viernes, 31 de diciembre de 2021

El nacimiento de la Paz

De los Sermones de san León Magno, papa

    Aunque el estado de infancia, que el Hijo de Dios asumió sin considerarlo impropio de su grandeza, se haya transformado ya en estado de varón perfecto y aunque, una vez consumado el triunfo de la pasión y resurrección, haya llegado a su fin todo lo que era propio del estado de anonadamiento, que el Señor aceptó por nosotros, sin embargo, la fiesta de la Natividad renueva para nosotros los comienzos sagrados de la vida de Jesús, nacido de la Virgen María; y, al adorar el nacimiento de nuestro Salvador, se nos invita a celebrar también nuestro propio nacimiento como cristianos.
    La generación de Cristo, en efecto, es el origen del pueblo cristiano, ya que el nacimiento de la cabeza incluye en sí el nacimiento de todo el cuerpo.
    Aunque cada uno de los que llama el Señor a formar parte de su pueblo sea llamado en un tiempo determinado y aunque todos los hijos de la Iglesia hayan sido llamados cada uno en días distintos, con todo, la totalidad de los fieles, nacida en la fuente bautismal, ha nacido con Cristo en su nacimiento, del mismo modo que ha sido crucificada con Cristo en su pasión, ha sido resucitada en su resurrección y ha sido colocada a la derecha del Padre en su ascensión.
    El creyente que en cualquier parte del mundo es regenerado en Cristo se libra de la culpa original y, al renacer, se transforma en un hombre nuevo; en adelante ya no cuenta la generación carnal de sus padres, sino la generación por la que ha renacido del Salvador, que quiso hacerse Hijo del hombre para que nosotros pudiéramos llegar a ser hijos de Dios.
    Pues, si él no hubiera descendido por su humildad hasta nosotros, jamás ninguno de nosotros, por sus propios méritos, hubiera podido llegar hasta él.
    Por eso la misma grandeza del don que nos ha sido otorgado exige de nosotros una veneración proporcionada a la excelsitud de esta dádiva; así nos lo enseña el Apóstol, cuando dice: No hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado; el mejor modo de ofrecer a Dios nuestro homenaje religioso es, sin duda, ofrecerle lo que él mismo nos ha dado.
    Y ¿qué cosa mejor podríamos encontrar entre los dones divinos, para honrar la fiesta de hoy, que aquella paz que anunciaron los ángeles en el nacimiento del Señor?
    En efecto, esta paz es la que engendra hijos de Dios, la que alimenta el amor, la que es madre de la unidad. Ella es descanso para los santos y tabernáculo donde moran los invitados al reino eterno. El fruto propio de esta paz es que se unan a Dios aquellos que el Señor ha segregado del mundo.
    Por tanto, que quienes traen su origen no de la sangre ni del deseo carnal ni de la voluntad del hombre, sino del mismo Dios, ofrezcan al Padre la concordia propia de los hijos que están animados por el deseo de la paz, y que Iodos los miembros de la familia de adopción vivan unidos en aquel que es el primogénito de la nueva creación, que no vino a hacer su propia voluntad, sino la voluntad de aquel que lo envió. Pues los que han sido adoptados por la gracia del Padre, para ser sus herederos, no son los que viven en medio de discordias y contiendas, sino los que tienen un único pensar y un mismo querer. Los que han sido llamados a reproducir la única imagen del Padre deben tener una sola alma.
    Por ello el nacimiento del Señor es el nacimiento de la paz; como lo dice el Apóstol: Él es nuestra paz; él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, porque, tanto los judíos como los gentiles, por medio de él tenemos acceso al Padre en un solo Espíritu.

jueves, 30 de diciembre de 2021

Es para nosotros

¿Para quién se escriben los evangelios y las cartas apostólicas? Es una pregunta que nos tenemos que hacer para saber a quién van dirigidas y qué es lo que nos toca a nosotros.
Tanto unos como otras han sido escritas para las primeras comunidades cristianas que tenían, por un lado, que conservar lo que habían visto (los apóstoles) y escuchado de Jesús, para que conociendo Su Vida y Su Palabra sepan a qué y a quién seguir; y, por otro lado, para acompañar a las primeras comunidades desde la lejanía, pues los apóstoles, después de fundar comundiades seguían a otro lado pero no se olvidaban de lo que habían dejado fundado y tenían el deber de seguir educando y ayudando a madurar en el Camino de la Fe.
A partir de ahí es que, a lo largo de los siglos, las comunidades cristianas nos hemos seguido alimentando de esas mismas palabras y mensajes, pues debemos seguir madurando nuestra fe y ayudándonos a crecer en el mensaje de Jesús y no en el mensaje del mundo, pues los hombres de aquellos días no son diferentes a los que vivimos en el siglo XXI, y, tanto ellos como nosotros, hemos optado por recorrer un Camino, y ese Camino es Jesús.
Por eso la carta de san Juan que está hoy en la liturgia es muy actual y nos ayudará a mirarnos y ver cómo estamos viviendo en este Camino al que nos ha llamado el Señor y que aceptamos recorrer.
"No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo - la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la arrogancia del dinero -, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa, y su concupiscencia".
Cuántas modas y cuántos falsos profetas han pasado por el mundo, sin embargo la Palabra de Dios se conserva viva y eficaz para el que cree. Sí, para el que cree en que Es Palabra de Dios, pues si no tenemos fe o si no creemos en Dios, no tiene sentido ni siquiera criticarla. Pero cuando decimos que es Palabra de Dios, entonces tiene un nuevo sentido para nuestra vida y nos, lo mejor de todo, es que Ella misma nos da la Gracia para poder vivirla, si estamos dispuestos.
"Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre".
"Hágase tu Voluntad en la tierra como en el cielo", y eso es lo que intentamos cada día de nuestras vidas, aunque no nos salga a la perfección, pero seguimos intentando porque Dios nos sigue amando y nos sigue fortaleciendo con su Espíritu a todos los que confiamos en que éste es el Verdadero Camino para alcanzar al Vida.

 

miércoles, 29 de diciembre de 2021

Vivir, no cumplir

Habría que volver a transcribir la carta de San Juan, pero me quedo con unos cuántos renglones:
"Quien dice que permanece en él debe caminar como él caminó".
Esto es lo que quiere decir ser cristiano: caminar como Cristo camino, seguir sus huellas, dar sus pasos, vivir como Él vivió.Por eso tenemos que "empaparnos" de la vida de Jesús, y eso lo hacemos con el Evangelio. La Palabra que Dios ha querido dejarnos en el Evangelio, es lo que nos enseña a vivir como Jesús vivió, y lo primero que Él nos dejó es saber que Él vino para hacer la Voluntad de Dios.
"Queridos míos, no os escribo un mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo que tenéis desde el principio. Este mandamiento antiguo es la palabra que habéis escuchado".
Aquí está la originalidad del cristianismo: no hay que hacer nada nuevo, sino vivir lo que está escrito, vivir lo que Jesús vivió que fueron los mandamientos en plenitud: "no he venido a abolir la Ley y los Profetas, sino a darles plenitud". Pero, muchas veces, creemos que ser originales y hacer las cosas según el espíritu del mundo, y así nos olvidamos de lo esencial que tenemos que vivir. Pensamos más en ser los mejores, los que más se lucen, los que mejor hacen las cosas, pensamos más en ser estrellas, que en vivir lo que Jesús vivió: los mandamientos de Dios, su Padre.
"Y, sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo - y esto es verdadero en él y en vosotros -, pues las tinieblas pasan, y la luz verdadera brilla ya".
Y sí, los mandamientos siempre fueron y serán los mismos, no han cambiado, sino que Jesús les ha dado un brillo y una vuelta más de tuerca, pues ya no se trata sólo de cumplir y mentir, sino de vivir los mandamientos desde el Espíritu del Padre, y desde el Amor a Dios y a los hermanos, pues nada hay más importante en los mandamientos que el Amor y la Verdad, para alcanzar la Vida.
"Quien dice: «Yo le conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él. Pero quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud.
En esto conocemos que estamos en él".

