De los Tratados de Balduino de Cantorbery, obispo
Es fuerte la muerte, que puede privarnos del don de la vida. Es fuerte el
amor, que puede restituirnos a una vida mejor.
Es fuerte la muerte, que tiene poder para desposeernos de los despojos de este
cuerpo. Es fuerte el amor, que tiene poder para arrebatar a la muerte su presa y
devolvérnosla.
Es fuerte la muerte, a la que nadie puede resistir. Es fuerte el amor, capaz de
vencerla, de embotar su aguijón, de reprimir sus embates, de confundir su
victoria. Lo cual tendrá lugar cuando podamos apostrofarla diciendo: ¿Dónde
están, muerte, tus embates?
Es fuerte el amor como la muerte, porque el amor de Cristo da muerte a la misma
muerte. Por esto dice: Oh muerte, yo seré tu muerte; país de los muertos, yo
seré tu aguijón. También el amor con que nosotros amamos a Cristo es fuerte como
la muerte, ya que viene a ser él mismo como una muerte, en cuanto que es el
aniquilamiento de la vida anterior, la abolición de las malas costumbres y el
sepelio de las obras muertas.
Este nuestro amor para con Cristo es como un intercambio de dos cosas
semejantes, aunque su amor hacia nosotros supera al nuestro. Porque él nos amó
primero y, con el ejemplo de amor que nos dio, se ha hecho para nosotros como un
sello mediante el cual nos hacemos conformes a su imagen, abandonando la imagen
del hombre terreno y llevando la imagen del hombre celestial, por el hecho de
amarlo como él nos ha amado. Porque en esto nos ha dado ejemplo, para que
sigamos sus huellas.
Por esto dice: Ponme como un sello sobre tu corazón. Es como si dijera: «Ámame,
como yo te amo. Tenme en tu pensamiento, en tu recuerdo, en tu deseo, en tus
suspiros, en tus gemidos y sollozos. Acuérdate, hombre, qué tal te he hecho,
cuán por encima te he puesto de las demás creaturas, con qué dignidad te he
ennoblecido, cómo te he coronado de gloria y de honor, cómo te he hecho un poco
inferior a los ángeles, cómo he puesto bajo tus pies todas las cosas. Acuérdate
no sólo de cuán grandes cosas he hecho para ti, sino también de cuán duras y
humillantes cosas he sufrido por ti; y dime si no obras perversamente cuando
dejas de amarme. ¿Quién te ama como yo? ¿Quién te ha creado sino yo? ¿Quién te
ha redimido sino yo?»
Quita de mí, Señor, este corazón de piedra, quita de mí este corazón endurecido,
incircunciso. Tú que purificas los corazones y amas los corazones puros, toma
posesión de mi corazón y habita en él, llénalo con tu presencia, tú que eres
superior a lo más grande que hay en mí y que estás más dentro de mí que mi
propia intimidad. Tú que eres el modelo perfecto de la belleza y el sello de la
santidad, sella mi corazón con la impronta de tu imagen; sella mi corazón, con
tu misericordia, tú, Dios por quien se consume mi corazón, mi herencia eterna.
Amén.
jueves, 5 de agosto de 2021
Es fuerte el amor como la muerte
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