De los Sermones de san León Magno, papa
Aunque el estado de infancia, que el Hijo de Dios asumió sin considerarlo
impropio de su grandeza, se haya transformado ya en estado de varón perfecto y aunque,
una vez consumado el triunfo de la pasión y resurrección, haya llegado a su fin todo lo
que era propio del estado de anonadamiento, que el Señor aceptó por nosotros, sin embargo,
la fiesta de la Natividad renueva para nosotros los comienzos sagrados de la vida de Jesús,
nacido de la Virgen María; y, al adorar el nacimiento de nuestro Salvador, se nos invita a
celebrar también nuestro propio nacimiento como cristianos.
La generación de Cristo, en efecto, es el origen del pueblo cristiano, ya que
el nacimiento de la cabeza incluye en sí el nacimiento de todo el cuerpo.
Aunque cada uno de los que llama el Señor a formar parte de su pueblo sea
llamado en un tiempo determinado y aunque todos los hijos de la Iglesia hayan sido llamados
cada uno en días distintos, con todo, la totalidad de los fieles, nacida en la fuente
bautismal, ha nacido con Cristo en su nacimiento, del mismo modo que ha sido crucificada
con Cristo en su pasión, ha sido resucitada en su resurrección y ha sido colocada a la
derecha del Padre en su ascensión.
El creyente que en cualquier parte del mundo es regenerado en Cristo se libra
de la culpa original y, al renacer, se transforma en un hombre nuevo; en adelante ya no
cuenta la generación carnal de sus padres, sino la generación por la que ha renacido del
Salvador, que quiso hacerse Hijo del hombre para que nosotros pudiéramos llegar a ser hijos
de Dios.
Pues, si él no hubiera descendido por su humildad hasta nosotros, jamás
ninguno de nosotros, por sus propios méritos, hubiera podido llegar hasta él.
Por eso la misma grandeza del don que nos ha sido otorgado exige de nosotros
una veneración proporcionada a la excelsitud de esta dádiva; así nos lo enseña el Apóstol,
cuando dice: No hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios,
para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado; el mejor modo de ofrecer a Dios
nuestro homenaje religioso es, sin duda, ofrecerle lo que él mismo nos ha dado.
Y ¿qué cosa mejor podríamos encontrar entre los dones divinos, para honrar la
fiesta de hoy, que aquella paz que anunciaron los ángeles en el nacimiento del Señor?
En efecto, esta paz es la que engendra hijos de Dios, la que alimenta el amor,
la que es madre de la unidad. Ella es descanso para los santos y tabernáculo donde moran los
invitados al reino eterno. El fruto propio de esta paz es que se unan a Dios aquellos que el
Señor ha segregado del mundo.
Por tanto, que quienes traen su origen no de la sangre ni del deseo carnal
ni de la voluntad del hombre, sino del mismo Dios, ofrezcan al Padre la concordia propia
de los hijos que están animados por el deseo de la paz, y que Iodos los miembros de la familia
de adopción vivan unidos en aquel que es el primogénito de la nueva creación, que no vino a
hacer su propia voluntad, sino la voluntad de aquel que lo envió. Pues los que han sido
adoptados por la gracia del Padre, para ser sus herederos, no son los que viven en medio de
discordias y contiendas, sino los que tienen un único pensar y un mismo querer. Los que han
sido llamados a reproducir la única imagen del Padre deben tener una sola alma.
Por ello el nacimiento del Señor es el nacimiento de la paz; como lo dice el
Apóstol: Él es nuestra paz; él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, porque, tanto los
judíos como los gentiles, por medio de él tenemos acceso al Padre en un solo Espíritu.
viernes, 31 de diciembre de 2021
El nacimiento de la Paz
jueves, 30 de diciembre de 2021
Es para nosotros
miércoles, 29 de diciembre de 2021
Vivir, no cumplir
martes, 28 de diciembre de 2021
No matarás
lunes, 27 de diciembre de 2021
En la Encarnación se ha manfiestado la Vida
De los Tratados de san Agustín, obispo, sobre la primera carta de san Juan
Lo que existía desde un principio, lo que hemos oído, lo
que hemos visto con nuestros ojos Y lo que tocaron nuestras manos acerca de la
Palabra de vida. ¿Quién podría tocar con sus manos a la Palabra, si no fuese
porque la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros? Esta
Palabra, que se hizo carne para que pudiera ser tocada, comenzó a ser carne en
el seno de la Virgen María; pero no fue entonces cuando empezó a ser Palabra, ya
que, como nos dice Juan, existía desde un principio. Ved cómo concuerda su carta
con las palabras de su evangelio, que acabáis de escuchar: Ya al comienzo de
las cosas existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios.
