De los Sermones de san Bernardo, abad
Leemos en el Evangelio que, predicando en cierta ocasión el Salvador y
habiendo afirmado que daría a comer su carne sacramental para que así sus
discípulos pudieran participar de su pasión, algunos exclamaron: ¡Duras son
estas palabras! Y se alejaron de él. A vista de ello, preguntó el Señor a sus
discípulos si también ellos querían dejarlo; ellos entonces respondieron:
Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna.
Pues bien, hermanos, es manifiesto que en nuestros días las. palabras, de Jesús
son también espíritu y vida para algunos y, por ello, éstos lo siguen; pero, en
cambio, a otros estas mismas, palabras les parecen duras, por lo cual no faltan
quienes van a buscar, en otra parte un consuelo miserable. La sabiduría no deja
de levantar su voz en las plazas, anunciando que el camino que conduce a la
muerte es ancho y espacioso, a fin de que cuantos andan por él vuelvan sobre sus
pasos.
Durante cuarenta años -dice- aquella generación me repugnó, y dije:
«Es un pueblo de corazón extraviado.»
Y en otro salmo añade: Una sola vez habló Dios; es cierto que Dios habló una
sola vez, pues está hablando siempre, ya que su locución es continua y eterna, y
nunca se interrumpe.
Esta voz invita sin cesar a los pecadores, exhortándoles a meditar en su corazón
y reprendiendo los errores de este corazón, pues es la voz de aquel que habita
en el corazón del hombre y habla en su interior, realizando así lo que ya dijo
por boca del profeta: Hablad al corazón de Jerusalén.
Ya véis, hermanos, cuán saludablemente nos amonesta el profeta a fin de que si
hoy escuchamos su voz no endurezcamos el corazón. Las palabras que leemos en el
profeta son casi las mismas que hallamos también en el Evangelio. En efecto, en
el Evangelio dice el Señor: Mis ovejas oyen mi voz, y en el salmo afirma el
profeta: Nosotros, su pueblo (el del Señor, ciertamente), el rebaño que
él guía, ojalá escuchemos hoy su voz y no endurezcamos el corazón.
Escucha, finalmente, al profeta Habacuc; él no disimula la increpación del Señor,
sino que la medita asiduamente y por ello exclama: Me pondré de centinela,
me plantaré en la atalaya, velaré para escuchar lo que me dice, lo que responde
a mis quejas. Procuremos, hermanos, ponernos también nosotros de centinela,
porque la vida presente es tiempo de lucha.
Que nuestra vida tenga su centro en nuestro interior, donde Cristo habita, y que
nuestros actos sean reflexivos y nuestras obras según los dictados de la razón;
pero de tal forma que no confiemos excesivamente en nuestros actos ni nos fiemos
excesivamente de nuestras simples reflexiones.
miércoles, 20 de octubre de 2021
Me pondré de centinela
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