 

martes, 28 de diciembre de 2021

No matarás

"Entonces se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías:
«Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos, y rehúsa el consuelo, porque ya no viven».
Hoy es un dia para rezar por la Vida, pero no sólo la vida de los que van a nacer, sino también por la vida de los que ya estamos viviendo, y no sólo por la vida física, sino por la vida espiritual de todos los que creemos en Dios, pues Dios, es un Dios de vivos y no de muertos, porque Él es la Vida.
Cuando nos olvidamos de que la vida no es nuestra sino que nos ha sido dada, entonces nos hacemos dueños y señores de la vida, y no sólo de la nuestra sino de toda vida. Al creernos dioses y dueños de la vida creemos que todo depende de nosotros y que nuestras decisiones y derechos son lo primero que debemos esgrimir para defender lo que nos hacemos y lo que hacemos a los demás.
Sí, lo que hacemos a los demás. Por que hay muchas maneras y formas de matar la vida de los demás. No sólo pensemos en los asesinatos y abortos, sino en las palabras que salen de nuestros labios cuando hablamos de los demás, cuando "matamos" con nuestros gestos y palabras a los demás.
"Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la gehenna del fuego. Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo".
¿Nos damos cuenta que, muchas veces, no somos conscientes de que lo que estamos viviendo está en contra de las palabras de Jesús, está en contra de lo que Jesús nos pide vivir en el Evangelio?
Sí, es cierto que, otras tantas veces, nos han hecho daño, que también hemos sufrido por la actitud de los demás, pero ¿eso nos da derecho a actuar de la misma manera? ¿Actuando de la misma manera que los demás somos mejores que ellos? ¿Guardando rencor, "matando con la indiferencia", hablando en contra de otros nos hace mejores cristianos, nos hace mejores personas o nos hace igual que ellos?
No es fácil defender la vida en un mundo donde los derechos de algunos prevalecen en contra de los derechos de otros, pero tenemos que defender no sólo nuestros derechos, sino también defender y cumplir nuestras obligaciones. Y como crisitanos tenemos la obligación de ser Fieles a la Vida que el Señor nos regaló con su muerte y resurrección, y que nos ha mandado vivirla desde el amor.

 

lunes, 27 de diciembre de 2021

En la Encarnación se ha manfiestado la Vida

De los Tratados de san Agustín, obispo, sobre la primera carta de san Juan

    Lo que existía desde un principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos Y lo que tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida. ¿Quién podría tocar con sus manos a la Palabra, si no fuese porque la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros? Esta Palabra, que se hizo carne para que pudiera ser tocada, comenzó a ser carne en el seno de la Virgen María; pero no fue entonces cuando empezó a ser Palabra, ya que, como nos dice Juan, existía desde un principio. Ved cómo concuerda su carta con las palabras de su evangelio, que acabáis de escuchar: Ya al comienzo de las cosas existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios.
    Quizá alguien piense que hay que entender la expresión «la palabra de vida» como un modo de hablar que se refiere a Cristo, pero no al cuerpo de Cristo que podía ser tocado por nuestras manos. Atended a las palabras que siguen: Porque la vida se ha manifestado. Por tanto, Cristo es la Palabra de vida.
    ¿Y de dónde se ha manifestado esta vida? Existía desde un principio, pero no se había manifestado a los hombres; en cambio, sí se había manifestado a los ángeles, que la veían y se alimentaban de ella como de su propio pan. Pero, ¿qué dice la Escritura? El hombre comió pan de ángeles.
    Así, pues, en la encarnación se ha manifestado la misma Vida en persona, y se ha manifestado para que, al hacerse visible, ella, que sólo podía ser contemplada con los ojos del corazón, sanara los corazones. Porque la Palabra sólo puede ser contemplada con los ojos del corazón; en cambio, la carne puede ser contemplada también con los ojos corporales. Éramos capaces de ver la carne, pero no a la Palabra; por esto la Palabra se hizo carne, que puede ser vista por nosotros, para sanar en nosotros lo que nos hace capaces de ver a la Palabra.
    Y nosotros --continúa- testificamos y os anunciamos esta vida eterna, la que estaba con el Padre y se nos ha manifestado, esto es, se ha manifestado entre nosotros y, para decirlo con más claridad, se ha manifestado en nuestro interior.
    Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos. Atended, queridos hermanos: Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos. Ellos vieron al mismo Señor presente en la carne y oyeron las palabras que salían de su boca, y nos lo han anunciado. Nosotros, por tanto, hemos oído, pero no hemos visto.
    ¿Somos por eso menos dichosos que ellos, que vieron y oyeron? Pero entonces, ¿por qué añade: A fin de que viváis en comunión con nosotros? Ellos vieron, nosotros no, y sin embargo vivimos en comunión con ellos, porque tenemos una fe común.
    Y esta nuestra comunión de vida es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos estas cosas --continúa- para que sea colmado vuestro gozo. Gozo colmado, dice, en una misma comunión de vida, en una misma caridad, en una misma unidad.

domingo, 26 de diciembre de 2021

Sagrada Familia

“¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?».
Pero ellos no comprendieron lo que les dijo. Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos. Su madre conservaba todas estas cosas en su corazón”.
Todavía seguimos celebrando el Tiempo de Navidad, un tiempo lleno de ilusiones y de esperanza que nos lleva, no sólo a mirar el Belén donde nace el Niño, sino a mirar hacia adentro y descubrirnos niños con el Niño. Sí, a descubrirnos niños porque eso es lo que ha querido el Señor que intentemos vivir: una infancia espiritual que nos sitúe en el lugar preciso de nuestra vida: ser hijos de un Dios que ha querido no sólo llamarnos hijos, sino que nos ha hecho hijos en el Hijo.
Por eso es tan importante que en el tiempo de navidad volvamos, a cada momento, la mirada a ese Niño que siendo Dios no dudó en habitar entre nosotros, para que nosotros volvamos a Dios.
Y ¿cómo nos enseña a ser hijos y niños? Dentro de una Familia, una familia que tuvo como centro la Voluntad de Dios, que tuvo como centro el hacer lo que Dios quería, por eso se nos muestra como modelo para nuestra vida cotidiana, para nuestra vida no sólo familiar, sino también comunitaria, parroquial.
Es la Voluntad de Dios lo que unió a María y a José para poder ayudar a crecer al Hijo de Dios, y, sobre todo, para darle todo lo necesario para saber escuchar y vivir en Dios. Así, aunque, como lo leemos en el evangelio, muchas cosas no entendieran las guardaban en el corazón para meditarlas junto al Señor.
Sabían, María y José, que siempre y en todo momento, aún en la oscuridad de la noche, tendrían la Luz de la Fe para seguir caminando en la Voluntad de Dios, que, aunque pareciera imposible, siempre se haría posible si Él lo pedía. Así pudieron, en todo momento, mantenerse unidos y acompañar al Unigénito de Dios a crecer “en sabiduría, en estatura, y en gracia ante Dios y ante los hombres”, y así nos enseñan a nosotros a crecer del mismo modo.


