De los Sermones de san Agustín, obispo
La Iglesia celebra el nacimiento de Juan como algo sagrado,
y él es el único de los santos cuyo nacimiento se festeja; celebramos el
nacimiento de Juan y el de Cristo.
Ello no deja de tener su significado, y, si nuestras explicaciones no alcanzaran
a estar a la altura de misterio tan elevado, no hemos de perdonar esfuerzo para
profundizarlo y sacar provecho de él.
Juan nace de una anciana estéril; Cristo, de una jovencita
virgen. El futuro padre de Juan no cree el anuncio de su nacimiento y se queda
mudo; la Virgen cree el del nacimiento de Cristo y lo concibe por la fe. Esto
es, en resumen, lo que intentaremos penetrar y analizar; y, si el poco tiempo y
las pocas facultades de que disponemos no nos permiten llegar hasta las
profundidades de este misterio tan grande, mejor os adoctrinará aquel que habla
en vuestro interior, aun en ausencia nuestra, aquel que es el objeto de vuestros
piadosos pensamientos, aquel que habéis recibido en vuestro corazón y del cual
habéis sido hechos templo.
Juan viene a ser como la línea divisoria entre los dos
Testamentos, el antiguo y el nuevo. Así lo atestigua el mismo Señor, cuando
dice: La ley y los profetas llegan hasta Juan. Por tanto, él es como la
personificación de lo antiguo y el anuncio de lo nuevo. Porque personifica lo
antiguo, nace de padres ancianos; porque personifica lo nuevo, es declarado
profeta en el seno de su madre. Aún no ha nacido y, al venir la Virgen María,
salta de gozo en las entrañas de su madre. Con ello queda ya señalada su misión,
aun antes de nacer; queda demostrado de quién es precursor, antes de que él lo
vea. Estas cosas pertenecen al orden de lo divino y sobrepasan la capacidad de
la humana pequeñez. Finalmente, nace, se le impone el nombre, queda expedita la
lengua de su padre. Estos acontecimientos hay que entenderlos con toda la fuerza
de su significado.
Zacarías calla y pierde el habla hasta que nace Juan, el
precursor del Señor, y abre su boca. Este silencio de Zacarías significaba que,
antes de la predicación de Cristo, el sentido de las profecías estaba en cierto
modo latente, oculto, encerrado. Con el advenimiento de aquel a quien se
referían estas profecías, todo se hace claro. El hecho de que en el nacimiento
de Juan se abre la boca de Zacarías tiene el mismo significado que el rasgarse
el velo al morir Cristo en la cruz. Si Juan se hubiera anunciado a sí mismo, la
boca de Zacarías habría continuado muda. Si se desata su lengua es porque ha
nacido aquel que es la voz; en efecto, cuando Juan cumplía ya su misión de
anunciar al Señor, le dijeron: Dinos quién eres. Y él respondió: Yo soy la voz
del que clama en el desierto. Juan era la voz; pero el Señor era la Palabra que
existía ya al comienzo de las cosas. Juan era una voz pasajera, Cristo la
Palabra eterna desde el principio.
jueves, 23 de junio de 2022
La Voz que clama en el desierto
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