libro de Job
El venerable Job, figura de la Iglesia, unas veces habla en
nombre del cuerpo, otras en nombre de la cabeza; y, así, a veces está hablando
de los miembros y, súbitamente, toma las palabras de la cabeza. Por esto dice:
Todo esto lo he sufrido aunque en mis manos no hay violencia y es sincera mi
oración.
Sin que hubiera violencia en sus manos, en efecto, sufrió
aquel que no cometió pecado, ni se halló engaño en su boca, y sin embargo
padeció por nuestra redención los dolores de la cruz. Él fue el único que
dirigió a Dios una oración sincera, ya que en medio de los sufrimientos de su
pasión oró al Padre, diciendo: Padre, perdónalos; porque no saben lo que
hacen.
¿Se puede, en efecto, pronunciar o pensar una oración más
sincera que ésta, por la cual intercede por los mismos que lo atormentan? De ahí
deriva el hecho de
que la sangre de nuestro Redentor, derramada por la furia de sus perseguidores,
se convirtiera luego en fuente de vida para los creyentes, los cuales lo
proclamarían Hijo de Dios.
Con respecto a esta sangre, añade con razón el libro santo:
¡Tierra, no cubras mi sangre, no encierres mi demanda de justicia! Al
hombre pecador se le había dicho: Eres tierra y a la tierra volverás.
Pero esta tierra no sorbió la sangre de nuestro Redentor,
pues cualquier pecador, al beber el precio de su redención, lo confiesa y
proclama, y así se hace patente a todos su valor.
La tierra no sorbió su sangre, pues la santa Iglesia ha
predicado ya en todas partes el misterio de su redención. Es digno de notarse
también lo que sigue: No encierres mi demanda de justicia. La misma sangre
redentora que bebemos, en efecto, es la demanda de justicia de nuestro Redentor.
Por eso dice Pablo: Os habéis acercado a la aspersión de una sangre que habla
mejor que la de Abel. De la sangre de Abel se había dicho: La sangre de
tu hermano está clamando a mí desde la tierra.
Pero la sangre de Jesús habla mejor que la de Abel, pues la
sangre de Abel pedía la muerte del hermano fratricida, mientras que la sangre
del Señor impetró la vida para sus perseguidores.
Por tanto, para que dé su fruto en nosotros el sacramento de
la pasión del Señor, debemos imitar aquello que bebemos, y anunciar a los demás
aquello que veneramos.
Pues su demanda de justicia quedaría oculta en nosotros, si
nuestra lengua callara lo que cree nuestra mente. Para que su demanda de
justicia no quede oculta en nosotros, sólo falta que cada uno de nosotros, a
medida de sus posibilidades, dé a conocer a los demás el misterio de su
vivificación.
jueves, 11 de marzo de 2021
Se ha perdido la sinceridad
miércoles, 10 de marzo de 2021
Viendo vuestras obras...
martes, 9 de marzo de 2021
Tres cosas importantes
De los Sermones de san Pedro Crisólogo, obispo
Tres cosas hay, hermanos, por las que se mantiene la fe, se conserva firme la devoción, persevera la virtud. Estas tres cosas son la oración, el ayuno y la misericordia. Lo que pide la oración lo alcanza el ayuno y lo recibe la misericordia. Oración, misericordia y ayuno: tres cosas que son una sola, que se vivifican una a otra.
El ayuno es el alma de la oración, la misericordia es lo que da vida al ayuno. Nadie intente separar estas cosas, pues son inseparables. El que sólo practica' una de ellas, o no las practica simultáneamente, es como si nada hiciese. Por tanto, el que ora que ayune también, el que ayuna que practique asimismo la misericordia. Quien desea ser escuchado en sus oraciones que escuche él también a quien le pide, pues el que no cierra sus oídos a las peticiones del que le suplica abre los de Dios a sus propias peticiones.
El que ayuna que procure entender el sentido del ayuno: que se haga sensible al hambre de los demás, si quiere que Dios sea sensible a la suya; si espera alcanzar misericordia, que él también la tenga; si espera piedad, que él también la practique; si espera obtener favores de Dios, que él también sea dadivoso. Es un mal solicitante el que espera obtener para sí lo que él niega a los demás.
Hombre, sé para ti mismo la medida de la misericordia; de este modo, alcanzarás misericordia del modo que quieras, en la medida que quieras, con la presteza que quieras; tan sólo es necesario que tú te compadezcas de los demás con la misma presteza y del mismo modo.
Hagamos, por consiguiente, que la oración, la misericordia y el ayuno sean los tres juntos nuestro patrocinio ante Dios, los tres juntos nuestra defensa, los tres juntos nuestra oración bajo tres formas distintas.
Reconquistemos con nuestro ayuno lo que perdimos por no saberlo apreciar; inmolemos con el ayuno nuestras almas, ya que éste es el mejor sacrificio que podemos ofrecer a Dios, como atestigua el salmo: Mi sacrificio es un espíritu quebrantado: un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias.
Hombre, ofrece a Dios tu alma, ofrécele el sacrificio del ayuno, para que sea una ofrenda pura, un sacrificio santo, una víctima viva que, sin salirse de ti mismo, sea ofrecida a Dios. No tiene excusa el que niega esto a Dios, ya que está en manos de cualquiera el ofrecerse a sí mismo.
Mas, para que esto sea acepto a Dios, al ayuno debe acompañar la misericordia; el ayuno no da fruto si no es regado por la misericordia, se seca sin este riego: lo que es la lluvia para la tierra, esto es la misericordia para el ayuno. Por más que cultive su corazón, limpie su carne, arranque sus malas costumbres, siembre las virtudes, si no abre las corrientes de la misericordia, ningún fruto recogerá el que ayuna.
Tú que ayunas, sabe que tu campo, si está en ayunas de misericordia, ayuna él también; en cambio, la liberalidad de tu misericordia redunda en abundancia para tus graneros. Mira, por tanto, que no salgas perdiendo, por querer guardar para ti, antes procura recolectar a largo plazo; al dar al pobre das a ti mismo, y lo que no dejas para los demás no lo disfrutarás tú luego.