Del Comentario de san Cirilo de Alejandría, obispo, sobre el profeta Ageo
La venida de nuestro Salvador en el tiempo fue como la edificación de un templo
sobremanera glorioso; este templo, si se compara con el antiguo, es tanto más
excelente y preclaro cuanto el culto evangélico de Cristo aventaja al culto de
la ley o cuanto la realidad sobrepasa a sus figuras. Con referencia a ello, creo
que puede también afirmarse lo siguiente: El templo antiguo era uno solo, estaba
edificado en un solo lugar y sólo un pueblo podía ofrecer en él sus sacrificios.
En cambio, cuando el Unigénito se hizo semejante a nosotros, como el Señor es
Dios: él nos ilumina, según dice la Escritura, la tierra se llenó de templos
santos y de adoradores innumerables, que veneran sin cesar al Señor del universo
con sus sacrificios espirituales y sus oraciones. Esto es, según mi opinión, lo
que anunció Malaquías en nombre de Dios, cuando dijo: Desde el oriente hasta
el poniente es grande mi nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrecerá
incienso a mi nombre y una oblación pura.
En verdad, la gloria del nuevo templo, es decir, de la Iglesia, es mucho mayor
que la del antiguo. Quienes se desviven y trabajan solícitamente en su edificación
obtendrán, como premio del Salvador y don del cielo, al mismo Cristo, que es la
paz de todos, por medio de quien tenemos acceso al Padre en un solo Espíritu;
así lo declara el mismo Señor, cuando dice: En este sitio daré la paz a cuantos
trabajen en la edificación de mi templo. De manera parecida, dice también Cristo
en otro lugar: Mi paz os doy. Y Pablo, por su parte, explica en qué consiste
esta paz que se da a los que aman, cuando dice: La paz de Dios, que está por encima
de todo conocimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.
También oraba en este mismo sentido el sabio profeta Isaías, cuando decía: Señor,
tú nos darás la paz, porque todas nuestras empresas nos las realizas tú.
Enriquecidos con la paz de Cristo, fácilmente conservaremos la vida del alma y
podremos encaminar nuestra voluntad a la consecución de una vida virtuosa.
Por tanto, podemos decir que se promete la paz a todos los que se consagran a la
edificación de este templo, ya sea que su trabajo consista en edificar la
Iglesia en el oficio de catequistas de los sagrados misterios, es decir,
colocados al frente de la casa de Dios como mistagogos, ya sea que se entreguen
a la santificación de sus propias almas, para que resulten piedras vivas y
espirituales en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio
sagrado. Todos estos esfuerzos lograrán, sin duda, su finalidad y quienes actúen
de esta forma alcanzarán sin dificultad la salvación de su alma.
domingo, 17 de octubre de 2021
Es grande mi nombre
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