Quizá alguien piense que hay que entender la expresión «la
palabra de vida» como un modo de hablar que se refiere a Cristo, pero no al
cuerpo de Cristo que podía ser tocado por nuestras manos. Atended a las palabras
que siguen: Porque la vida se ha manifestado. Por tanto, Cristo es la
Palabra de vida.
¿Y de dónde se ha manifestado esta vida? Existía desde un
principio, pero no se había manifestado a los hombres; en cambio, sí se había
manifestado a los ángeles, que la veían y se alimentaban de ella como de su
propio pan. Pero, ¿qué dice la Escritura? El hombre comió pan de ángeles.
Así, pues, en la encarnación se ha manifestado la misma Vida
en persona, y se ha manifestado para que, al hacerse visible, ella, que sólo
podía ser contemplada con los ojos del corazón, sanara los corazones. Porque la
Palabra sólo puede ser contemplada con los ojos del corazón; en cambio, la carne
puede ser contemplada también con los ojos corporales. Éramos capaces de ver la
carne, pero no a la Palabra; por esto la Palabra se hizo carne, que puede ser
vista por nosotros, para sanar en nosotros lo que nos hace capaces de ver a la
Palabra.
Y nosotros --continúa- testificamos y os anunciamos
esta vida eterna, la que estaba con el Padre y se nos ha manifestado, esto
es, se ha manifestado entre nosotros y, para decirlo con más claridad, se ha
manifestado en nuestro interior.
Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos. Atended,
queridos hermanos: Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos. Ellos
vieron al mismo Señor presente en la carne y oyeron las palabras que salían de
su boca, y nos lo han anunciado. Nosotros, por tanto, hemos oído, pero no hemos
visto.
¿Somos por eso menos dichosos que ellos, que vieron y oyeron?
Pero entonces, ¿por qué añade: A fin de que viváis en comunión con nosotros?
Ellos vieron, nosotros no, y sin embargo vivimos en comunión con ellos, porque
tenemos una fe común.
Y esta nuestra comunión de vida es con el Padre y con su
Hijo Jesucristo. Os escribimos estas cosas --continúa- para que sea
colmado vuestro gozo. Gozo colmado, dice, en una misma comunión de vida, en
una misma caridad, en una misma unidad.
domingo, 26 de diciembre de 2021
Sagrada Familia
sábado, 25 de diciembre de 2021
Reconoce tu dignidad
De los Sermones de san León Magno, papa
Nuestro Salvador, amadísimos hermanos, ha nacido hoy; alegrémonos.
No puede haber, en efecto, lugar para la tristeza, cuando nace aquella vida que
viene a destruir el temor de la muerte y a darnos la esperanza de una eternidad
dichosa.
Que nadie se considere excluido de esta alegría, pues el motivo
de este gozo es común para todos; nuestro Señor, en efecto, vencedor del pecado
y de la muerte, así como no encontró a nadie libre de culpa, así ha venido para
salvamos a todos. Alégrese, pues, el justo, porque se acerca a la recompensa;
regocíjese el pecador, porque se le brinda el perdón; anímese el pagano, porque
es llamado a la vida.
Al llegar el momento dispuesto de antemano por los impenetrables
designios divinos, el Hijo de Dios quiso asumir la naturaleza humana para
reconciliada con su Creador; así el diablo, autor de la muerte, sería vencido
mediante aquella misma naturaleza sobre la cual él mismo había reportado su victoria.
Por eso, al nacer el Señor, los ángeles cantan llenos de gozo: Gloria a Dios en
el cielo, y proclaman: y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.
Ellos ven, en efecto, que la Jerusalén celestial se va edificando por medio de todas
las naciones del orbe. ¿Cómo, pues, no habría de alegrarse la pequeñez humana
ante esta obra inenarrable de la misericordia divina, cuando incluso los coros
sublimes de los ángeles encontraban en ella un gozo tan intenso?