 

sábado, 25 de diciembre de 2021

Reconoce tu dignidad

De los Sermones de san León Magno, papa

    Nuestro Salvador, amadísimos hermanos, ha nacido hoy; alegrémonos. No puede haber, en efecto, lugar para la tristeza, cuando nace aquella vida que viene a destruir el temor de la muerte y a darnos la esperanza de una eternidad dichosa.
    Que nadie se considere excluido de esta alegría, pues el motivo de este gozo es común para todos; nuestro Señor, en efecto, vencedor del pecado y de la muerte, así como no encontró a nadie libre de culpa, así ha venido para salvamos a todos. Alégrese, pues, el justo, porque se acerca a la recompensa; regocíjese el pecador, porque se le brinda el perdón; anímese el pagano, porque es llamado a la vida.
    Al llegar el momento dispuesto de antemano por los impenetrables designios divinos, el Hijo de Dios quiso asumir la naturaleza humana para reconciliada con su Creador; así el diablo, autor de la muerte, sería vencido mediante aquella misma naturaleza sobre la cual él mismo había reportado su victoria.
    Por eso, al nacer el Señor, los ángeles cantan llenos de gozo: Gloria a Dios en el cielo, y proclaman: y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Ellos ven, en efecto, que la Jerusalén celestial se va edificando por medio de todas las naciones del orbe. ¿Cómo, pues, no habría de alegrarse la pequeñez humana ante esta obra inenarrable de la misericordia divina, cuando incluso los coros sublimes de los ángeles encontraban en ella un gozo tan intenso?
    Demos, por tanto, amadísimos hermanos, gracias a Dios Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo, pues, por la inmensa misericordia con que nos amó, ha tenido piedad de nosotros y, cuando estábamos muertos por nuestros pecados, nos vivificó con Cristo, para que fuésemos en él una nueva creatura, una nueva obra de sus manos. Despojémonos, por tanto, del hombre viejo y de sus acciones y, habiendo sido admitidos a participar del nacimiento de Cristo, renunciemos a las obras de In carne. Reconoce, oh cristiano, tu dignidad y, ya que ahora participas de la misma naturaleza divina, no vuelvas a tu antigua vileza con una vida depravada. Recuerda de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. Ten presente que has sido arrancado del dominio de las tinieblas y transportado al reino y a la claridad de Dios.
    Por el sacramento del bautismo te has convertido en templo del Espíritu Santo; no ahuyentes, pues, con acciones pecaminosas un huésped tan excelso, ni te entregues otra vez como esclavo del demonio, pues el precio con que has sido comprado es la sangre de Cristo.

viernes, 24 de diciembre de 2021

La verdad brota de la tierra...

De los Sermones de san Agustín, obispo

    Despierta, hombre: por ti Dios se hizo hombre. Despierta, tú que duermes, surge de entre los muertos; y Cristo con su luz te alumbrará. Te lo repito: por ti Dios se hizo hombre.
    Estarías muerto para siempre, si él no hubiera nacido en el tiempo. Nunca hubieras sido librado de la carne del pecado, si él no hubiera asumido una carne semejante a la del pecado. Estarías condenado a una miseria eterna, si no hubieras recibido tan gran misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si él no se hubiera sometido voluntariamente a tu muerte. Hubieras perecido, si él no te hubiera auxiliado. Estarías perdido sin remedio, si él no hubiera venido a salvarte.
    Celebremos, pues, con alegría la venida de nuestra salvación y redención. Celebremos este día de fiesta, en el cual el grande y eterno Día, engendrado por el que también es grande y eterno Día, vino al día tan breve de esta nuestra vida temporal.
    Él se ha hecho para nosotros justicia, santificación y redención. y así -como dice la Escritura- «el que se gloria que se gloríe en el Señor.»
    La verdad brota, realmente, de la tierra, pues Cristo, que dijo: Yo soy la verdad, nació de la Virgen. Y la justicia mira desde el cielo, pues nadie es justificado por si mismo, sino por su fe en aquel que por nosotros ha nacido. La verdad brota de la tierra, porque la Palabra se hizo carne. Y la justicia mira desde el cielo, porque toda dádiva preciosa y todo don perfecto provienen de arriba. La verdad brota de la tierra, es decir, la carne de Cristo es engendrada en María. Y la justicia mira desde el cielo, porque nadie puede apropiarse nada, si no le es dado del cielo.
    Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, porque la justicia y la paz se besan. Por medio de nuestro Señor Jesucristo, porque la verdad brota de la tierra. Por él hemos obtenido el acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de Dios. Fíjate que no dice «nuestra gloria», sino la gloria de Dios, porque la justicia no procede de nosotros, sino que mira desde el cielo. Por ello el que se gloria que se gloríe no en sí mismo, sino en el Señor.
    Por eso también, cuando el Señor nació de la Virgen, los ángeles entonaron este himno: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.
    ¿Cómo vino la paz a la tierra? Sin duda porque la verdad brota de la tierra, es decir, Cristo nace de María. Él es nuestra paz, él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, para que todos seamos hombres de buena voluntad unidos unos a los otros con el suave vínculo de la unidad. Alegrémonos, pues, por este don, para que nuestra gloria sea el testimonio que nos da nuestra conciencia; y así nos gloriaremos en el Señor, y no en nosotros. Por eso dice el salmista: Tú eres mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza.
    ¿Qué mayor gracia pudo hacernos Dios? Teniendo un Hijo único lo hizo Hijo del hombre, para que el hijo del hombre se hiciera hijo de Dios.
    Busca dónde está tu mérito, busca de dónde procede, busca cuál es tu justicia: y verás que no puedes encontrar otra cosa que no sea pura gracia de Dios.

jueves, 23 de diciembre de 2021

Siempre se hizo así...

"A los ocho días vinieron a circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre intervino diciendo:
«¡No! Se va a llamar Juan».
Y le dijeron:
«Ninguno de tus parientes se llama así»
Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre».
Este párrafo del evangelio me hizo recordar a aquella gente que se quiere meter en todo y no le permite a otros seguir el camino de la Voluntad de Dios. Confiados o seguros en lo que "siempre se hacía", intentan doblegar a los demás para que hagan lo que ellos opinan que hay que hacer, pero no se dejan iluminar por el Espíritu, que es Quien sabe lo que Dios quiere.
No somos o no son pocos los que intentan "meterse donde no los llaman" para iluminar, según ellos, lo que los demás tienen que hacer. Pero ¿estamos seguros que lo que yo digo es lo que el otro tiene que hacer? ¿Me he preguntado si lo que yo opino es lo que Dios quiere para la otra persona? O ¿no será que quiero que los demás hagan lo que yo quiero para seguir teniendo "poder" sobre los demás?
No nos olvidemos que el pecado original habita en nosotros y, muchas veces, es el pecado quien dicta nuestras normas y no el Espíritu Santo. Sino miremos lo que pasa en este párrafo del Evangelio: los parientes y amigos querían que el nombre del chiquillo sea Zacarías como su padre, porque eso era lo que siempre se hacía. Pero Zacarías tenía el mensaje del Ángel de cómo se tenía que llamar el niño. Quizás si le hubiesen hecho caso a la gente que opinaba, por el tema esa de no querer quedar mal, a Zacarías no le hibiese vuelto el hablar. Sin embargo por ser obediente al mensaje de Dios Zacarías comenzó a halbar.
No siempre lo que se hizo siempre es lo que Dios quiere que se siga haciendo. Seguramente lo que se hizo siempre es más fácil, lo sabemos hacer, y nos da más seguridad. Pero ¿si Dios quiere otra cosa? ¿Si Dios quiere que hagamos tal o cual cosa? ¿A quién hay que hacerle caso?
Dice la Escritura: "maldito el hombre que pone su confianza en el hombre", o, como le dijo Pedro a los Sumos Sacerdotes: "hay que obedecer a Dios antes que a los hombres".
Por eso, cuando se nos venga a la cabeza "siempre se hizo así", enseguida tengo que cerrar los ojos y pensar: ¿y Dios cómo quiere que se hoy se haga?" Él que vino a hacer nuevas todas las cosas nos pide que también hagamos nuevo nuestro corazón, que dejemos que sea el Espíritu Santo quien ilumine nuestro día a día y nos ayude a transformar el mundo con su Luz y su Vida.

