De la carta de san Agustín, obispo, a Proba
Quizá me preguntes aún por qué razón dijo el Apóstol que no sabemos pedir lo que
nos conviene, siendo así que podemos pensar que tanto el mismo Pablo como
aquellos a quienes él se dirigía conocían la oración dominical.
Porque el Apóstol experimentó seguramente su incapacidad de orar como conviene,
por eso quiso manifestarnos su ignorancia; en efecto, cuando en medio de la
sublimidad de sus revelaciones le fue dado el aguijón de su carne, el ángel de
Satanás que lo abofeteaba, desconociendo la manera conveniente de orar, Pablo
pidió tres veces al Señor que lo librara de esta aflicción. Y oyó la respuesta
de Dios y el porqué no se realizaba ni era conveniente que se realizase lo que
pedía un hombre tan
santo: Te basta mi gracia, que en la debilidad se muestra perfecto mi poder.
Ciertamente, en aquellas tribulaciones que pueden ocasionarnos provecho o daño
no sabemos cómo debemos orar; pues como dichas tribulaciones nos resultan duras
y molestas y van contra nuestra débil naturaleza, todos coincidimos naturalmente
en pedir que se alejen de nosotros. Pero, por el amor que nuestro Dios y Señor
nos tiene, no debemos pensar que si no aparta de nosotros aquellos contratiempos
es porque nos olvida; sino más bien por la paciente tolerancia de estos males
esperemos obtener bienes mayores, y así en la debilidad se muestra perfecto su
poder. Esto, en efecto, fue escrito para que nadie se enorgullezca si, cuando
pide con impaciencia, es escuchado en aquello que no le conviene, y para que
nadie decaiga ni desespere de la misericordia divina si su oración no es
escuchada en aquello que pidió y que, posiblemente, o bien le sería causa de un
mal mayor o bien ocasión de que, engreído por la prosperidad, corriera el riesgo
de perderse. En tales casos, ciertamente, no sabemos pedir lo que nos conviene.
Por tanto, si algo acontece en contra de lo que hemos pedido, tolerémoslo con
paciencia y demos gracias a Dios por todo, sin dudar en lo más mínimo de que lo
más conveniente para nosotros es lo que acaece según la voluntad de Dios y no
según la nuestra. De ello nos dio ejemplo aquel divino mediador, el cual dijo en
su pasión: Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz, pero, con
perfecta abnegación de la voluntad humana que recibió al hacerse hombre, añadió
inmediatamente: Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Por lo cual,
entendemos perfectamente que por la obediencia de uno solo todos quedarán
constituidos justos.
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