Creo que es imposible no emocionarse con el canto del Magnificat, leer cada una de sus palabras y recordare el momento en que fue dicho y por quién. Creo que, además, si podemos situarnos en aquél día donde dos mujeres se llenaron del Espíritu y dejaron que Él mismo hablara por ellas y desde ellas, podremos entender el por qué emociona leerlo o escucharlo.
Cuando María entra en la casa de Isabel y Zacarías, el evnagelista nos dice que el niño saltó de alegría en el seno de Isabel y ella llena del Espíritu Santo exclamó la primera bienaventuranza sobre María: ¡Bendita tú entre las mujeres! Una bienaventuranza que surgió de un corazón lleno del Espíritu Santo. Una bienaventuranza que volvemos a proclamar todos los días cuando rezamos el Ave María, pensando que María, como en ese día, viene a nuestro encuentro y nos transmite aquél mismo Espíritu que la cubrió y la transformó en la Madre del Señor.
Y, aunque pareciera un acto de vanidad y soberbia, María, también, llena del Espíritu Santo clama un cántico de novedad, un cántico de Bienanventuranza sobre sí misma, pero es sobre todo, sobre le poder del Señor que la llamó a ser la Madre de su Unigénito:
«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava”.
"Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.
María consciente de su pequeñez no puede no alabar al Señor, porque su poder ha sido demostrado en su condición de Madre del Salvador; pero, además, no puede no mostrar una verdad: el poder del Señor se demuestra desde la humildad de su servidora. Esa Humildad que se muestra en la disponibilidad ante la Voluntad de Dios, y que, ya desde Nazaret María comenzó a vivirla, cuando le dijo al Ángel: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra".
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