sábado, 4 de noviembre de 2017

No te engrías por los Dones recibidos

Así como sentía tristeza, san Pablo, por el pueblo de Israel por no haber reconocido al Señor como su Mesías, siente en la misma intensidad alegría porque de ese modo la salvación llegó a los gentiles, a los que no eran parte del Pueblo Elegido. Es cierto que no hace distinción entre los pueblos pues aún confía que la Promesa hecha a Israel permanezca no sólo en el corazón de Dios, sino que lo tengan presente en Israel, pues la plenitud de Israel será la plenitud que llegue a todos los hombres.
Asi también advierte a los gentiles que ahora son el pueblo elegido por Jesús, que no piensen que eso es sin trabajo de parte de ellos, sino que tendrán que vivir en fidelidad para seguir siendo quienes lleven esa misma Gracia a todos los hombres.
Que el haber conseguido algo que no era para nosotros no sea causa de engreímiento, sino de alegría y, a la vez, una responsabilidad el seguir viviendo de acuerdo a lo que hemos conseguido.
Muchas veces nos sucede, como dice el refranero popular, que "nos dormimos en los laureles", pensamos que ya hemos conseguido lo que queríamos y ahora ya es suficiente. Alguien decía una vez: ya he hecho lo que Dios quería, ahora me toca hacer a mí lo que quiero. Y ese es nuestro error: creer que porque hemos conseguido algo o hemos hecho algo ya es suficiente para dejar de hacer lo que debemos.
El Camino de nuestra santidad, que hemos elegido, es una camino que puede llegar a tener algún descanso, alguna meseta, pero siempre es un Camino que por el que debemos ir ascendiendo hacia la perfección en el amor. Quedarnos estancados en un escalón o en un nivel que nos parece bueno es algo que nos hace perder mucha vida, pues la vida no permanece estática o crece o muere, y, lo mismo le pasa a la vida espiritual o maduramos en ella o la dejamos morir lentamente.
Así es el camino que nos presenta el Señor en el Evangelio, el Camino de la humildad, de reconocer que no somos los primeros en todo, sino que teniendo los Dones que tenemos los tenemos que poner al servicio de los demás, no creer que porque Dios nos ha premiado con algo que otros no tienen, podemos elegir los mejores lugares y sentarnos en la cabecera de la mesa. Sino que buscar el lugar más apropiado para demostrar que todo lo que hemos conseguido y todo lo que tenemos no es gracias a nuestro esfuerzo, sino gracias a los Dones que el Señor me ha regalado y a la fortaleza del Espíritu que nos ha fortalecido en la lucha de hacerlos madurar cada día.
De este modo será el Señor quien me lleve, como decía Santa Teresita, en sus alas a las alturas de la santidad.

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