Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor.
El Señor añade una condición necesaria e ineludible, que es a la vez un mandato
y una promesa, esto es, que pidamos el perdón de nuestras ofensas en la medida
en que nosotros perdonamos a los que nos ofenden, para que sepamos que es
imposible alcanzar el perdón que pedimos de nuestros pecados si nosotros no
actuamos de modo semejante con los que nos han hecho alguna ofensa. Por ello
dice también en otro lugar: Con la medida con que midáis se os medirá a
vosotros. Y aquel siervo del Evangelio, a quien su amo había perdonado toda la
deuda y que no quiso luego perdonarla a su compañero, fue arrojado a la cárcel.
Por no haber querido ser indulgente con su compañero, perdió la indulgencia que
había conseguido de su amo.
Y vuelve Cristo a inculcarnos esto mismo, todavía con más fuerza y energía,
cuando nos manda severamente: Cuando estéis rezando, si tenéis alguna cosa contra alguien, perdonadle primero,
para que vuestro Padre celestial os perdone también vuestros pecados. Pero si
vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre celestial perdonará vuestros
pecados. Ninguna excusa tendrás en el
día del juicio, ya que serás juzgado según tu propia sentencia y serás tratado
conforme a lo que tú hayas hecho.
Dios quiere que seamos pacíficos y concordes y que habitemos unánimes en su
casa, y que perseveremos en nuestra condición de renacidos a una vida nueva, de
tal modo que los que somos hijos de Dios permanezcamos en la paz de Dios y los
que tenemos un solo espíritu tengamos también un solo pensar y sentir. Por esto
Dios tampoco acepta el sacrificio del que no está en concordia con alguien, y le
manda que se retire del altar y vaya primero a reconciliarse con su hermano; una
vez que se haya puesto en paz con él, podrá también reconciliarse con Dios en
sus plegarias. El sacrificio más importante a los ojos de Dios es nuestra paz y
concordia fraterna y un pueblo cuya unión sea un reflejo de la unidad que existe
entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Además, en aquellos primeros sacrificios que ofrecieron Abel y Caín, lo que
miraba Dios no era la ofrenda en sí, sino la intención del oferente, y por eso
le agradó la ofrenda del que se la ofrecía con intención recta. Abel, el
pacífico y justo, con su sacrificio irreprochable, enseñó a los demás que,
cuando se acerquen al altar para hacer su ofrenda, deben hacerlo con temor de
Dios, con rectitud de corazón, con sinceridad, con paz y concordia. En efecto, el
justo Abel, cuyo sacrificio había reunido estas cualidades, se convirtió más tarde
él mismo en sacrificio y así, con su sangre gloriosa, por haber obtenido la justicia
y la paz del Señor, fue el primero en mostrar lo que había de ser el martirio, que
culminaría en la pasión del Señor. Aquellos que lo imitan son los que serán
coronados por el Señor, los que serán reivindicados el día del juicio.
Por lo demás, los discordes, los disidentes, los que no están en paz con sus
hermanos no se librarán del pecado de su discordia, aunque sufran la muerte por
el nombre de Cristo, como atestiguan el Apóstol y otros lugares de la sagrada
Escritura, pues está escrito: Quien aborrece a su hermano es un homicida, y el
homicida no puede alcanzar el reino de los cielos y vivir con Dios. No puede
vivir con Cristo el que prefiere imitar a Judas y no a Cristo.
viernes, 18 de junio de 2021
Que los Hijos permanezcan en paz
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