«Cuidado con los profetas falsos; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces.
Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Así, todo árbol sano da frutos buenos; pero el árbol dañado da frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos. El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego. Es decir, que por sus frutos los conoceréis».
Vivimos en la cultara del parecer y no del ser. Se nos ha insistido y nos hemos convencido que las apariencias son lo que valen y no la esencia de cada uno: la moda, la forma de vestir, los títulos, los bienes, lo que tenemos y, sobre todo, lo que hablamos o cómo nos damos a cononcer, es lo que hace a la persona. Sin embargo, lo que nos identifica es cómo vivimos y los frutos que damos: "por sus frutos los conoceréis".
Podemos dar grandes y elocuentes discursos, pero, muchas veces, a esas palabras se las lleva el viento y en la vida diaria nos mostramos tal cual somos, pues hemos dicho muchas cosas y hemos hecho muy pocas, pues del dicho al hecho....
Nos gusta, como se dice popularmente, "pavonearnos", es decir, hacer como los pavos que levantan sus alas y parecen más grandes de lo que son, y en realidad son muy poca cosa. Así nos pasa a los hombres, varones y mujeres, de este siglo: necesitamos hablar mucho, tener mucho, vestir muy bien, y, si es posible, tener muchos títulos, para poder demostrar quienes somos. Y, en realidad, lo que somos se descubre en nuestra forma de vivir, de hacer las cosas, de relacionarnos con las personas...
Y eso no sólo pasa en el mundo natural, sino que, también, en el sobrenatural, pues muchos no sólo decimos que somos cristianos, sino que somos los mejores cristianos por que hacemos esto y lo otro, pero en el fondo no hemos entendido ni vivido lo esencial del cristianismo: la unidad en el amor, porque eso significa mucho más que sólo hacer algunas cosas religiosas o pertenecer a un grupo determinado de la iglesia.
Creemos, muchas veces, que no necesitamos de la conversión de nuestras vidas, que no somos pecadores como los demás, y, sin embargo, se nos ve y se nos conoce por los frutos que damos, pues no sólo no hacemos lo que debemos, sino que sólo hacemos lo que queremos, y no llegamos a entregar nuestra vida para hacer el bien a los demás, o para construir, como nos lo pide el Señor, una comunidad de hermanos que se amen.
¿Cuáles son los furtos que estoy dando? ¿Cómo son los frutos que estoy dando? ¿Cómo estoy sirviendo a Dios en mis hermanos? Son preguntas necesarias que tengo que hacerme para saber si, realmente, estoy siendo Fiel a la Voluntad de Dios, o sólo estoy viviendo para mí y no para los demás, como me pide el Señor.
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