Demos, por tanto, amadísimos hermanos, gracias a Dios Padre por medio de su Hijo
en el Espíritu Santo, pues, por la inmensa misericordia con que nos amó, ha
tenido piedad de nosotros y, cuando estábamos muertos por nuestros pecados, nos
vivificó con Cristo, para que fuésemos en él una nueva creatura, una nueva obra
de sus manos. Despojémonos, por tanto, del hombre viejo y de sus acciones y,
habiendo sido admitidos a participar
del nacimiento de Cristo, renunciemos a las obras de In carne. Reconoce, oh
cristiano, tu dignidad y, ya que ahora participas de la misma naturaleza divina,
no vuelvas a tu antigua vileza con una vida depravada. Recuerda de qué cabeza y
de qué cuerpo eres miembro. Ten presente que has sido arrancado del dominio de
las tinieblas y transportado al reino y a la claridad de Dios.
Por el sacramento del bautismo te has convertido en templo del Espíritu Santo;
no ahuyentes, pues, con acciones pecaminosas un huésped tan excelso, ni te
entregues otra vez como esclavo del demonio, pues el precio con que has sido
comprado es la sangre de Cristo.
viernes, 24 de diciembre de 2021
La verdad brota de la tierra...
De los Sermones de san Agustín, obispo
Despierta, hombre: por ti Dios se hizo hombre. Despierta,
tú que duermes, surge de entre los muertos; y Cristo con su luz te alumbrará.
Te lo repito: por ti Dios se hizo hombre.
Estarías muerto para siempre, si él no hubiera nacido en el
tiempo. Nunca hubieras sido librado de la carne del pecado, si él no hubiera
asumido una carne semejante a la del pecado. Estarías condenado a una miseria
eterna, si no hubieras recibido tan gran misericordia. Nunca hubieras vuelto a
la vida, si él no se hubiera sometido voluntariamente a tu muerte. Hubieras
perecido, si él no te hubiera auxiliado. Estarías perdido sin remedio, si él no
hubiera venido a salvarte.
Celebremos, pues, con alegría la venida de nuestra salvación
y redención. Celebremos este día de fiesta, en el cual el grande y eterno Día,
engendrado por el que también es grande y eterno Día, vino al día tan breve de
esta nuestra vida temporal.
Él se ha hecho para nosotros justicia, santificación y
redención. y así -como dice la Escritura- «el que se gloria que se gloríe en el
Señor.»
La verdad brota, realmente, de la tierra,
pues Cristo, que dijo: Yo soy la verdad, nació de la Virgen. Y la
justicia mira desde el cielo, pues nadie es justificado por si mismo, sino
por su fe en aquel que por nosotros ha nacido. La verdad brota de la tierra,
porque la Palabra se hizo carne. Y la justicia mira desde el cielo,
porque toda dádiva preciosa y todo don perfecto provienen de arriba. La
verdad brota de la tierra, es decir, la carne de Cristo es engendrada en
María. Y la justicia mira desde el cielo, porque nadie puede apropiarse nada,
si no le es dado del cielo.
Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos
en paz con Dios, porque la justicia y la paz se besan. Por medio de nuestro
Señor Jesucristo, porque la verdad brota de la tierra. Por él hemos obtenido el
acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos apoyados en la esperanza de
la gloria de Dios. Fíjate que no dice «nuestra gloria», sino la gloria de
Dios, porque la justicia no procede de nosotros, sino que mira desde el
cielo. Por ello el que se gloria que se gloríe no en sí mismo, sino
en el Señor.
Por eso también, cuando el Señor nació de la Virgen, los
ángeles entonaron este himno: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a
los hombres que ama el Señor.
¿Cómo vino la paz a la tierra? Sin duda porque la verdad
brota de la tierra, es decir, Cristo nace de María. Él es nuestra paz, él
ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, para que todos seamos hombres de
buena voluntad unidos unos a los otros con el suave vínculo de la unidad.
Alegrémonos, pues, por este don, para que nuestra gloria sea el testimonio que
nos da nuestra conciencia; y así nos gloriaremos en el Señor, y no en nosotros.
Por eso dice el salmista: Tú eres mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza.
¿Qué mayor gracia pudo hacernos Dios? Teniendo un Hijo único
lo hizo Hijo del hombre, para que el hijo del hombre se hiciera hijo de Dios.
Busca dónde está tu mérito, busca de dónde procede, busca
cuál es tu justicia: y verás que no puedes encontrar otra cosa que no sea pura
gracia de Dios.
jueves, 23 de diciembre de 2021
Siempre se hizo así...
miércoles, 22 de diciembre de 2021
Magnificat
Del Comentario de san Beda el Venerable, presbítero, sobre el evangelio de san Lucas
María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra
mi espíritu en Dios mi salvador.»
