De un autor del siglo segundo.
Hagamos penitencia mientras vivimos en este mundo. Somos, en efecto, como el
barro en manos del artífice. De la misma manera que el alfarero puede componer
de nuevo la vasija que está modelando, si le queda deforme o se le rompe, cuando
todavía está en sus 1nanos, pero, en cambio, le resulta imposible modificar su
forma cuando la ha puesto ya en el horno, así también nosotros, mientras estamos
en este mundo, tenemos tiempo de hacer penitencia y debemos arrepentirnos con
todo nuestro corazón de los pecados que hemos cometido mientras vivimos en
nuestra carne mortal, a fin de ser salvados por el Señor.
Una vez que hayamos salido de este mundo, en la eternidad, ya no podremos
confesar nuestras faltas ni hacer penitencia. Por ello, hermanos, cumplamos la
voluntad del Padre, guardemos casto nuestro cuerpo, observemos los mandamientos
de Dios, y así alcanzaremos la vida eterna. Dice, en efecto, el Señor en el
Evangelio: Si no habéis sido fieles en lo poco, ¿quién os confiará lo mucho? Porque os
aseguro que quien es fiel en lo poco es también fiel en lo mucho. Esto es lo
mismo que decir: «Guardad puro vuestro cuerpo e incontaminado el sello de vuestro
bautismo, para que seáis dignos de la vida eterna.»
Que ninguno de vosotros diga que nuestra carne no era juzgada ni resucitará;
reconoced, por el contrario,
que ha sido por medio de esta carne en la que vivís que habéis sido salvados y
habéis recibido la visión. Por ello debemos mirar nuestro cuerpo como si se
tratara de un templo de Dios. Pues de la misma manera que habéis sido llamados
en esta carne, también en esta carne saldréis al encuentro del que os llamó. Si
Cristo el Señor, el que nos ha salvado, siendo como era espíritu, quiso hacerse
carne para podernos llamar, también nosotros por medio de nuestra carne
recibiremos la recompensa.
Amémonos, pues, mutuamente a fin de que podamos llegar todos al reino de Dios.
Mientras tenemos tiempo de recobrar la salud, pongámonos en manos de Dios, para
que él, como nuestro médico, nos sane; y demos los honorarios debidos a este
nuestro médico. ¿Qué honorarios? El arrepentimiento de un corazón sincero.
Porque él conoce de antemano todas las cosas y penetra en el secreto de nuestro
corazón. Tributémosle, pues, nuestras alabanzas no solamente con nuestros
labios, sino también con todo nuestro corazón, a fin de que nos acoja como
hijos. Pues el Señor dijo: Quien cumple la voluntad de mi Padre será mi hermano.
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