Comienza la carta llamada de Bernabé
Os saludo, hijos e hijas, con el deseo de la paz, en el nombre del Señor,
que nos ha amado.
Grandes y abundantes son los dones de justicia con que Dios os ha enriquecido;
por esto, lo que hace, más que nada, que me alegre sobremanera es la dicha y
excelencia de vuestras almas, ya que habéis acogido la gracia del don
espiritual, que ha sido plantada en vosotros. Ello es para mí un motivo de mayor
congratulación, ya que me da la esperanza de mi propia salvación, al contemplar
cómo ha sido derramada en vosotros la abundancia del Espíritu que procede de la
fuente del Señor. De tal modo me impresionó vuestro aspecto, para mí tan
deseado, cuando estaba entre vosotros.
Estando yo íntimamente persuadido y convencido de que, cuando estaba entre
vosotros, os enseñé muchas cosas de palabra, ya que el Señor me acompañó en el
camino de la justicia, me siento también impulsado a amaros más que a mi propia
vida; grande, en efecto, es la fe y la caridad que habita en vosotros, por la
esperanza de alcanzar la vida de Cristo. Todo esto me lleva a considerar que, si
me tomo interés en comunicaros algo de lo que yo mismo he recibido, no me ha de
faltar la recompensa por prestar este servicio a vuestras almas; por esto me he
decidido a escribiros unas pocas palabras para que enriquezcáis vuestra fe con
un conocimiento más pleno.
Tres son las enseñanzas del Señor: la esperanza de la vida, principio y fin de
nuestra fe; la justicia, principio y fin del juicio; la caridad, junto con la
alegría y el gozo, testigo de que nuestras obras son justas. El Señor, en
efecto, nos ha dado a conocer, por medio de los profetas, las cosas pasadas y
las presentes, y nos ha dado también poder gustar por anticipado las primicias
de lo venidero. Y al contemplar cómo todas estas cosas se van realizando a su
tiempo, tal como él ha dicho, ello debe movernos a un temor de Dios cada vez más
perfecto y más profundo. Yo, no en calidad de maestro, sino como uno más entre
vosotros, os iré mostrando algunas cosas que os sirvan de alegría en la
situación presente.
Puesto que los días son malos y aquel que obra es poderoso, debemos investigar
cuidadosamente, en provecho nuestro, los dones con que el Señor nos ha
justificado. Ahora bien, lo que ayuda nuestra fe es el temor y la paciencia, y
nuestra fuerza reside en la tolerancia y la continencia. Si estas virtudes
perseveran santamente en nosotros, en todo lo que atañe al Señor, poseeremos
además la alegría de la sabiduría, de la ciencia y del perfecto conocimiento.
Dios nos ha revelado, en efecto, por boca de todos sus profetas, que él no tiene
necesidad de sacrificios, holocaustos ni oblaciones, pues dice en cierto lugar:
¿Qué me importa el número de vuestros sacrificios? -dice el Señor-. Estoy harto
de holocaustos de carneros, de grasa de cebones; la sangre de toros, corderos y
chivos no me agrada. ¿Por qué entráis a visitarme? ¿Quién pide algo de vuestras
manos cuando pisáis mis atrios? No me traigáis más dones vacíos, más incienso
execrable. Novilunios, sábados, asambleas no los aguanto.
domingo, 1 de agosto de 2021
La espearnza de la vida....
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