«El Señor -dice- me ha engrandecido con un don tan magnífico e
inaudito que no se puede explicar con palabras humanas, y el mismo corazón con
todo su amor apenas puede llegar a comprenderlo. Por lo tanto, me entrego con
todas mis fuerzas a la alabanza y a la acción de gracias, contemplando la gran
deza de aquel que es eterno, y gustosamente le consagro mi vida, sentimientos
y pensamientos, porque mi espíritu se alegra en la divinidad eterna de Jesús,
es decir, del Salvador, que se ha revestido de mi carne y reposa en mi seno.»
Porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre
es santo.
Estas palabras se relacionan con el comienzo del cántico, donde
se dice: Proclama mi alma la grandeza del Señor. Sin duda que sólo aquel en
quien el Poderoso hace obras grandes sabrá proclamar dignamente la grandeza
del Señor y podrá exhortar a los que, como él, se sienten enriquecidos por Dios,
diciendo: Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre.
Pues el que no proclama la grandeza del Señor, sabiendo que
es infinita, y no bendice su nombre será el último en el reino de los cielos.
Se dice que su nombre es santo porque, por su inmenso poder, trasciende toda
creatura y está infinitamente por encima de todas las cosas creadas.
Auxilia a Israel su siervo, acordándose de su misericordia.
Con toda propiedad el cántico llama siervo o niño del Señor a Israel, pues, para
salvarlo, Dios lo acogió como se acoge a un niño obediente y humilde, según aquello
que dice Oseas: Cuando Israel era un niño yo lo amé.
Porque quien no quiere humillarse no puede tampoco ser salvado ni
decir con el profeta: Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida, pues, el
que se haga pequeño tal como este niño será el más grande en el reino de los cielos.
Como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y
su descendencia por siempre.
Al hablar aquí de la descendencia de Abraham no se refiere a la
descendencia según la carne, sino según el espíritu, es decir, no sólo habla de
aquellos que han sido engendrados según la carne, sino también de todos aquellos
que han seguido los pasos de Abraham por medio de la circuncisión de la fe. Porque
Abraham creyó cuando estaba en la circuncisión y, ya entonces, su fe le fue tenida
en cuenta para la justificación.
Por lo tanto la venida del Salvador fue prometida a Abraham y a su
descendencia por siempre, es decir, a los hijos de la promesa, de quienes se dice:
Si sois de Cristo sois por lo mismo descendencia de Abraham, herederos según la
promesa.
Con razón la madre del Señor y la madre de Juan se adelantaron con sus
respectivas profecías al nacimiento de sus hijos; con ello, de la misma forma que el
pecado comenzó por la mujer, también por la mujer se inicia la salvación, y la vida,
que fue perdida por el engaño que sedujo a una sola mujer, es ahora devuelta al mundo
por la profecía de dos mujeres que compiten en su empeño por anunciar la salvación.
martes, 21 de diciembre de 2021
Disponibilidad mariana
lunes, 20 de diciembre de 2021
Esperan tu Sí
De las Homilías de san Bernardo, abad, Sobre las excelencias de la Virgen Madre
Has oído, Virgen, que concebirás y darás a luz un hijo. Has
oído que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que
el ángel aguarda tu respuesta: ya es tiempo de que vuelva al Señor que lo envió.
También nosotros, condenados a muerte por una sentencia divina, esperamos,
Señora, tu palabra de misericordia.
En tus manos está el precio de nuestra salvación; si
consientes, de inmediato seremos liberados. Todos fuimos creados por la Palabra
eterna de Dios, pero ahora nos vemos condenados a muerte; si tú das una breve
respuesta, seremos renovados y llamados nuevamente a la vida.
Virgen llena de bondad, te lo pide el desconsolado Adán,
arrojado del paraíso con toda su descendencia. Te lo pide Abraham, te lo pide
David. También te lo piden ardientemente los otros patriarcas, tus antepasados
que habitan en la región de la sombra de muerte. Lo espera todo el mundo,
postrado a tus pies.
Y no sin razón, ya que de tu respuesta depende el consuelo de
los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados, la
salvación de todos los hijos de Adán, de toda tu raza.
Apresúrate a dar tu consentimiento, Virgen, responde sin
demora al ángel, mejor dicho, al Señor, que te ha hablado por medio del ángel.
Di una palabra y recibe al que es la Palabra, pronuncia tu palabra humana y
concibe al que es la Palabra divina, profiere Una palabra transitoria y recibe
en tu seno al que es la Palabra eterna.
