De la carta llamada de Bernabé
El Señor soportó que su cuerpo fuera entregado a la destrucción para que
nosotros fuéramos santificados mediante el perdón de nuestros pecados, por la
aspersión de su sangre. En efecto, hallamos en la Escritura estas palabras
acerca de él, referidas ya a Israel, ya a nosotros: Fue herido por nuestras
rebeldías, triturado por nuestros crímenes; por sus llagas hemos sido curados.
Como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no
abría la boca. Por esto debemos estar sumamente agradecidos al Señor, ya que nos
ha mostrado las cosas pasadas, nos ha instruido acerca de las presentes y no nos
ha dejado en la ignorancia respecto a las futuras.
Dice la Escritura: No se tiende injustamente la red a lo que tiene alas. Con
estas palabras quiere significar que con justicia se condena el hombre que,
habiendo conocido el camino de la justicia, escoge el camino de las tinieblas.
Hay más, hermanos míos: si el Señor soportó el sufrir por nuestras almas, con
todo y ser el alma del universo, a quien dijo Dios en la creación del mundo:
Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, ¿cómo es que soportó el sufrir
por mano de hombres? Voy a explicároslo. Los profetas, con la gracia que de él
habían recibido, profetizaron acerca de él; y él, porque tenía que mostrarse en
nuestra condición humana, para destruir la muerte y manifestar la resurrección
de entre los muertos, sufrió para cumplir las promesas hechas a los padres y
para demostrar, formándose un nuevo pueblo, mientras estaba en la tierra, su
futura condición de juez. Finalmente, él predicó y enseñó al pueblo de Israel e
hizo tan grandes prodigios y señales para demostrarle su gran amor.
Y al renovarnos por el perdón de nuestros pecados, nos dio un nuevo ser, un
alma como de niños, ya que nos creó de nuevo. Dice, en efecto, la Escritura,
citando las palabras con que el Padre habla al Hijo: Hagamos al hombre a
nuestra imagen y semejanza, y que domine a las bestias de la tierra, a las aves
del cielo y a los peces del mar. Y dijo el Señor, al contemplar la hermosura
de nuestra naturaleza: Creced y multiplicaos y llenad la tierra.
Todo esto lo decía el Padre a su Hijo. Pero voy a mostrarte también lo que nos
dice a nosotros. Al llegar la plenitud de los tiempos realizó la segunda
creación. Dice, en efecto, el Señor: Mirad que hago lo último igual que lo
primero. El profeta tenía estas palabras ante sus ojos cuando decía: Entrad en
la tierra que mana leche y miel y enseñoreaos de ella. Por tanto nosotros hemos
sido creados de nuevo, tal como dice otro de los profetas: He aquí, dice el
Señor, que quitaré de ellos, es decir, de aquellos que veía por adelantado
el Espíritu del Señor, el corazón de piedra, y pondré en su interior un
corazón de carne. Por esto él quiso manifestarse en carne y habitar entre nosotros. La
morada de nuestro corazón, hermanos míos, es, en efecto, un templo santo para el
Señor.
Por esto el Señor dice también: Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la
asamblea de los santos te alabaré. Por consiguiente, somos nosotros los que el
Señor ha introducido en la tierra buena.
martes, 3 de agosto de 2021
La nueva creación
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