De las Homilías de san Gregorio de Nisa, obispo.
La promesa de Dios es ciertamente tan grande que supera toda felicidad imaginable.
¿Quién, en efecto, podrá desear un bien superior, si en la visión de Dios lo tiene
todo? Porque, según el modo de hablar de la Escritura, ver significa lo mismo que
poseer; y así, en aquello que leemos: Que veas la prosperidad de Jerusalén, la
palabra «ver» equivale a tener. Y en aquello otro: Que sea arrojado el impío,
para que no vea la grandeza del Señor, por «no ver» se entiende no tener parte en
esta grandeza.
Por lo tanto, el que ve a Dios alcanza por esta visión todos los bienes posibles:
la vida sin fin, la incorruptibilidad eterna, la felicidad imperecedera, el reino
sin fin, la alegría ininterrumpida, la verdadera luz, el sonido espiritual y dulce,
la gloria inaccesible, el júbilo perpetuo y, en resumen, todo bien.
Tal y tan grande es, en efecto, la felicidad prometida que nosotros esperamos;
pero, como antes hemos demostrado, la condición para ver a Dios es un corazón
puro, y, ante esta consideración, de nuevo mi mente se siente arrebatada y
turbada por una especie de vértigo, por la duda de si esta pureza de corazón es
de aquellas cosas imposibles y que superan y exceden nuestra naturaleza. Pues si
esta pureza de corazón es el medio para ver a Dios, y si Moisés y Pablo no lo
vieron, porque, como afirman, Dios no puede ser visto por ellos ni por cualquier
otro, esta condición que nos propone ahora la Palabra para alcanzar la felicidad
nos parece una cosa irrealizable. ¿De qué nos sirve conocer el modo de ver a
Dios, si nuestras fuerzas no alcanzan a ello? Es lo mismo que si
uno afirmara que en el cielo se vive feliz, porque allí es posible ver lo que no
se puede ver en este mundo. Porque, si se nos mostrase alguna manera de llegar
al cielo, sería útil haber aprendido que la felicidad está en el cielo. Pero, si
nos es imposible subir allí, ¿de qué nos sirve conocer la felicidad del cielo
sino solamente para estar angustiados y tristes, sabiendo de qué bienes estamos
privados y la imposibilidad de alcanzarlos? ¿Es que Dios nos invita a una
felicidad que excede nuestra naturaleza y nos manda algo que, por su magnitud,
supera las fuerzas humanas?
No es así. Porque Dios no creó a los volátiles sin alas, ni mandó vivir bajo el
agua a los animales dotados para la vida en tierra firme. Por tanto, si en todas
las cosas existe una ley acomodada a su naturaleza, y Dios no obliga a nada que
esté por encima de la propia naturaleza, de ello deducimos, por lógica
conveniencia, que no hay que desesperar de alcanzar la felicidad que se nos
propone, y que Juan y Pablo y Moisés, y otros como ellos, no se vieron privados
de esta sublime felicidad, resultante de la visión de Dios; pues, ciertamente,
no se vieron privados de esta felicidad ni aquel que dijo: Ahora me aguarda la
corona merecida, que el Señor, justo juez, me otorgará, ni aquel que se reclinó
sobre el pecho de Jesús, ni aquel que oyó de boca
de Dios: Te he conocido más que a todos. Por tanto, si es indudable que aquellos
que predicaron que la contemplación de Dios está por encima de nuestras fuerzas
son ahora felices, y si la felicidad consiste en la visión de Dios, y si para
ver a Dios es necesaria la pureza de corazón, es evidente que esta pureza de
corazón, que nos hace posible la felicidad, no es algo inalcanzable. Los que
aseguran, pues, tratando de basarse en las palabras de Pablo, que la visión de
Dios está por encima de nuestras posibilidades se engañan y están en
contradicción con las palabras del Señor, el cual nos promete que, por la pureza
de corazón, podemos alcanzar la visión divina.
viernes, 25 de junio de 2021
La esperanza de ver a Dios
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