Del Comentario de san Ambrosio, obispo, sobre el evangelio de san Lucas
Cuando el ángel reveló a María los misterios recónditos de
Dios, para fortificar la fe con un ejemplo, habló a la Virgen de la maternidad
de una mujer ya anciana y estéril; con ello le quiso demostrar que para Dios no
hay nada imposible.
Al oír María este anuncio, llena de gozo y sin demora, partió
hacia las montañas, no porque dudara de las palabras del ángel ni porque
estuviera incierta de la veracidad del hecho ni porque vacilara ante la realidad
del ejemplo, sino porque se sentía impulsada por el deseo de cumplir un deber de
piedad, anhelante de prestar sus servicios y presurosa por la intensidad de su
alegría.
Llena ya totalmente de Dios, ¿a dónde podía dirigirse María
con prisa sino hacia las alturas? En efecto, la gracia del Espíritu Santo ignora
la lentitud. Los beneficios de María y los dones de la presencia del Señor se
manifestaron en seguida, pues, así que Isabel oyó el saludo de María, su
criatura saltó de gozo en su seno y ella quedó llena del Espíritu Santo.
Considera la precisión y exactitud de cada una de las
palabras: Isabel fue la primera en oír la voz, pero Juan fue el primero en
experimentar la gracia, porque Isabel escuchó según las facultades de la
naturaleza, pero Juan, en cambio, se alegró a causa del misterio. Isabel sintió
la proximidad de María, Juan la del Señor; la mujer oyó la salutación de la
mujer, el hijo sintió la presencia del Hijo; ellas proclaman la gracia, ellos,
viviéndola interiormente, logran que sus madres se aprovechen de este don hasta
tal punto que, con un doble milagro, ambas empiezan a profetizar por inspiración
de sus propios hijos.
El niño saltó de gozo y la madre fue llena del Espíritu
Santo, pero no fue enriquecida la madre antes que el hijo, sino que, después que
fue repleto el hijo, quedó también colmada la madre. Juan salta de gozo y María
se alegra en su espíritu. En el momento que Juan salta de gozo, Isabel se llena
del Espíritu, pero, sí observas bien, de María no se dice que fuera llena del
Espíritu, sino que se afirma únicamente que se alegró en su espíritu (pues en
ella actuaba ya el Espíritu de una manera incomprensible); en efecto: Isabel fue
llena del Espíritu después de concebir; María, en cambio, lo fue ya antes de
concebir, porque de ella se dice: Dichosa tú que has creído.
Pero también vosotros sois dichosos porque habéis oído y
creído, pues todo el que cree, como María, concibe y da a luz al Verbo de Dios y
proclama sus obras.
Que resida, pues, en todos el alma de María, y que esta alma
proclame la grandeza del Señor; que resida en todos el espíritu de María, y que
este espíritu se alegre en Dios; porque, si bien según la carne hay sólo una
madre de Cristo, según la fe Cristo es fruto de todos nosotros, pues todo aquel
que se conserva puro y vive alejado de los vicios, guardando íntegra la
castidad, puede concebir en sí la Palabra de Dios.
El que alcanza, pues, esta perfección proclama, como María,
la grandeza del Señor y siente que su espíritu, también como el de María, se
alegra en Dios, su salvador; así se afirma también en otro lugar: Proclamad
conmigo la grandeza del Señor.
El Señor es engrandecido ciertamente, pero no en el sentido
de que reciba por medio de nuestras palabras algo que a él le faltaba, sino
porque con estas palabras él queda engrandecido en nosotros. En efecto, porque
Cristo es la imagen de Dios, cuando alguien actúa con piedad y con justicia
engrandece la imagen de Dios -pues todo hombre ha sido creado a su imagen y
semejanza- y, al engrandecer esta imagen, también él queda engrandecido por una
mayor participación de la grandeza divina.
lunes, 21 de diciembre de 2020
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