"El Señor Dios le replicó:
«¿Quién te informó de que estabas desnudo? ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer?».
Adán respondió:
«La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí».
El Señor Dios dijo a la mujer:
«¿Qué has hecho?».
La mujer respondió:
«La serpiente me sedujo y comí».
A simple vista pareciera que nunca tenemos la culpa de nada, sino que ha sido otro quien nos ha llevado al pecado, pues nosotros solo dijimos que sí a lo que me ofrecían. Casi que se podría decir que el dialogo de Dios con Adán y Eva, después del pecado, es un diálogo que se repite por los siglos entre las diferentes generaciones: no he sido yo, sino que me han echo pecar... intentando quitarnos de encima la responsabilidad de haber cometido algo que no debíamos, pero no lo hice porque quise, sino porque insistieron.
Desde aquella época, aún conservamos esa espina de querer quitarnos la responsabilidad de lo que sucede, y tirársela a otro, para que ese otro de la tire al otro, y así, intentando que, por lo menos, no sea yo quien tenga la culpa.
Y es cierto, fue alguien quien tiró la primera idea, pero tú la aceptaste y te hiciste cargo de tu respuesta y aceptación, entonces hazte cargo de lo que has hecho, reconoce que no ha pensado, que has dejado que te lleven a ese lugar, a cometer ese hecho. Tú eres una persona que tiene, no sólo que aprender a pensar por sí mismo y a decidir por sí mismo, sino que también tienes que hacerte cargo de tus acciones y omisiones, de tus respuestas y palabras, de tus hechos, de tu vida.
Muchas veces tenemos en la cabeza que el reconocer un error, el pedir disculpas o perdón no hacen más débiles, y, en realidad, es todo lo contrario, hay que ser muy fuertes para pedir perdón, para perdonar, para reconocer mis errores y dar cuenta de mis responsabilidades. Y, a la vez, al hacerlo voy creciendo en sabiduría porque voy "capitalizando" las enseñanzas de mis errores, especialmente para no volver a cometer los mismos.
Y, frente a la imagen de Adán y Eva, tenemos la imagen de María, y también José, que asumieron en sus vidas la respuesta que le dieron al Señor: ¡He aquí la esclava del Señor! dijo María, y José, en supo aceptar a María luego del sueño del ángel, y fue fiel a su vocación y a su misión como esposo y padre.
Hoy, en el día de la Inmaculada, ya próximos a la Navidad, tenemos que mirar hacia nuestro interior y descubrir cuales han sido nuestra actitudes frente a la Voluntad de Dios, si la hemos dejado de lado, o nos hemos dejado llevar por los aires del mundo, para que, con un corazón purificado por el arrepentimiento y pedido de perdón, pueda disponer un corazón libre para el Nacimiento del Hijo de Dios, no en un sucio y frío establo, sino en un limpio y cálido corazón abierto, como el de María, a la Voluntad de Dios.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.