"Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí".
El Señor nos llamó y nos eligió y nos evió con una misión, pero no sólo una misión de anunciar al mundo la Buena Noticia sólo de palabra. Esa misión de hablar mucho y de memoria la Palabra de Dios, no es, creo, lo que el Señor quería, sino con grabar un CD con la Palabra de Dios y repetirla por la radio, ya estaría. Sino que a la misión del envío va unida una condición, y de esto creo estar seguro, sin la cual la misión no tiene efecto: "para que sean uno, como nosotros somos uno... de modo que el mundo sepa que tú me has enviado".
La Unidad de los miembros de la Iglesia es un rasgo impresciendible e indispensable, digamos esencial, para la vida de todos. Y la Unidad no se logra con el amontamiento de gente diciendo Amén a lo que dice un Papa o los obispos. Sino que la Unidad que Jesús nos pide que vivamos es al Unidad en el Amor, pero en el verdadero Amor: somos (o debemos serlo) un Reino de Personas que se aman, porque todos (decimos) que somos hijos de Dios, y Dios es Amor, y el mandamiento nuevo que nos dejó Jesús es el mandamiento del Amor.
Una Unidad que tiene que tener su centro en el Señorío del Señor, y no en el señorío de los señores que nos creemos los mejores del mundo y que creemos que somos los únicos que tenemos la verdad, y no lo digo sólo por los curas, sino por todos los que no somos capaces de reconocer nuestra soberbia y egoísmo y nos ponemos por sobre los demás para intentar que prevalezcan nuestras opiniones y voluntades. Porque la Unidad cuando está basada en el Señorío del Señor, busca siempre la Voluntad de Dios y no la voluntad de los hombes: "maldito el hombre que confía en el hombre", dice la Palabra.
Nos hemos dejado llevar por la primera parte de las palabras de Jesús: "yo les he dado la gloria que tú me diste", y, muchos, buscan por derecha y por izquierda lo efímero de la gloria humana y no se preocupan de la Voluntad de Dios, no se ocupan de la Fidelidad a la Palabra para poder vivir en Unidad con Padre y con los hermanos. Los humos de la gloria del mundo enceguecen y oscurecen el Verdadero Camino y muestran así una iglesia que no es comunidad, sino amontanamiento de gente que no sabe a dónde y por qué va, un iglesia que cada vez más va en declive, simplemente por que no va buscando la Voluntad del Padre, sino que se ha dejado conmover por la gloria delmundo, y va perdiendo la Unidad que el Señor nos ha pedido vivir.
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