De la carta de san Clemente primero, papa, a los Corintios
Consideremos, amadísimos hermanos, cómo Dios no cesa de alentarnos con la
esperanza de una futura resurrección, de la que nos ha dado ya las primicias al
resucitar de entre los muertos al Señor Jesucristo. Estemos atentos, amados
hermanos, al mismo proceso natural de la resurrección que contemplamos todos los
días: el día y la noche ponen ya ante nuestros ojos como una imagen de la
resurrección: la noche se duerme, el día se levanta; el día termina, la noche lo
sigue. Pensemos también en nuestras cosechas: ¿Qué es la semilla y cómo la
obtenemos? Sale el sembrador y arroja en tierra unos granos de simiente, y lo
que cae en tierra, seco y desnudo, se descompone; pero luego, de su misma
descomposición, el Dueño de todo, en su divina providencia, lo resucita, y de un
solo grano saca muchos y cada uno de ellos lleva su fruto.
Tengamos, pues, esta misma esperanza y unamos con ella nuestras almas a aquel
que es fiel en sus promesas y justo en sus juicios. Quien nos prohibió mentir
ciertamente no mentirá, pues nada es imposible para Dios, fuera de la mentira.
Reavivemos, pues, nuestra fe en él y creamos que todo está, de verdad, en sus
manos.
Con una palabra suya creó el universo y con una palabra lo podría también
aniquilar. ¿Quién podría decirle:
«Qué has hecho»? O ¿quién podrá resistir la fuerza de su brazo? Él lo hace todo
cuando quiere y como quiere y nada dejará de cumplirse de cuanto él ha
decretado. Todo está presente ante él y nada se opone a su querer, pues el cielo
proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos: el día
al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo murmura; sin que hablen,
sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón.
Siendo, pues, así que todo está presente ante él y que él todo lo contempla,
tengamos temor de ofenderlo y apartémonos de todo deseo impuro de malas
acciones, a fin de que su misericordia nos defienda en el día del juicio. Porque
¿quién de nosotros podría huir de su poderosa mano? ¿Qué mundo podría acoger a
un desertor de Dios? Dice, en efecto, en cierto lugar, la Escritura: ¿A dónde iré
lejos de tu aliento, a dónde escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo, allí estás tú;
si me acuesto en el abismo, allí te encuentro. ¿En qué lugar, pues, podría
alguien refugiarse para escapar de aquel que lo envuelve todo?
Acerquémonos, por tanto, al Señor con un alma santificada, levantando hacia él
nuestras manos puras e incontaminadas; amemos con todas nuestras fuerzas al que
es nuestro Padre, amante y misericordioso, y que ha hecho de nosotros su pueblo
de elección.
martes, 26 de octubre de 2021
Dios no cesa de alentarnos
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