¿Por qué tardas?, ¿por qué dudas? Cree, acepta y recibe. Que
la humildad se revista de valor, la timidez de confianza. De ningún modo
conviene que tu sencillez virginal olvide ahora la prudencia. Virgen prudente,
no temas en este caso la presunción, porque, si bien es amable el pudor en el
silencio, ahora es más necesario que en tus palabras resplandezca la
misericordia.
Abre, Virgen santa, tu corazón a la fe, tus labios al
consentimiento, tu seno al Creador. Mira que el deseado de todas las naciones
está junto a tu puerta y llama. Si te demoras, pasará de largo y entonces, con
dolor, volverás a buscar al que ama tu alma. Levántate, corre, abre. Levántate
por la fe, corre por el amor, abre por el consentimiento. Aquí está -dice la
Virgen- la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.
domingo, 19 de diciembre de 2021
Quién soy yo?
sábado, 18 de diciembre de 2021
Dios nos reveló su Amor
De la Carta a Diogneto
Nadie jamás ha visto ni ha conocido a Dios, pero él ha
querido manifestarse a sí mismo. Se manifestó a través de la fe, que es la única
a la que se le concede ver a Dios. Porque Dios, Señor y Creador de todas las
cosas, que todo lo hizo y todo lo dispuso con orden, no sólo amó a los hombres,
sino que también fue paciente con ellos. Siempre lo fue, lo es y lo será: bueno,
benigno, exento de toda ira, veraz; más aún: él es el único bueno. Después de
haber concebido un designio grande e inefable se lo comunicó a su único Hijo.
Mientras mantenía oculto su sabio designio y lo reservaba
para sí, parecía abandonamos y olvidarse de nosotros. Pero, cuando lo reveló por
medio de su amado Hijo y manifestó lo que había establecido desde el principio,
nos dio juntamente todas las cosas: participar de sus beneficios y ver y
comprender sus designios. ¿ Quién de nosotros hubiera esperado jamás tanta
generosidad?
Dios, que todo lo había dispuesto junto con su Hijo, permitió
que hasta el tiempo anterior a la venida del Salvador viviéramos desviados del
camino recto, atraídos por los deleites y concupiscencias, y nos dejáramos
arrastrar por nuestros impulsos desordenados. No porque se complaciera en
nuestros pecados, sino que los toleraba. Ni es tampoco que Dios aprobara aquel
tiempo de iniquidad, sino que estaba preparando el tiempo actual de justicia, a
fin de que, convictos en aquel tiempo de que por nuestras propias obras éramos
indignos de la vida, fuéramos hechos dignos de ella por la bondad de Dios,
reconociendo así que por nosotros mismos no podíamos entrar en el reino de los
cielos, pero que esto se nos concedía como un don de Dios.
Pues cuando nuestra maldad había colmado la medida y se hizo
plenamente manifiesto que por ella merecíamos el castigo y la muerte, llegó en
cambio el tiempo establecido por Dios para manifestar su bondad y su poder -¡oh
inmenso amor de Dios a los hombres!- y no nos odió ni nos rechazó ni se vengó de
nuestras ofensas, sino que nos soportó con magnanimidad y paciencia, apiadándose
de nosotros y cargando él mismo con nuestros pecados. Nos dio a su propio Hijo
como precio de nuestra redención: entregó al que es santo para redimir a los
impíos, al inocente por los malos, al justo por los injustos, al incorruptible
por los corruptibles, al inmortal por los mortales. Y ¿qué otra cosa hubiera
podido encubrir nuestros pecados sino su justicia? Nosotros que somos impíos y
malos, ¿en quién hubiéramos podido ser justificados sino únicamente en el Hijo
de Dios?
¡Oh admirable intercambio, mediación incomprensible,
beneficios inesperados: que la impiedad de muchos sea encubierta por un solo
justo y que la justicia de un solo hombre justifique a tantos impíos!
viernes, 17 de diciembre de 2021
El miestrio de nuestra reconciliación
De las Cartas de san León Magno, papa
De nada nos serviría afirmar que nuestro Señor, el Hijo de la
Virgen María, es hombre verdadero y perfecto si no creyésemos además que es
hombre perteneciente a aquel linaje mencionado en el Evangelio.
Mateo, en efecto, dice: Genealogía de Jesucristo, hijo de
David, hijo de Abraham; y sigue el orden de su generación humana hasta
llegar a José, con quien estaba desposada la Madre del Señor.
