Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios. Esperábamos en él y nos ha salvado. Este es el Señor en quien esperamos. Celebremos y gocemos con su salvación, porque reposará sobre este monte la mano del Señor».
"Aquél día", del que nos habla el profeta Isaías, ya ha llegado, pues el día que esperábamos llegó una Navidad en Belén, y llegó a su plenitud sobre el Calvario y con la resurrección del Señor de entre los muertos. ¡Ese fue el día que comenzó nuestra Salvación! Por eso celebramos su nacimiento, pues él nació para llevar a plenitud las Promesas del Padre, las promesas que fueron escuchadas siglos tras siglos, las promesas que fueron anunciadas profeta tras profeta, se cumplieron gracias al Sí de una Virgen y al Sí del Hijo de Dios, que se hizo hombre para nuestra salvación.
"Celebremos y gocemos con su salvación, porque reposará sobre este monte la mano del Señor" ¿Cuál es el monte? El monte del Señor es cada templo en el que Él vive y permanecee para su Pueblo, para su gente. En cada Sagrario, de cada Templo, está el Señor, Vivo y Verdadero, con toda su Humanidad y Divinidad ¡ese es el misterio de nuestra FE! Por eso, celebramos y gozamos, porque Él se quedó entre nosotros, para tener siempre su mano tendida para el que busca la salvación.
Ese monte en el que Él tiende su mano, es el altar, en el que Él viene a multiplicar el Pan y el Vino, para sostener y fortalecer nuestra fe, pero no con un Pan y un Vino humano, sino que un Pan y un Vino que se transubstancian para ser Su Curepo y Su Sangre, y así como lo hizo en el monte, lo vuelve a hacer sobre el Altar, multiplicándose para darse como Alimento Vivo y Verdadero, para darse como Pan de Vida y Bebida de Salvación.
¿No es acoso más que suficiente para alegrarnos y gozarnos por nuestra salvación? ¿No es el mayor regalo que alguien puede hacer por nosotros que darnos Su Vida para que alcancemos la Vida Verdadera?
Sí, Aquél día que Isaías esperaba ha llegado, y se hace vivo y presente en cada Eucaristía, cuando el Señor baja al Altar para hacer Pan de Vida, y se queda en el corazón de Su Pueblo para darse a los que lo necesitan por medio del amor y la palabra de los cristianos, y se queda silencioso en el Sagrario para tender la su mano para quien necesite de su ayuda y su Vida.
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