Este Domingo es el día de la Sagrada Familia de Nazaret y, desde la Conferencia Episcopal, nos invita a reflexionar sobre un tema particular e importante en nuestra sociedad actual: “los ancianos, tesoro de la iglesia y de la sociedad”. Del documento emitido por la CEE quise rescatar este punto para que lo pensemos, meditemos y recemos, porque en nuestra sociedad actual, mundial y particular, estamos intentando desprendernos de todo lo que es una “molestia” para la vida cotidiana, ya sea en el vientre de una madre antes de nacer, o en los últimos años de la vida.
“En una sociedad, en la que muchas veces se reivindica una libertad sin limites y sin verdad en la que se da excesiva importancia a lo joven, los mayores nos ayudan a valorar lo esencial y a renunciar a lo transitorio. La vida les ha enseñado que el amor y el servicio a los suyos y a los restantes miembros de la sociedad son el verdadero fundamento en el que todos deberíamos apoyarnos para acoger, levantar y ofrecer esperanza a nuestros semejantes en medio de las dificultades de la vida.
Nos dará mucha luz considerar la pandemia del coronavirus como un tiempo de prueba. Un tiempo en el que se ponen a prueba nuestras convicciones y la profundidad de las mismas, un tiempo en el que muchas de nuestras seguridades se desmoronan y en el que estamos llamados a dar una respuesta. Con admiración contemplamos la entrega heroica de tantos profesionales y voluntarios que desde el ámbito civil y desde su compromiso de fe se han desgastado por atender a los más golpeados por esta crisis sanitaria. Entre estas víctimas ocupan un lugar privilegiado nuestros mayores. Aprendamos esta lección de la historia, ya que «en una civilización en la que no hay sitio para los ancianos o se los descarta porque crean problemas, esta civilización lleva consigo el virus de la muerte». De manera especial, esmeremos nuestros cuidados por los ancianos que están enfermos, sin olvidar que el enfermo que se siente rodeado de una presencia amorosa, humana y cristiana, supera toda forma de depresión y no cae en la angustia de quien, en cambio, se siente solo y abandonado a su destino de sufrimiento y de muerte.
Muchos de nuestros mayores, en la plenitud de su vida, elevan su mirada a la trascendencia, sabiendo discernir lo importante y prescindir de lo pasajero. Esta mirada suya es imprescindible en medio de esta sociedad que muchas veces se aferra a lo temporal y olvida nuestra condición de peregrinos en esta tierra que encaminan sus pasos a la eternidad. No dejemos de educar para la muerte, que está en la esencia del ser; para la vejez, que forma parte de la existencia; para el sufrimiento y la dependencia, frente a la idolatrada autonomía, que nos ayudan a sentir la filiación y la humildad, y nos sitúan frente a Dios.
Tengamos presente que «la fe sin obras está muerta» (Sant 3, 26). Busquemos modos concretos para vivir este cariño y veneración por nuestros mayores. Sirva de ejemplo la campaña lanzada por el Dicasterio de Laicos, Familia y Vida «Cada anciano es tu abuelo», que invita a utilizar la fantasía del amor y llamar por teléfono o por video y escuchar a las personas mayores. Terminamos haciendo nuestras las palabras que el papa Francisco dirigía a los mayores:
La ancianidad es una vocación. No es aún el momento de «abandonar los remos en la barca». Este período de la vida es distinto de los anteriores, no cabe duda; debemos también un poco «inventárnoslo», porque nuestras sociedades no están preparadas, ni espiritual ni moralmente, para dar a este momento de la vida su valor pleno.
Que la Sagrada Familia de Nazaret, hogar de caridad, interceda por nuestras familias para que seamos custodios del tesoro que hemos recibido en nuestros mayores.
Que la Luz y el espíritu de la Sagrada Familia nos ayude y fortalezca para defender en todo momento la vida humana, para dignificarla y amarla, y, darle, sobre todo, el sentido que Dios ha pensado desde siempre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.