Lucas, en cambio, siguiendo un orden inverso, se remonta al
origen del género humano, para mostrar que el primer Adán y el nuevo Adán
tienen una misma naturaleza.
El Hijo de Dios, en su omnipotencia, hubiera podido manifestarse,
para instruir y justificar a los hombres, como se había manifestado a los
patriarcas y profetas, es decir, bajo diversas apariencias humanas, como, por
ejemplo, cuando entabló una lucha o mantuvo una conversación, o cuando no
rechazó la hospitalidad que le ofrecían y tomó el alimento que le presentaban.
Todas estas figuras eran como profecía y anuncio misterioso de aquel hombre que
debía asumir, de la descendencia de esos mismos patriarcas, una verdadera
naturaleza humana.
Pero todas estas figuras no podían realizar aquel misterio de
nuestra reconciliación prefijado antes de los tiempos, porque el Espíritu Santo
no había descendido aún sobre la Virgen ni el poder del Altísimo la había aún
cubierto con su sombra; solamente cuando la Sabiduría eterna, edificándose una
casa en el seno purísimo de la Virgen, se hizo hombre pudo tener cumplimiento
este admirable designio; y, uniéndose la naturaleza humana y la divina en una
sola persona, el Creador del tiempo nació en el tiempo, y aquel por quien fueron
hechas todas las cosas empezó a contarse entre las creaturas.
Pues si el nuevo hombre, sometido a una existencia
semejante a la de la carne de pecado, no hubiera llevado sobre sí nuestros
pecados, si el que es consustancial al Padre no se hubiera dignado ser
consustancial a una madre y si -libre de todo pecado- no hubiera unido a sí
nuestra naturaleza, la cautividad humana continuaría sujeta al yugo del
demonio; y tampoco podríamos gloriarnos de la victoria del Vencedor si ésta
hubiera sido obtenida en una naturaleza distinta a la nuestra.
El sacramento de la regeneración nos ha hecho partícipes de
estos admirables misterios, por cuanto el mismo Espíritu, por cuya virtud fue
Cristo engendrado, ha hecho que también nosotros volvamos a nacer con un nuevo
nacimiento espiritual.
Por eso el evangelista dice, refiriéndose a los creyentes:
Ellos traen su origen no de la sangre ni del deseo carnal ni de la voluntad del
hombre, sino del mismo Dios.
jueves, 16 de diciembre de 2021
Dios se hace visible en Cristo
Del Tratado de san Ireneo, obispo, Contra las herejías
Uno es Dios, quien por su palabra y su sabiduría hizo y dispuso todas las cosas.
Su Palabra es nuestro Señor Jesucristo, que en los últimos tiempos se hizo hombre entre
los hombres para reunir el término con el comienzo, es decir, el hombre con Dios.
Los profetas, que habían recibido el don de la profecía de
la misma Palabra, anunciaron su venida según la carne: Por esta venida se
realizó la unión y comunión de Dios y el hombre, conforme a la voluntad del
Padre. En efecto, la Palabra de Dios había anunciado de antemano que Dios sería
visto por los hombres, que viviría con ellos en la tierra; había anunciado que
hablaría y que estaría con su creatura para salvarla, que ella lo conocería; y
había anunciado también que, librándonos de nuestros enemigos y de la mano de
todos los que nos odian, es decir, de todo espíritu de pecado, nos haría
servirle con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días, a
fin de que el hombre, unido al Espíritu de Dios, glorificara al Padre.
Los profetas anunciaban que Dios sería visto por los
hombres, y así lo proclamó el mismo Señor cuando dijo: Dichosos los limpios
de corazón, porque ellos verán a Dios. Pero nadie puede ver a Dios en
su grandeza y en su gloria inenarrable y seguir viviendo: el Padre es
inaccesible. Sin embargo, porque ama al hombre y porque todo lo puede, aun este
don concedió a los que lo aman: ver a Dios; y esto también lo anunciaron los
profetas: Lo que para los hombres es imposible es posible para Dios.
El hombre por sí mismo no puede ver a Dios; pero Dios, si
quiere, puede manifestarse a los hombres: a quien quiera, cuando quiera y como
quiera. Dios, que todo lo puede, fue visto en otro tiempo por los profetas en el
Espíritu, ahora es visto en el Hijo gracias a la adopción filial y será visto en
el reino de los cielos como Padre. En efecto, el Espíritu prepara al hombre para
recibir al Hijo de Dios, el Hijo lo conduce al Padre, y el Padre en la vida
eterna le da la inmortalidad, que es la consecuencia de ver a Dios.
