"Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se puso en pie a la entrada de la cueva.
Y llegó una voz que le dijo: «¿Qué haces, aquí, Elías?»
Vivimos en un mundo lleno de ruidos: ruidos en la calle, ruidos en la casa, música fuerte por todos los lugares, en los coches, en los bares, en las fiestas; los audífonos no se nos caen de las orejas y nos llenan la cabeza de ruidos... Ruidos y más ruidos, por todos lados.
¿Por qué hay tanto ruido en nuestras vidas? ¿Por qué no hay más silencios en nuestras vidas? Porque no queremos o no nos quieren dejar escuchar a Dios que habla en el silencio.
El Príncipe de este mundo, Satanás, no ha encontrado mejor métido para hacernos estar lejos de Dios que intentar (y lo está logrando) destruir el silencio del mundo para que no podamos escuchar la Voluntad de Dios.
Y nos es difícil, muchas veces, incluso, hacer silencio en los templos, porque siempre hay personas que están cuchicheando algo ¿qué? no lo se, pero siempre hay alguien que tiene que hablar para que el silencio no pueda escucharse.
Creo que necesitamos, aunque no lo veamos, parar el ritmo de vida. Detenernos un poco y dejar de lado todo lo que estamos haciendo, y, sobre todo, ir dejando que la calma y el silencio vuelvan a reinar en nuestro día a día para que el Señor pueda hablar, porque, como dice la primera lectura: "no estaba ni el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino sólo en la brisa suave". Y es lo que nuestra vida necesita: una brisa suave que refresque nuestra relación con Dios y con los hermanos, que nos devuelva la paz del alma y nos ayude a ver con claridad qué es lo que Dios quiere de mí, que, seguramente será que salgamos de nuestra cueva del yo y hagamos lo que Él nos pide.
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