Una vez alguien me preguntó acerca de esta frase que decimos en Misa:
"Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme".
En realidad me preguntaba por qué decíamos que no éramos dignos de que Él entre en nuestra casa.
Si leemos el evangelio de hoy vamos a descubrir el por qué de esta respuesta en un momento de la Misa.
Es la respuesta que le dió a Jesús un centuríón romano, que no era judío, y por eso no se sentía digno de que Jesús, que era judío y rabbí, pero además por sus palabras le domostraba mucha admiración, y eso provocó una hermosa respuesta de Jesús:
"En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe".
Y hay varias cosillas dentro de esto que podríamos meditar: la dignidad y la fe, creo, y algo más que saldrá por ahí.
En realidad ¿quién es digno de que el Señor venga a nuestra casa? Creo que la mayoría nos consideramos indignos de recibir al Señor, de recibir la Eucaristía, porque siempre hay alguna mancha de pecado en nuestro corazón, no siempre están tan puros e inmaculados como quisiéramos. Salvo que no tengamos conciencia de pecado y nos creamos más Inmaculados que María. Pero si somos conscientes de nuestra naturaleza simpre tenemos algo que modificar, algo por lo que pedir perdón, y, por supuesto, siempre estaremos en camino de conversión.
Pero no es nuestra dignidad en lo que Jesús se ha fijado, sino en nuestra necesidad de Su Vida, porque "tanto nos amó el Padre que nos envió a Su Hijo... para que tuviéramos vida y Vida en abundancia". Por eso mismo Jesús nos dijo "sin Mí no podéis hacer nada".
Sí, Él nos amó primero cuando todavía éramos pecadores y se entregó en la Cruz para salvarnos de nuestro pecado, y debemos alegrarnos de nuestra debilidad porque así cada día lo necesitaremos más, cada día viendo nuestra indignidad lo buscaremos para que nos ayude y fortalezca para convertirnos, para alcanzar la santidad que sólo su Vida nos puede dar. No buscamos la Eucaristía porque somos perfectos, la necesitamos para alcanzar la perfección en el Amor.
Y ese es un acto de fe enorme, saber que, a pesar de mi imperfección y pecado, el Padre me ama y el Hijo me ama, y los dos vienes a mí para ayudarme a alcanzar la santidad en el Amor, para ayudarme a ser Fiel a la Vida que ellos me han dado por el Espíritu que habita en mí. En la debilidad lo busco, en el pecado lo necesito, en la enfermedad me consuela, en el llanto me sostiene, en la indignidad me ama.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.