Pues así como los que ven la luz están en la luz y reciben
su claridad, así también los que ven a Dios están en Dios y reciben su claridad.
La claridad de Dios vivifica y, por lo tanto, los que ven a Dios reciben la
vida.
miércoles, 15 de diciembre de 2021
No nos escandalizamos, pero...
martes, 14 de diciembre de 2021
Vanidad espiritual
lunes, 13 de diciembre de 2021
Iluminas tu cuerpo con el esplendor del Espíritu
Del Libro de san Ambrosio, obispo, Sobre la virginidad
Tú que has salido de entre el pueblo, de entre la multitud eres ciertamente una
de las vírgenes que iluminas la gracia de tu cuerpo con el esplendor de tu
espíritu (por eso, con toda razón, eres comparada a la Iglesia); así pues, en
las noches, cuando estés en tu habitación, piensa siempre en Cristo y espera
continuamente su
llegada.
Así te desea Cristo, por eso te ha elegido. El entra cuando se le deja la puerta
abierta; él, que ha prometido entrar, no puede faltar a su promesa. Abraza
entonces al que has buscado, acércate a él y quedarás radiante: deténlo, pídele
que no se vaya luego, suplícale que no se marche. Pues la Palabra de Dios suele
pasar de prisa: si siente algún desdén, no se entrega; si no se le hace caso,
se retira. Atiende con interés a lo que te diga, sigue con insistencia las
huellas de sus palabras: pues suele retirarse pronto.
¿Qué dice la esposa del Cantar de los cantares? Lo busqué y no lo encontré, lo
llamé y no respondió. Si se ha marchado muy pronto de ti aquel a quien llamaste,
a quien suplicaste, a quien abriste tu puerta, no por ello pienses que le has
desagradado, pues a veces quiere ponernos a prueba. ¿Qué fue lo que dijo, en el
Evangelio, a las turbas que le rogaban que no se fuese? Es necesario que yo vaya
a anunciar la palabra de Dios también a otras ciudades, porque ésa es mi misión.
Así pues, si pareciere apartarse de ti, sal fuera y búscalo de nuevo por todas
partes.
¿Quién más, si no es la santa Iglesia, puede enseñarte cómo retener a Cristo? Y
ya te lo ha enseñado, si entiendes lo que lees: Apenas los pasé, encontré al
amor de mi alma; al punto lo abracé y ya no lo soltaré.
Y ¿cuál es la manera de retener a Cristo? No por la fuerza,
no con los nudos de una soga, sino con ataduras de amor, con correas espirituales,
con el afecto del alma es como se le retiene.
Sí quieres tener a Cristo contigo, búscalo sin temor al sufrimiento; muchas
veces, donde mejor se lo encuentra es en medio de los suplicios del cuerpo,
entre las mismas manos de los perseguidores.
Apenas los pasé, hemos citado antes. Pasado un breve espacio de tiempo después
que hayas escapado a los perseguidores, sin sucumbir a los poderes del mundo
Cristo te saldrá al encuentro y no permitirá que seas ya probada por mucho
tiempo.
La que de este modo busca a Cristo, la que lo encuentra, puede exclamar: Lo
abracé y ya no lo soltaré, hasta haberlo introducido en la casa de mi madre, en
la alcoba
de la que me engendró. Esta casa y alcoba de tu madre no significa otra cosa que
la parte más íntima de tu ser. Conserva bien esa casa, limpia bien sus rincones
más escondidos, para que así, limpia de toda mancha, se levante como una casa
espiritual, hasta formar un sacerdocio santo, consolidada por la piedra
angular, y que el Espíritu Santo habite en ella.
La que de este modo busca a Cristo, la que le ruega, no queda abandonada por él;
al contrario, él vuelve con frecuencia a visitarla, pues está con nosotros hasta
el fin del mundo.
domingo, 12 de diciembre de 2021
Qué debo hacer?
En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan: «Entonces, ¿qué debemos hacer?».
Él contestaba: «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo».
sábado, 11 de diciembre de 2021
María y la Iglesia
De los Sermones del beato Isaac, abad del monasterio de Stella
El Hijo de Dios es el primogénito entre muchos hermanos. Por
naturaleza es Hijo único, por gracia asoció consigo a muchos para que sean uno
con él. Pues a cuantos lo recibieron les dio poder de llegar a ser hijos de
Dios.