 

miércoles, 22 de diciembre de 2021

Magnificat

Del Comentario de san Beda el Venerable, presbítero, sobre el evangelio de san Lucas

    María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador.»
    «El Señor -dice- me ha engrandecido con un don tan magnífico e inaudito que no se puede explicar con palabras humanas, y el mismo corazón con todo su amor apenas puede llegar a comprenderlo. Por lo tanto, me entrego con todas mis fuerzas a la alabanza y a la acción de gracias, contemplando la gran deza de aquel que es eterno, y gustosamente le consagro mi vida, sentimientos y pensamientos, porque mi espíritu se alegra en la divinidad eterna de Jesús, es decir, del Salvador, que se ha revestido de mi carne y reposa en mi seno.»
    Porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo.
    Estas palabras se relacionan con el comienzo del cántico, donde se dice: Proclama mi alma la grandeza del Señor. Sin duda que sólo aquel en quien el Poderoso hace obras grandes sabrá proclamar dignamente la grandeza del Señor y podrá exhortar a los que, como él, se sienten enriquecidos por Dios, diciendo: Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre.
    Pues el que no proclama la grandeza del Señor, sabiendo que es infinita, y no bendice su nombre será el último en el reino de los cielos. Se dice que su nombre es santo porque, por su inmenso poder, trasciende toda creatura y está infinitamente por encima de todas las cosas creadas.
    Auxilia a Israel su siervo, acordándose de su misericordia. Con toda propiedad el cántico llama siervo o niño del Señor a Israel, pues, para salvarlo, Dios lo acogió como se acoge a un niño obediente y humilde, según aquello que dice Oseas: Cuando Israel era un niño yo lo amé.
    Porque quien no quiere humillarse no puede tampoco ser salvado ni decir con el profeta: Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida, pues, el que se haga pequeño tal como este niño será el más grande en el reino de los cielos.
    Como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y su descendencia por siempre.
    Al hablar aquí de la descendencia de Abraham no se refiere a la descendencia según la carne, sino según el espíritu, es decir, no sólo habla de aquellos que han sido engendrados según la carne, sino también de todos aquellos que han seguido los pasos de Abraham por medio de la circuncisión de la fe. Porque Abraham creyó cuando estaba en la circuncisión y, ya entonces, su fe le fue tenida en cuenta para la justificación.
    Por lo tanto la venida del Salvador fue prometida a Abraham y a su descendencia por siempre, es decir, a los hijos de la promesa, de quienes se dice: Si sois de Cristo sois por lo mismo descendencia de Abraham, herederos según la promesa.
    Con razón la madre del Señor y la madre de Juan se adelantaron con sus respectivas profecías al nacimiento de sus hijos; con ello, de la misma forma que el pecado comenzó por la mujer, también por la mujer se inicia la salvación, y la vida, que fue perdida por el engaño que sedujo a una sola mujer, es ahora devuelta al mundo por la profecía de dos mujeres que compiten en su empeño por anunciar la salvación.

martes, 21 de diciembre de 2021

Disponibilidad mariana

"En aquellos días, María se levantó y se puso en camino deprisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel".
Disponibilidad mariana: María no necesitó que nadie le dijera lo que tenía que hacer, escuchó la voz del Ángel que le decía que su prima, que ya era vieja y estéril, estaba embarazada, y, por eso, sin que nadie se lo pidiera salió de prisa hacia la casa de Isabel. Cuando no se está pendiente del propio ombligo, se puede sentir la necesidad del hermano y acudir hacia él sin que me lo pida, simplemente porque estoy disponible para ayudar, para estar.
La disponibilidad mariana nos hace ver lo centrados que estamos en nosotros mismos porque no somos capaces de ver, muchas veces, que el otro necesita de mi. No es necesario que me llame, que me mande un mensajero. Si estoy libre de mí voy a poder comprender y acudir a su encuentro. Pero, cuando sólo pienso en mí y recuerdo que a mí no me ayudaron, que a mí no me llamaron, que a mí... que a mí... entonces, mi corazón está tan cerrado en mí mismo que seré incapaz de vivir esta disponibilidad.
"Pero yo siempre estoy dispuesto ¿por qué no me llamaste?" Cuando se ama no hace falta que te llamen. Pero no nos estamos abiertos a los otros, no existe en nosotros una empatía capaz de mirar hacia adelante y al hermano y descubrir que necesita de mí. Y siempre habrá una nueva excusa para tapar mi falta de disponibildad para echar una mano.
Y esto es lo que pasa, cuando vamos hacia el otro:
"Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo..."
No hace falta que sepa lo que tengo que hacer o lo que le voy a decir, si voy con el corazón abierto y dispuesto, solo la presencia ayuda pues el Espíritu Santo hablará y dirá lo que necesita el otro escuchar. Por eso no hay excusas para salir al encuentro de mi hermano. Y, aunque no lo sintamos o creamos, será nuestra presencia la que ayudará al que necesita, y será el Espíritu quien llene su corazón de lo necesario para él.
Sí, la disponibilidad mariana es una virtud que tenemos que seguir rescatando, y más en estos tiempos donde sólo somos solidarios con las grandes causas, pero con los que tengo cerca y necesitan de mí, a esos sí que no los veo, pues no salen en las noticias ni me envían mensajes.

 

lunes, 20 de diciembre de 2021

Esperan tu Sí

De las Homilías de san Bernardo, abad, Sobre las excelencias de la Virgen Madre
 
    Has oído, Virgen, que concebirás y darás a luz un hijo. Has oído que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el ángel aguarda tu respuesta: ya es tiempo de que vuelva al Señor que lo envió. También nosotros, condenados a muerte por una sentencia divina, esperamos, Señora, tu palabra de misericordia.
    En tus manos está el precio de nuestra salvación; si consientes, de inmediato seremos liberados. Todos fuimos creados por la Palabra eterna de Dios, pero ahora nos vemos condenados a muerte; si tú das una breve respuesta, seremos renovados y llamados nuevamente a la vida.
    Virgen llena de bondad, te lo pide el desconsolado Adán, arrojado del paraíso con toda su descendencia. Te lo pide Abraham, te lo pide David. También te lo piden ardientemente los otros patriarcas, tus antepasados que habitan en la región de la sombra de muerte. Lo espera todo el mundo, postrado a tus pies.
    Y no sin razón, ya que de tu respuesta depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados, la salvación de todos los hijos de Adán, de toda tu raza.
    Apresúrate a dar tu consentimiento, Virgen, responde sin demora al ángel, mejor dicho, al Señor, que te ha hablado por medio del ángel. Di una palabra y recibe al que es la Palabra, pronuncia tu palabra humana y concibe al que es la Palabra divina, profiere Una palabra transitoria y recibe en tu seno al que es la Palabra eterna.
    ¿Por qué tardas?, ¿por qué dudas? Cree, acepta y recibe. Que la humildad se revista de valor, la timidez de confianza. De ningún modo conviene que tu sencillez virginal olvide ahora la prudencia. Virgen prudente, no temas en este caso la presunción, porque, si bien es amable el pudor en el silencio, ahora es más necesario que en tus palabras resplandezca la misericordia.
    Abre, Virgen santa, tu corazón a la fe, tus labios al consentimiento, tu seno al Creador. Mira que el deseado de todas las naciones está junto a tu puerta y llama. Si te demoras, pasará de largo y entonces, con dolor, volverás a buscar al que ama tu alma. Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por el amor, abre por el consentimiento. Aquí está -dice la Virgen- la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

domingo, 19 de diciembre de 2021

Quién soy yo?

