De la carta llamada de Bernabé
Dios invalidó los sacrificios de la ley antigua, para que la nueva ley de
nuestro Señor Jesucristo, que no está sometida al yugo de la necesidad, tuviera
una oblación no hecha por mano de hombre. Por esto les dice también: Cuando
saqué a vuestros padres de Egipto, no les ordené ni les hablé de holocaustos y
sacrificios; ésta: fue la orden que les di: «Que nadie medite en su corazón
daños contra el prójimo; no améis jurar en falso.»
Debemos, pues, comprender, si somos sensatos, los sentimientos de bondad de
nuestro Padre; él nos habla, enseñándonos cómo debemos acercarnos a él, porque
no quiere que lo busquemos por caminos desviados, como ellos. A nosotros, pues,
nos dice: Sacrificio para el Señor es un espíritu quebrantado; olor de suavidad
para el Señor es el corazón que glorifica al que lo ha plasmado. Por tanto,
hermanos, debemos investigar diligentemente acerca de nuestra salvación, para
que el maligno seductor no se introduzca furtivamente entre nosotros y nos
aparte de la vida verdadera.
Les dice también, acerca de estas cosas: No ayunéis como ahora, haciendo oír en
el cielo vuestras voces. ¿Es ése el ayuno que el Señor desea para el día en que
el hombre se mortifica? A nosotros, en cambio, nos dice: El ayuno que yo quiero
es éste -oráculo del Señor-: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los
cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos;
partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que
ves desnudo.
Evitemos, pues, toda obra vana, odiemos de corazón el camino de la iniquidad. No
os repleguéis sobre vosotros mismos, no viváis para vosotros solos, pensando que
ya estáis justificados, sino reuníos para indagar juntos lo que es provechoso
para todos. Dice, en efecto, la Escritura: ¡Ay de los que se tienen por sabios y
se creen perspicaces! Hagámonos espirituales, hagámonos un templo perfecto para
Dios. En lo que dependa de nosotros, no olvidemos el temor de Dios y
esforcémonos en guardar sus mandamientos, para que su voluntad sea nuestra
delicia.
El Señor sin acepción de personas juzgará al mundo. Cada cual recibirá el pago
de sus obras: si ha obrado bien, su justicia le precederá; si mal, el castigo de
su maldad irá ante él; no nos abandonemos con la confianza de que somos de los
llamados, no sea que nos durmamos en nuestros pecados, y el príncipe de maldad
apoderándose de nosotros, nos aparte del reino del Señor.
Considerad aún esto, hermanos míos: pues vemos que los israelitas, a pesar de
todas las señales y prodigios que Dios obró en su presencia, fueron rechazados,
vigilemos para que en nosotros no se cumpla aquella sentencia evangélica: Muchos
son los llamados, pero pocos los escogidos.
lunes, 2 de agosto de 2021
La Nueva Ley
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