jueves, 6 de diciembre de 2018

Constuirnos sobre Roca

"No todo el que me dice Señor, Señor" y no sólo se refiere a los hipócritas, sino que, muchas veces, decimos cosas que no sabemos qué significan o qué quieren decir en nuestra vida cristiana. ¿Por qué? Porque no siempre nos hemos dejado tiempo para madurar en la fe, en las verdades de la fe; nos hemos quedado con el catecismo de la primera comunión (si es que lo hemos escuchado) y no hemos seguido profundizando, por eso, decimos cosas que no sabemos qué significan o qué deben significar en nuestra vida cristiana.
Decir Señor, Señor, como dice Jesús, es saber que Él es el Señor de nuestras vidas, como María que el día de la anunciación le dijo al Ángel: he aquí la Esclava del Señor, y fue realmente la Esclava del Señor, porque le dió al Señor toda su vida y dejó su libertad en manos de Dios, y así llegó a ser la Bienaventurada por todas las generaciones, porque el Señor, Su Señor, hizo en Ella grandes cosas.
Pero ¿tengo que dejar de ser libre para que Él sea mi Señor? En parte sí, en parte no, o totalmente sí y totalmente no. Sí, es complicado. Si conociéramos veraderamente al Señor y cómo es Él no tendríamos miedo, como María, de hacernos sus esclavos porque sabríamos que darle toda nuestra vida a Dios es crecer como persona, es vivir plenamente libre en el Amor, es poder encontrarnos siempre a nosotros mismos y llevar a plenitud los deseos que hay en nuestro corazón.
Vuelvo a insistir: miremos a María, nuestra Madre del Cielo. Ella dejó de vivir para sí misma y se entregó por entero al Señor. Es cierto que no siempre su vida fue un caminar sobre lecho de rosas, pero en todo momento, en el gozo de Nazareth o en el dolor del Calvario, siempre se mantuvo en pie y fiel a la Voluntad de Dios, pues sabía, en su corazón, que el Padre no la abandonaría, y por eso hoy la llamamos la Bienaventurada Virgen María, la Llena de Gracia, La Perfectísima, y todos los títulos que se nos ocurran porque Ella alcanzó la perfección no sólo como hija de Dios, sino como hombre verdadero, porque alcanzó la plenitud de todo su ser haciéndose la Esclava del Señor.
Por eso, para construir nuestra vida cristiana tenemos que poner sólidos cimientos no en el conocimiento intelectual de nuestro Dios, sino en el conocimiento personal de nuestro Padre Dios, de nuestro Hermano Jesús, para poder saber que el Amor que Ellos nos tienen es el Amor que nos hace libres, que nos hace descubrir los mejores valores que hay en nosotros y que con todos ellos podemos llegar a construir una personalidad sólidad que ya nada la podrá destruir.
Podrán venir todas las tormentas de la vida que quieran pero nunca podrán destruirme, porque mi vida está cimentada en la Roca firme mi fe en un Dios Padre Todopoderoso y en su Hijo Jesucristo quien por Amor entregó su vida por mí, y en el Espíritu Santo que enciende mi fe cada día con el fuego de su Amor, para que junto a María pueda vivir una entrega seria y confiada en las Manos de Aquél que me llamó desde antes de la creación del mundo para ser santo e irrpochable por el Amor.

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