“Se llenó Isabel del Espíritu Santo y levantando la voz, exclamo:
¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”
Siempre me impactó esta frase que san Lucas nos recuerda de Santa Isabel a María, no sólo por lo que dice sino porque lo dice llena del Espíritu Santo. Es decir, no son sólo palabras de una mujer, sino que son inspiradas por Dios para que queden grabadas para nuestras vidas, para nuestro crecer interior y espiritual. Así, cada vez que las repetimos, sobre todo las que forman parte del Ave María, nos deben recordar que son palabras que salieron de los labios de Isabel, pero que, en realidad se las inspiró el Espíritu que la había colmado con sus dones cuando escuchó la voz de María.
Y así debe ser nuestra oración: dejar que el Espíritu Santo hable en nosotros, para nosotros y para que nuestras palabras iluminen la vida de quienes las escuchan.
Además, con esa misma fuerza Isabel exclamó: ¿quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Y lo mismo podríamos repetir nosotros cuando estamos junto a María, no sólo frente a una imagen de la Virgen, sino cuando rezamos cada Ave María. Ahí, justo en ese momento, cuando el Espíritu nos ayuda a rezar a La Madre, Ella está junto a nosotros escuchando nuestra voz, escuchando nuestros ruegos y agradecimientos, dialogando con nuestro corazón como lo hizo con Isabel.
No, no son sueños irreales. Nuestra fe nos ayuda a ver y a sentir la presencia de María cuando rezamos con Ella, pues la oración es un diálogo con una persona, divina o humana en presencia de Dios. Y así, María, la Hija del Padre, la Esposa del Espíritu y la Madre del Hijo, siempre está presente cuando oramos, cuando nos ponemos frente a una imagen o cuando imploramos su protección y ayuda para nuestra vida, pues una Madre no se olvida nunca de sus hijos, y lo que más quiere y lo que más precisa de nosotros es que vivamos como vivió Su Hijo, por eso siempre nos repetirá: ¡Haced lo que Él os pida! para que así alcancemos lo que verdaderamente necesitamos.


 

sábado, 18 de diciembre de 2021

Dios nos reveló su Amor

De la Carta a Diogneto

    Nadie jamás ha visto ni ha conocido a Dios, pero él ha querido manifestarse a sí mismo. Se manifestó a través de la fe, que es la única a la que se le concede ver a Dios. Porque Dios, Señor y Creador de todas las cosas, que todo lo hizo y todo lo dispuso con orden, no sólo amó a los hombres, sino que también fue paciente con ellos. Siempre lo fue, lo es y lo será: bueno, benigno, exento de toda ira, veraz; más aún: él es el único bueno. Después de haber concebido un designio grande e inefable se lo comunicó a su único Hijo.
    Mientras mantenía oculto su sabio designio y lo reservaba para sí, parecía abandonamos y olvidarse de nosotros. Pero, cuando lo reveló por medio de su amado Hijo y manifestó lo que había establecido desde el principio, nos dio juntamente todas las cosas: participar de sus beneficios y ver y comprender sus designios. ¿ Quién de nosotros hubiera esperado jamás tanta generosidad?
    Dios, que todo lo había dispuesto junto con su Hijo, permitió que hasta el tiempo anterior a la venida del Salvador viviéramos desviados del camino recto, atraídos por los deleites y concupiscencias, y nos dejáramos arrastrar por nuestros impulsos desordenados. No porque se complaciera en nuestros pecados, sino que los toleraba. Ni es tampoco que Dios aprobara aquel tiempo de iniquidad, sino que estaba preparando el tiempo actual de justicia, a fin de que, convictos en aquel tiempo de que por nuestras propias obras éramos indignos de la vida, fuéramos hechos dignos de ella por la bondad de Dios, reconociendo así que por nosotros mismos no podíamos entrar en el reino de los cielos, pero que esto se nos concedía como un don de Dios.
    Pues cuando nuestra maldad había colmado la medida y se hizo plenamente manifiesto que por ella merecíamos el castigo y la muerte, llegó en cambio el tiempo establecido por Dios para manifestar su bondad y su poder -¡oh inmenso amor de Dios a los hombres!- y no nos odió ni nos rechazó ni se vengó de nuestras ofensas, sino que nos soportó con magnanimidad y paciencia, apiadándose de nosotros y cargando él mismo con nuestros pecados. Nos dio a su propio Hijo como precio de nuestra redención: entregó al que es santo para redimir a los impíos, al inocente por los malos, al justo por los injustos, al incorruptible por los corruptibles, al inmortal por los mortales. Y ¿qué otra cosa hubiera podido encubrir nuestros pecados sino su justicia? Nosotros que somos impíos y malos, ¿en quién hubiéramos podido ser justificados sino únicamente en el Hijo de Dios?
    ¡Oh admirable intercambio, mediación incomprensible, beneficios inesperados: que la impiedad de muchos sea encubierta por un solo justo y que la justicia de un solo hombre justifique a tantos impíos!

viernes, 17 de diciembre de 2021

El miestrio de nuestra reconciliación

De las Cartas de san León Magno, papa

    De nada nos serviría afirmar que nuestro Señor, el Hijo de la Virgen María, es hombre verdadero y perfecto si no creyésemos además que es hombre perteneciente a aquel linaje mencionado en el Evangelio.
    Mateo, en efecto, dice: Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham; y sigue el orden de su generación humana hasta llegar a José, con quien estaba desposada la Madre del Señor.
    Lucas, en cambio, siguiendo un orden inverso, se remonta al origen del género humano, para mostrar que el primer Adán y el nuevo Adán tienen una misma naturaleza.
    El Hijo de Dios, en su omnipotencia, hubiera podido manifestarse, para instruir y justificar a los hombres, como se había manifestado a los patriarcas y profetas, es decir, bajo diversas apariencias humanas, como, por ejemplo, cuando entabló una lucha o mantuvo una conversación, o cuando no rechazó la hospitalidad que le ofrecían y tomó el alimento que le presentaban. Todas estas figuras eran como profecía y anuncio misterioso de aquel hombre que debía asumir, de la descendencia de esos mismos patriarcas, una verdadera naturaleza humana.
    Pero todas estas figuras no podían realizar aquel misterio de nuestra reconciliación prefijado antes de los tiempos, porque el Espíritu Santo no había descendido aún sobre la Virgen ni el poder del Altísimo la había aún cubierto con su sombra; solamente cuando la Sabiduría eterna, edificándose una casa en el seno purísimo de la Virgen, se hizo hombre pudo tener cumplimiento este admirable designio; y, uniéndose la naturaleza humana y la divina en una sola persona, el Creador del tiempo nació en el tiempo, y aquel por quien fueron hechas todas las cosas empezó a contarse entre las creaturas.
    Pues si el nuevo hombre, sometido a una existencia semejante a la de la carne de pecado, no hubiera llevado sobre sí nuestros pecados, si el que es consustancial al Padre no se hubiera dignado ser consustancial a una madre y si -libre de todo pecado- no hubiera unido a sí nuestra naturaleza, la cautividad humana continuaría sujeta al yugo del demonio; y tampoco podríamos gloriarnos de la victoria del Vencedor si ésta hubiera sido obtenida en una naturaleza distinta a la nuestra.
    El sacramento de la regeneración nos ha hecho partícipes de estos admirables misterios, por cuanto el mismo Espíritu, por cuya virtud fue Cristo engendrado, ha hecho que también nosotros volvamos a nacer con un nuevo nacimiento espiritual.
    Por eso el evangelista dice, refiriéndose a los creyentes: Ellos traen su origen no de la sangre ni del deseo carnal ni de la voluntad del hombre, sino del mismo Dios.