Haciéndose él Hijo del hombre hizo hijos de Dios a muchos. El
que es Hijo único asoció consigo, por su amor y su poder, a muchos. Éstos,
siendo muchos por su generación según la carne, por la regeneración divina son
uno con él.
Cristo es uno, el Cristo total, cabeza y cuerpo. Uno nacido
de un único Dios en el cielo y de una única madre en la tierra. Muchos hijos y
un solo Hijo. Pues así como la cabeza y los miembros son un Hijo y muchos hijos,
así también María y la Iglesia son una madre y muchas, una virgen y muchas.
Ambas son madres, ambas son vírgenes; ambas conciben virginal
mente del Espíritu Santo. Ambas dan a luz, para Dios Padre, una descendencia sin
pecado. María dio a luz a la cabeza sin pecado del cuerpo; la Iglesia da a luz
por el perdón de los pecados al cuerpo de esa cabeza. Ambas son madres de
Cristo, pero ninguna de las dos puede, sin la otra, dar a luz al Cristo total.
Por eso, en las Escrituras divinamente inspiradas, lo que se
entiende en general de la Iglesia, virgen y madre, se entiende en particular de
la virgen María; y lo que se entiende de modo especial de María, virgen y madre,
se entiende de modo general de la Iglesia, virgen y madre. Y, cuando los textos
hablan de una u otra, dichos textos pueden aplicarse indiferentemente a las dos.
También se puede decir que cada alma fiel es esposa del Verbo
de Dios, madre de Cristo, hija y hermana, virgen y madre fecunda. Todo lo cual
la misma Sabiduría de Dios, que es la Palabra del Padre, lo dice universalmente
de la Iglesia, de modo especial de la Virgen María, e individualmente de cada
alma fiel.
Por eso dice: Habitaré en la heredad del Señor. La
heredad del Señor en su significado universal es la Iglesia, en su significado
especial es la Virgen María y en su significado individual es también cada alma
fiel. Cristo permaneció nueve meses en el seno de María; permanecerá en el
tabernáculo de la fe de la Iglesia hasta la consumación de los siglos; y en el
conocimiento y en el amor del alma fiel por los siglos de los siglos.
viernes, 10 de diciembre de 2021
Eva y María
Del Tratado de san Ireneo, obispo, Contra las herejías
Cuando vino Dios visiblemente a sus creaturas y fue sostenido
por esta creación que es por él mismo sostenida, expió aquella desobediencia
cometida bajo un árbol, por medio de la obediencia efectuada sobre otro árbol, y
destruyó así la seducción con que fue vilmente engañada aquella virgen Eva,
destinada ya para un varón, con la verdad que le fue venturosamente anunciada
por el ángel a la Virgen María, ya también prometida a otro varón.
Y así como Eva fue seducida por un ángel para que se alejara
de Dios, desobedeciendo su palabra, así María fue notificada por otro ángel de
que llevaría a Dios en su seno, si obedecía su palabra. Y como aquélla fue
inducida a no obedecer a Dios, así ésta fue persuadida a obedecerlo, y de esta
manera la Virgen María se convirtió en abogada de la virgen Eva.
Al renovar profundamente el Señor todas las cosas, declaró la
guerra a nuestro enemigo, aplastó a aquel que en un principio nos había hecho
cautivos en Adán y pisoteó su cabeza, según lo que, en el Génesis, Dios dice a
la serpiente: Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el
suyo: él herirá tu cabeza cuando tú hieras su talón.
Con ello se anunciaba que aquel que debía. nacer de una mujer
Virgen, hecho hombre como Adán, aplastaría la cabeza de la serpiente. De esta
descendencia habla el Apóstol, en la carta a los Gálatas, cuando dice: La ley
mosaica fue puesta por Dios hasta que viniese la descendencia a quien se habían
hecho las promesas.
Más claramente aún lo demuestra, en esa misma carta, al
decir: Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer.
El enemigo no hubiera sido vencido con justicia si el hombre que lo venció no
hubiera nacido de una mujer, pues ya desde el comienzo se opuso al hombre,
dominándolo por medio de la mujer.
Por eso el Señor afirma que él es el Hijo del hombre, el
hombre por excelencia, el cual resume en sí al linaje nacido de mujer, de modo
que, si nuestra especie bajó a la muerte a causa de un hombre vencido, por un
hombre victorioso subamos de nuevo a la vida.
jueves, 9 de diciembre de 2021
La violencia del Reino
miércoles, 8 de diciembre de 2021
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martes, 7 de diciembre de 2021
Grita!