Del Tratado de san Ireneo, obispo, Contra las herejías
Dios quería de los israelitas, por su propio bien, no sacrificios y
holocaustos, sino fe, obediencia y justicia. Y así, por boca del profeta Oseas,
les manifestaba su voluntad, diciendo: Yo quiero misericordia y no sacrificios;
conocimiento de Dios, más que holocaustos. Y el mismo Señor en persona les
advertía: Si hubieseis comprendido bien lo que quiere decir: «Yo quiero
misericordia y no sacrificios», no habríais juzgado mal de los que no han
cometido pecado alguno, con lo cual daba testimonio a favor de los profetas, de
que predicaban la verdad, y a ellos les echaba en cara su culpable ignorancia.
Y al enseñar a sus discípulos a ofrecer a Dios las primicias de su creación, no
porque él lo necesite, sino para el propio provecho de ellos, y para que se
mostrasen agradecidos, tomó pan, que es un elemento de la creación, pronunció la
acción de gracias, y dijo: Esto es mi cuerpo. Del mismo modo, afirmó que el
cáliz, que es también parte de esta naturaleza creada a la que pertenecemos, es
su propia sangre, con lo cual nos enseñó cuál es la oblación del nuevo
Testamento; y la Iglesia, habiendo recibido de los apóstoles esta oblación,
ofrece en todo el mundo a Dios, que nos da el alimento, las primicias de sus
dones en el nuevo Testamento, acerca de lo cual Malaquías, uno de los doce
profetas menores, anunció por adelantado: Vosotros no me agradáis -dice el Señor
de los ejércitos-, no me complazco en la ofrenda de vuestras manos. Desde el
oriente hasta el poniente es grande mi nombre entre las naciones, y en todo
lugar se ofrecerá incienso a mi nombre y una oblación pura, porque mi nombre es
grande entre las naciones -dice el Señor de los ejércitos-, con las cuales
palabras manifiesta con toda claridad que cesarán los sacrificios del pueblo
antiguo y que en todo lugar se le ofrecerá un sacrificio, y éste ciertamente
puro, y que su nombre será glorificado entre las naciones.
Este nombre que ha de ser glorificado entre las naciones no es otro que el de
nuestro Señor, por el cual es glorificado el Padre, y también el hombre. Y si el
Padre se refiere a su nombre, es porque en realidad es el mismo nombre de su
propio Hijo, y porque el hombre ha sido hecho por él. Del mismo modo que un rey,
si pinta una imagen de su hijo, con toda propiedad podrá llamar suya aquella
imagen, por la doble razón de que es la imagen de su hijo y de que es él quien
la ha pintado, así también el Padre afirma que el nombre de Jesucristo, que es
glorificado por todo el mundo en la Iglesia, es suyo porque es el de su Hijo y
porque el mismo, que escribe estas cosas, lo ha entregado por la salvación de
los hombres.
Por lo tanto, puesto que el nombre del Hijo es propio del Padre, y la Iglesia
ofrece al Dios todopoderoso por Jesucristo, con razón dice, por este doble
motivo: En todo lugar se ofrecerá incienso a mi nombre y tina oblación parra. Y
Juan, en el Apocalipsis, nos enseña que el incienso es las oraciones de los
santos.
sábado, 7 de agosto de 2021
Quiero misericordia y no sacrificios
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