jueves, 16 de diciembre de 2021

Dios se hace visible en Cristo

Del Tratado de san Ireneo, obispo, Contra las herejías

    Uno es Dios, quien por su palabra y su sabiduría hizo y dispuso todas las cosas.
Su Palabra es nuestro Señor Jesucristo, que en los últimos tiempos se hizo hombre entre los hombres para reunir el término con el comienzo, es decir, el hombre con Dios.
    Los profetas, que habían recibido el don de la profecía de la misma Palabra, anunciaron su venida según la carne: Por esta venida se realizó la unión y comunión de Dios y el hombre, conforme a la voluntad del Padre. En efecto, la Palabra de Dios había anunciado de antemano que Dios sería visto por los hombres, que viviría con ellos en la tierra; había anunciado que hablaría y que estaría con su creatura para salvarla, que ella lo conocería; y había anunciado también que, librándonos de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian, es decir, de todo espíritu de pecado, nos haría servirle con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días, a fin de que el hombre, unido al Espíritu de Dios, glorificara al Padre.
    Los profetas anunciaban que Dios sería visto por los hombres, y así lo proclamó el mismo Señor cuando dijo: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Pero nadie puede ver a Dios en su grandeza y en su gloria inenarrable y seguir viviendo: el Padre es inaccesible. Sin embargo, porque ama al hombre y porque todo lo puede, aun este don concedió a los que lo aman: ver a Dios; y esto también lo anunciaron los profetas: Lo que para los hombres es imposible es posible para Dios.
    El hombre por sí mismo no puede ver a Dios; pero Dios, si quiere, puede manifestarse a los hombres: a quien quiera, cuando quiera y como quiera. Dios, que todo lo puede, fue visto en otro tiempo por los profetas en el Espíritu, ahora es visto en el Hijo gracias a la adopción filial y será visto en el reino de los cielos como Padre. En efecto, el Espíritu prepara al hombre para recibir al Hijo de Dios, el Hijo lo conduce al Padre, y el Padre en la vida eterna le da la inmortalidad, que es la consecuencia de ver a Dios.
    Pues así como los que ven la luz están en la luz y reciben su claridad, así también los que ven a Dios están en Dios y reciben su claridad. La claridad de Dios vivifica y, por lo tanto, los que ven a Dios reciben la vida.

 

miércoles, 15 de diciembre de 2021

No nos escandalizamos, pero...

"¿Eres tú el que ha de venir?"
Y respondiendo, les dijo::
«ld y anunciad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados. Y !bienaventurado el que no se escandalice de mí!».
Jesús no quiere quitarnos la libertad para creer o dejar de creer, por eso no nos dice directamente quién es Él, sino que nos da pistas para que hagamos nuestro propio razonamiento y saquemos nuestras propias conclusiones y aceptemos o no lo que hemos razonado. Somos personas inteligentes con capacidad de razonamiento y libertad para elegir lo que más nos convenie y lo que nos da sentido a nuestra vida.
La respuesta de Jesús hace referencia a lo que los profetas habían anunciado del Mesías, y por eso, seguramente, Juan Bautista supo que, realmente, era Jesús el Mesías esperado. Pero ¿por qué Juan envió discípulos a preguntarle? Puede haber habido muchas razones, pero una que es la que primero se me cruza por la cabeza, es que, estando en la cárcel, necesitaba fuerzas para seguir creyendo que su predicación había sido certera, pues él había señalado al Mesías. Podría haber sido una pequeña crisis de fe como la que tenemos cualquiera de nosotros, y que, muchas veces, necesitamos una señal para seguir creyendo.
Claro es que esa señal no nos viene por medio de un whatsapp o de una llamada telefónica, sino que se nos dan signos y señales que tendremos que aprender a interpretar si realmente queremos seguir creyendo, pues siempre está abierta la posibilidad de ser los "sordos que no quieren oir", o los ciegos que no quieren ver.
Y, finalmente, también me gusta la frase final de ese párrafo:
"!bienaventurado el que no se escandalice de mí!", no es que nos escandalicemos de Cristo, sino que nos escandaliza lo que Cristo nos puede llegar a pedir, y por eso nos hacemos los sordos y ciegos, para no escuchar ni ver la Voluntad de Dios en los acontecimientos de la vida diaria. No es que nos escandalice ser cristianos pero tampoco lo vamos predicando o vamos siendo buenos evangelizadores o misioneros de la Buena Noticia, sino que, en la mayoría de los casos, pasamos inadvertidos entre la multitud y, sobre todo, no iluminamos las oscuridades de la mentira del mundo.
No, no nos escadalizamos pero tampoco nos mostramos abiertamente como verdaderos discípulos de Cristo en medio del mundo...

 

martes, 14 de diciembre de 2021

Vanidad espiritual

"Jesús les dijo:
«En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».
Muchas veces me acuerdo de algo que dijo, alguna vez, el P. Efraín (mi formador y padre espiritual): creo que estamos seguros de quiénes van a ir al infierno, pero nos asombraremos más (si llegamos) cuando en el Cielo no estén los que creian que iban a estar.
Es más o menos lo que decía Jesús. Hay una "vanidad espiritual" en algunos que se creen mejor que los otros y que, por eso, piensan que pueden alcanzar y decir lo que se les canta porque ya han conseguido la santidad, lo que en el refranero popular decimos: más papistas que el papa.
Por lo mismo Jesús ha dicho: "no son los sanos los que necesitan al médico, sino los enfermos". Y, a veces, creo, que los que se consideran muy sanos no tienen en cuenta que, también en ellos, hay pecado original, y por esa vanidad espiritual que han dejado vivir en sus corazones, no llegan a convertirse verdaderamente en discípulos de Cristo, sino que se quedan como simples fariseos mirando y criticando lo que otros hacen en bien del Evangelio.
Y, claro, que en eso podemos llegar a caer todos, porque, lamentablemente, el pecado original habita en todos. Por eso, en este tiempo cercano a la Navidad, se nos presentan estas lecturas para ir "acomodando" nuestro corazón para un Nuevo Nacimiento, que, en realidad, como dice una canción "todos los días es navidad", y, así, todos los días tenemos que nacer de nuevo, porque en el día a día se nos van "pegando" costumbres mundanas que nos impiden ver con claridad hacia dónde nos quiere llevar el Señor..
«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él le contestó: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue.
Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue.
¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?».
Es una hermosa pregunta para hacernos todos los días, y así, ir mejorando y buscando siempre el mejor de los caminos que, seguramente no es el más fácil de recorrer, pero sí el que nos lleva a la verdadera Vida en el Señor.

 

lunes, 13 de diciembre de 2021

Iluminas tu cuerpo con el esplendor del Espíritu

Del Libro de san Ambrosio, obispo, Sobre la virginidad

    Tú que has salido de entre el pueblo, de entre la multitud eres ciertamente una de las vírgenes que iluminas la gracia de tu cuerpo con el esplendor de tu espíritu (por eso, con toda razón, eres comparada a la Iglesia); así pues, en las noches, cuando estés en tu habitación, piensa siempre en Cristo y espera continuamente su llegada.
    Así te desea Cristo, por eso te ha elegido. El entra cuando se le deja la puerta abierta; él, que ha prometido entrar, no puede faltar a su promesa. Abraza entonces al que has buscado, acércate a él y quedarás radiante: deténlo, pídele que no se vaya luego, suplícale que no se marche. Pues la Palabra de Dios suele pasar de prisa: si siente algún desdén, no se entrega; si no se le hace caso, se retira. Atiende con interés a lo que te diga, sigue con insistencia las huellas de sus palabras: pues suele retirarse pronto.
    ¿Qué dice la esposa del Cantar de los cantares? Lo busqué y no lo encontré, lo llamé y no respondió. Si se ha marchado muy pronto de ti aquel a quien llamaste, a quien suplicaste, a quien abriste tu puerta, no por ello pienses que le has desagradado, pues a veces quiere ponernos a prueba. ¿Qué fue lo que dijo, en el Evangelio, a las turbas que le rogaban que no se fuese? Es necesario que yo vaya a anunciar la palabra de Dios también a otras ciudades, porque ésa es mi misión. Así pues, si pareciere apartarse de ti, sal fuera y búscalo de nuevo por todas partes.
    ¿Quién más, si no es la santa Iglesia, puede enseñarte cómo retener a Cristo? Y ya te lo ha enseñado, si entiendes lo que lees: Apenas los pasé, encontré al amor de mi alma; al punto lo abracé y ya no lo soltaré.
    Y ¿cuál es la manera de retener a Cristo? No por la fuerza, no con los nudos de una soga, sino con ataduras de amor, con correas espirituales, con el afecto del alma es como se le retiene.
    Sí quieres tener a Cristo contigo, búscalo sin temor al sufrimiento; muchas veces, donde mejor se lo encuentra es en medio de los suplicios del cuerpo, entre las mismas manos de los perseguidores.
    Apenas los pasé, hemos citado antes. Pasado un breve espacio de tiempo después que hayas escapado a los perseguidores, sin sucumbir a los poderes del mundo Cristo te saldrá al encuentro y no permitirá que seas ya probada por mucho tiempo.
    La que de este modo busca a Cristo, la que lo encuentra, puede exclamar: Lo abracé y ya no lo soltaré, hasta haberlo introducido en la casa de mi madre, en la alcoba de la que me engendró. Esta casa y alcoba de tu madre no significa otra cosa que la parte más íntima de tu ser. Conserva bien esa casa, limpia bien sus rincones más escondidos, para que así, limpia de toda mancha, se levante como una casa espiritual, hasta formar un sacerdocio santo, consolidada por la piedra angular, y que el Espíritu Santo habite en ella.
    La que de este modo busca a Cristo, la que le ruega, no queda abandonada por él; al contrario, él vuelve con frecuencia a visitarla, pues está con nosotros hasta el fin del mundo.

