De las Cartas de san Francisco de Asís, dirigidas a todos los fieles
La venida al mundo del Verbo del Padre, tan digno, tan santo
y tan glorioso, fue anunciada por el Padre altísimo, por boca de su santo
arcángel Gabriel, a la santa y gloriosa Virgen María, de cuyo seno recibió una
auténtica naturaleza humana, frágil como la nuestra. Él, siendo rico sobre toda
ponderación, quiso elegir la pobreza, junto con su santísima madre, y, al
acercarse su pasión, celebró la Pascua con sus discípulos. Luego oró al Padre,
diciendo: Padre mío, si es posible, que pase de mi este cáliz.
Sin embargo, sometió su voluntad a la del Padre. Y la
voluntad del Padre fue que su Hijo bendito y glorioso, a quien entregó por
nosotros y que nació por nosotros, se ofreciese a sí mismo como sacrificio y
víctima en el ara de la cruz, con su propia sangre, no por sí mismo, por quien
han sido hechas todas las cosas, sino por nuestros pecados, dejándonos un
ejemplo para que sigamos sus huellas. Y quiere que todos nos salvemos por él y
lo recibamos con puro corazón y cuerpo casto.
¡Qué dichosos y benditos son los que aman al Señor y cumplen
lo que dice el mismo Señor en el Evangelio: Amarás al Señor, tu Dios, con todo
tu corazón y con toda tu alma y a tu prójimo como a ti mismo! Amemos, pues, a
Dios y adoré mas lo con puro corazón y con mente pura, ya que él nos hace saber
cuál es su mayor deseo, cuando dice: Los verdaderos adoradores adorarán al Padre
en espíritu y en verdad. Porque todos los que lo adoran deben adorarlo en
espíritu y en verdad. Y dirijámosle, día y noche, nuestra alabanza y oración,
diciendo: Padre nuestro, que estás en el cielo; porque debemos orar siempre y no
desfallecer jamás.
Procuremos, además, dar frutos de verdadero arrepentimiento.
Y amemos al prójimo como a nosotros mismos. Tengamos caridad y humildad y demos
limosna, ya que ésta lava las almas de la inmundicia del pecado. En efecto, los
hombres pierden todo lo que dejan en este mundo; tan sólo se llevan consigo el
premio de su caridad y las limosnas que practicaron, por las cuales recibirán
del Señor la recompensa y una digna remuneración.
No debemos ser sabios y prudentes según la carne, sino más
bien sencillos, humildes y puros. Nunca debemos desear estar por encima de los
demás, sino, al contrarío, debemos, a ejemplo del Señor, vivir como servidores y
sumisos a toda humana creatura, movidos por el amor de Dios. El Espíritu del
Señor reposará sobre los que así obren y perseveren hasta el fin, y los
convertirá en el lugar de su estancia y su morada, y serán hijos del Padre
celestial, cuyas obras imitan; ellos son los esposos, los hermanos y las madres
de nuestro Señor Jesucristo.
lunes, 4 de octubre de 2021
Debemos ser...
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