Del Comentario de san Juan Fisher, obispo y mártir, sobre los salmos
Primero Dios liberó al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto, con grandes
portentos y prodigios; los hizo pasar el mar Rojo a pie enjuto; en el desierto
los alimentó con manjar llovido del cielo, el maná y las codornices; cuando
padecían sed hizo salir de la piedra durísima un perenne manantial de agua; les
concedió la victoria sobre todos los que guerreaban contra ellos; por un tiempo
detuvo de su curso natural las aguas del Jordán; les repartió por suertes la
tierra prometida, según sus tribus y familias. Pero aquellos hombres ingratos,
olvidándose del amor y munificencia con que les había otorgado tales cosas,
abandonaron el culto del Dios verdadero y se entregaron, una y otra vez, al
crimen abominable de la idolatría.
Después, también a nosotros, que, cuando éramos gentiles, nos dejábamos
arrebatar a los pies de los ídolos mudos, como si fuésemos arrastrados
por ellos, Dios nos arrancó del olivo silvestre de la gentilidad, al que
pertenecíamos por naturaleza, nos injertó en el verdadero olivo del pueblo
judío, desgajando para ello algunas de sus ramas naturales, y nos hizo
partícipes de la raíz de su gracia y de la rica sustancia del olivo.
Finalmente, no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte
por todos nosotros, como oblación de suave fragancia, para redimirnos de
toda iniquidad y para reservarse para sí, como posesión propia, un pueblo
purificado.
Todo ello, más que argumentos, son signos evidentes inmenso amor y bondad de Dios
para con nosotros; y, sin embargo, nosotros, sumamente ingratos, más aún, traspasando
todos los límites de la ingratitud, no tenemos en cuenta su amor ni reconocemos la
magnitud de sus beneficios, sino que menospreciamos y tenemos casi en nada al autor y
dador de tan grandes bienes; ni tan siquiera la extraordinaria misericordia de que
usa continuamente con los pecadores nos mueve a ordenar nuestra vida y conducta conforme a
sus mandamientos.
Ciertamente es digno todo ello de que sea escrito las generaciones futuras,
para memoria perpetua, de que todos los que en el futuro han de llamarse
paganos reconozcan la inmensa benignidad de Dios con nosotros y no dejen
nunca de cantar sus alabanzas.
viernes, 17 de junio de 2022
Las maravillas de Dios
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