domingo, 12 de diciembre de 2021

Qué debo hacer?

 

En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan: «Entonces, ¿qué debemos hacer?».

Él contestaba: «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo».

III domingo de adviento «gaudete», así se le conoce a este Domingo del tiempo de adviento, o, también, el Domingo de la alegría, por la proximidad a la Navidad, al tiempo de mayor gozo por el Nacimiento del Salvador.
Se podría decir que nada tiene que ver el Evangelio de hoy con la alegría, pero sí, en realidad tiene mucho que ver con la alegría que nace del Nacimiento de Jesús, quien vino a traernos una Vida Nueva que nace del Amor de Dios, y Amar es aprender a compartir, y a compartir no sólo de lo que tenemos, sino de lo que creemos que no tenemos, por eso dice Santa Madre Teresa de Calcuta: “amar hasta que duela”.
Por eso vienen bien las preguntas que la gente le hacía a San Juan Bautista: “¿qué debemos hacer?” y creo, sin querer decir nada más que lo que el evangelio dice, las respuestas se podrían reducir a una sola: aprender a amar como Cristo nos ha amado. Es la mejor síntesis que el Señor nos ha dejado como testamento de vida, y como mandamiento esencial en la vida de los cristianos.
Sólo quien ama toma el riesgo de compartir sus bienes materiales y espirituales sin mirar a quien. Quien todavía no ha aprendido amar siempre mirará a quien le da, con quien comparte, a quien saluda, a quien perdona, a quien pide perdón… Y así llegamos, también, a lo que San Agustín decía: “ama y haz lo que quieras, pero, primero, ama”.
Sí, es la fórmula más difícil y compleja de nuestra vida cristiana, pero es la única que nos ha dicho el Señor que nos identificará del resto de los mortales: “en esto conocerán que sois mis discípulos, en la medida en que se amen unos a otros… y sean UNO como el Padre y Yo somos UNO”.
Y ahí, y sólo ahí, y en esa medida encontraremos la fórmula exacta de la alegría cristiana. Pidámoselo a Jesús en esta Navidad…
En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan: «Entonces, ¿qué debemos hacer?».
Él contestaba: «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo».


 

sábado, 11 de diciembre de 2021

María y la Iglesia

De los Sermones del beato Isaac, abad del monasterio de Stella

    El Hijo de Dios es el primogénito entre muchos hermanos. Por naturaleza es Hijo único, por gracia asoció consigo a muchos para que sean uno con él. Pues a cuantos lo recibieron les dio poder de llegar a ser hijos de Dios.
    Haciéndose él Hijo del hombre hizo hijos de Dios a muchos. El que es Hijo único asoció consigo, por su amor y su poder, a muchos. Éstos, siendo muchos por su generación según la carne, por la regeneración divina son uno con él.
    Cristo es uno, el Cristo total, cabeza y cuerpo. Uno nacido de un único Dios en el cielo y de una única madre en la tierra. Muchos hijos y un solo Hijo. Pues así como la cabeza y los miembros son un Hijo y muchos hijos, así también María y la Iglesia son una madre y muchas, una virgen y muchas.
    Ambas son madres, ambas son vírgenes; ambas conciben virginal mente del Espíritu Santo. Ambas dan a luz, para Dios Padre, una descendencia sin pecado. María dio a luz a la cabeza sin pecado del cuerpo; la Iglesia da a luz por el perdón de los pecados al cuerpo de esa cabeza. Ambas son madres de Cristo, pero ninguna de las dos puede, sin la otra, dar a luz al Cristo total.
    Por eso, en las Escrituras divinamente inspiradas, lo que se entiende en general de la Iglesia, virgen y madre, se entiende en particular de la virgen María; y lo que se entiende de modo especial de María, virgen y madre, se entiende de modo general de la Iglesia, virgen y madre. Y, cuando los textos hablan de una u otra, dichos textos pueden aplicarse indiferentemente a las dos.
    También se puede decir que cada alma fiel es esposa del Verbo de Dios, madre de Cristo, hija y hermana, virgen y madre fecunda. Todo lo cual la misma Sabiduría de Dios, que es la Palabra del Padre, lo dice universalmente de la Iglesia, de modo especial de la Virgen María, e individualmente de cada alma fiel.
    Por eso dice: Habitaré en la heredad del Señor. La heredad del Señor en su significado universal es la Iglesia, en su significado especial es la Virgen María y en su significado individual es también cada alma fiel. Cristo permaneció nueve meses en el seno de María; permanecerá en el tabernáculo de la fe de la Iglesia hasta la consumación de los siglos; y en el conocimiento y en el amor del alma fiel por los siglos de los siglos.

viernes, 10 de diciembre de 2021

Eva y María

Del Tratado de san Ireneo, obispo, Contra las herejías
   
    Cuando vino Dios visiblemente a sus creaturas y fue sostenido por esta creación que es por él mismo sostenida, expió aquella desobediencia cometida bajo un árbol, por medio de la obediencia efectuada sobre otro árbol, y destruyó así la seducción con que fue vilmente engañada aquella virgen Eva, destinada ya para un varón, con la verdad que le fue venturosamente anunciada por el ángel a la Virgen María, ya también prometida a otro varón.
    Y así como Eva fue seducida por un ángel para que se alejara de Dios, desobedeciendo su palabra, así María fue notificada por otro ángel de que llevaría a Dios en su seno, si obedecía su palabra. Y como aquélla fue inducida a no obedecer a Dios, así ésta fue persuadida a obedecerlo, y de esta manera la Virgen María se convirtió en abogada de la virgen Eva.
    Al renovar profundamente el Señor todas las cosas, declaró la guerra a nuestro enemigo, aplastó a aquel que en un principio nos había hecho cautivos en Adán y pisoteó su cabeza, según lo que, en el Génesis, Dios dice a la serpiente: Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo: él herirá tu cabeza cuando tú hieras su talón.
    Con ello se anunciaba que aquel que debía. nacer de una mujer Virgen, hecho hombre como Adán, aplastaría la cabeza de la serpiente. De esta descendencia habla el Apóstol, en la carta a los Gálatas, cuando dice: La ley mosaica fue puesta por Dios hasta que viniese la descendencia a quien se habían hecho las promesas.
    Más claramente aún lo demuestra, en esa misma carta, al decir: Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer. El enemigo no hubiera sido vencido con justicia si el hombre que lo venció no hubiera nacido de una mujer, pues ya desde el comienzo se opuso al hombre, dominándolo por medio de la mujer.
    Por eso el Señor afirma que él es el Hijo del hombre, el hombre por excelencia, el cual resume en sí al linaje nacido de mujer, de modo que, si nuestra especie bajó a la muerte a causa de un hombre vencido, por un hombre victorioso subamos de nuevo a la vida.

jueves, 9 de diciembre de 2021

La violencia del Reino

"Desde los días de Juan el Bautista, hasta ahora el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan".
Una cosa es ser violento y otra, disferente, es hacerse violencia.
El reino de los cielos sufre violencia para poder nacer dentro de este mundo, la Luz de la Verdad, de la Bondad, y de la Belleza de Dios quiere nacer en este mundo de la mentira, de la maldad, del egoísmo, de la vanidad, de la soberbia, del sin-dios.
Y, en nosotros mismos, el reino sufre violencia para nacer, pues necesitamos hacernos violencias internas para renunciar a nosotros mismos y dejar nuestra voluntad y libertad al servicio de la Voluntad de Dios, o, mejor dicho, entender que nuestra vida de cristianos tiene que ser iluminada y guiada por la Voluntad de Dios. No hay otra forma de ser cristianos sino es dejándonos guiar por Dios, como lo hizo Jesús: "mi alimento es hacer la Voluntad de mi Padre".
También María nos enseña que la libertad no se pierde cuando nos hacemos los "esclavos del Señor", sino que se plenifica pues es el Señor quien sabe qué es lo que más nos conviene, y qué es lo que nos lleva a la felicidad plena.
Dejar nuestra libertad en Manos de Dios, como María, no nos quita dignidad ni nos hace menos personas, sino todo lo contrario: "me llamarán bienaventurada todas las generaciones porque el todopoderoso ha hecho obras grandes por mí".
Pero, claro, día a día, necesitamos de la fuerza del Espíritu para ganar la lucha entre la carna y el espíritu, como dice San Pablo:
"Frente a ello, yo os digo: caminad según el Espíritu y no realizaréis los deseos de la carne; pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne; efectivamente, hay entre ellos un antagonismo tal que no hacéis lo que quisierais".
Esa es la violencia diaria a la cual nos enfrentamos y en la cual tiene que ganar el espíritu para que el Reino de los Cielos tenga lugar en nuestra vida, y así, pueda construirse aquí en la tierra como lo pedimos diariamente: "venga a nosotros Tu Reino, hágase Tú Voluntad aquí en el tierra como en el Cielo". Y, la Voluntad de Dios soy yo quien la tiene que hacer, y no esperar que sea mi vecino quien la viva primero, pues soy yo quien está pidiendo eso al Padre cuando rezo el Padre nuestro.
Ahí está la violencia que el Reino de los Cielos sufre y la violencia que sufrimos cuando queremos ser fieles a la Voluntad de Dios y no a la nuestra.

 

miércoles, 8 de diciembre de 2021

Esquivar la culpa

"Él contestó:
«Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí».
El Señor Dios le replicó:
«¿Quién te informó de que estabas desnudo? ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer?».
No se habla en la Biblia de una manzana, pero sí se habla de la desobediencia de Adán a la Voluntad de Dios, por lo cual entró el pecado en el Hombre. Dios le había dado todo para que se sirviera, pero sólo le había pedido una cosa, y no le bastó todo lo que tenía, sino que quiso lo que no debía.
Es una historia que se repite a lo largo de las generaciones, pues siempre anhelamos o queremos aquello que no debemos, se podría decir que la desobediencia está dentro de nuestros genes, pues siempre seguimos cometiendo el mismo pecado. Y no sólo a Dios, sino que también lo hacemos entre nosotros, e, incluso a nosotros mismos nos somos desobedientes.
¿Cómo ser desobiendentes a uno mismo? Muy fácil: cuando nos proponemos una meta, o nos comprometemos con un ideal o con una persona, siempre encontramos la excusa fácil para no hacer lo que hemos dicho. Incluso cuando decimos que somos cristianos pero no vivimos como cristianos, ahí también no sólo desobedecemos a Dios porque no vivimo según el Evangelio, sino que nos desobedecemos a nosotros mismos porque decimos algo que no vivimos.
Nos conformamos, muchas veces, de la desobediencia, y, otras tantas hacemos como Adán y Eva: le vamos echando la culpa a los demás de que nos han obligado a desobedecer:
"Adán respondió:
«La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí».
El Señor Dios dijo a la mujer:
«¿Qué has hecho?».
La mujer respondió:
«La serpiente me sedujo y comí».
No somos capaces de asumir nuestras responsabilidad cuando las cosas no salen bien, o cuando, en realidad me he equivocado o he desobedecido a un pedido, a una orden, o, incluso a la Voluntad de Dios. Siempre hubo alguin, o algo que me hizo cambiar de opinión, de decisión... Sin embargo, en todo momento y en toda ocasión, soy yo quien he optado por desobedecer, por hacer aquello que no debía o por decír lo que no correspondía. Soy yo quien tiene la libertad de decidir, que no lo hice bien o que lo hice en contra de lo que creía, tengo que tomar, también, entonces, la decisión de ser honesto y decir: me equivoqué, fui desobediente, y así obtendré la gracia del perdón, pues el arrepentimiento nos ofrece grandes respuestas pues fortalece nuestro espíritu para nuevas ocasiones y nos hace fuertes para poder seguir decidiendo por el Bien, la Verdad, la Voluntad de Dios.

 

martes, 7 de diciembre de 2021

Grita!

"Dice una voz: «Grita».
Respondo: «¿Qué debo gritar?».
«Toda carne es hierba y su belleza corno flor campestre: se agosta la hierba, se marchita la flor, cuando el aliento del Señor sopla sobre ellos; sí, la hierba, es el pueblo; se agosta la hierba, se marchita la flor, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre».
Así es cuando Dios nos llama, cuando Dios nos unge con el Óleo de la Salvación, cuando el Santo Crista unge nuestra cabeza y nos consagra como sacerdotes, profetas y reyes, una Voz nos dice: ¡Grita! Es en ese momento cuando comenzamos a ser discípulos y misioneros de la Palabra de Dios. Un discipulado que no termina nunca en la tierra sino que sólo finaliza en el Cielo, pues hasta en el último suspiro que salga de nuestros labios seguiremos dando testimonio de lo que creemos.
El día de nuestro Bautismo, cuando la Voz del Señor resuena desde el Cielo y nos dice "éste es mi hijo amado", es cuando el Espíritu comiena un obra de Dios en nosotros y por nosotros. Sí, comienza a trabajar en nosotros para que nosotros trabajemos por el Hombre de todo el mundo. Una obra que es obra de salvación, pues comienza la salvación de nuestra alma, y así, salvados y confirmados por el Espíritu Santo nos ponemos en las Manos del Padre para ser servidores de Su Palabra. Una Palabra que tienen que comenzar a escuchar nuestros oídos desde temprano, para que nuestro corazón la deje echar raíces, y así, desde nuestro corazón poder anunciarla a todas las gentes.
Pero ¿qué he de decir si soy todavía un niño?, dijo el Profeta, no te preocupes, le dijo Dios, yo pondré en tus labios las palabras que tendrás que decir. Y así Dios sólo nos pide que atesoremos en el corazón sus Palabras y Él nos dará la capacidad para poder anunciarlas. Pero ¿cuándo las tengo que anunciar? El Apóstol nos dice que en todo momento, cuando sea oportuno y cuando no lo sea, porque así alguno la escuchará y alguno le abrirá el corazón. Pero si nadie la anuncia nadie podrá escucharla, por lo tantos ¿qué gritar? Lo que Dios suscite en tu corazón. ¿En qué momento? Deja que Dios te lo diga, pues cuando sea el momento no podrás cerrar tus labios a su impulso, pues Ella querrá salir para llegar al corazóna de alguien.
Así, desde nuestra conciencia de servidores de la Palabra podresmos poner más insistencia en su lectura y reflexión, para que siempre esté en nuestro corazón, para que en todo momento nuestros labios puedan anunciarla.