De un autor del siglo segundo
Hermanos míos, hagamos la voluntad del Padre que nos ha llamado y esforcémonos
por vivir ejercitando la virtud con el mayor celo; huyamos del vicio como del
primero de nuestros males y rechacemos la impiedad, a fin de que el mal no nos
alcance. Porque si nos esforzamos en obrar el bien lograremos la paz. La razón
por la que algunos hombres no alcanzan la paz es porque se dejan llevar por
temores humanos y posponen las promesas futuras a los gozos presentes. Obran así
porque ignoran cuán grandes tormentos están reservados a quienes se entregan a
los placeres de este mundo y cuán grande es la felicidad que nos está preparada
en la vida eterna. Y si ellos fueran los únicos que hicieran esto, sería aún
tolerable; pero el caso es que no cesan de pervertir a las almas inocentes con
sus doctrinas depravadas, sin darse cuenta de que de está forma incurren en una
doble condenación: la suya propia y la de quienes los escuchan.
Nosotros, por tanto, sirvamos a Dios con un corazón puro y así seremos justos;
porque si no servimos a Dios y desconfiamos de sus promesas, entonces seremos
desgraciados. Se dice, en efecto, en los profetas: Desdichados los de ánimo doble, los que dudan en su corazón, los que dicen: «Todo esto
hace tiempo que lo liemos oído, ya fue dicho en tiempo de nuestros padres; hemos
esperado, día tras día, y nada de ello se ha realizado.» ¡Oh insensatos!
Comparaos con un árbol; tomad, por ejemplo, una vid: primero se le cae la hoja,
luego salen los brotes, después puede contemplarse la uva verde, finalmente aparece
la uva ya madura. Así también mí pueblo: primero sufre
inquietudes y tribulaciones, pero luego alcanzará la felicidad.
Por tanto, hermanos míos, no seamos de ánimo doble, antes bien perseveremos en
la esperanza á fin de recibir nuestro galardón, porque es fiel aquel que ha
prometido dar a cada uno según sus obras. Si practicamos, pues, la justicia ante
Dios, entraremos en el reino de los cielos y recibiremos aquellas promesas que
ni el ojo vio, ni el
oído oyó, ni vino a la mente del hombre.
Estemos, pues, en todo momento en expectación del reino de Dios, viviendo en la
caridad y en la justicia, pues desconocemos el día de la venida del Señor. Por
tanto, hermanos, hagamos penitencia y obremos el bien, pues vivimos rodeados de
insensatez y de maldad. Purifiquémonos de nuestros antiguos pecados y busquemos
nuestra salvación arrepintiéndonos de nuestras faltas en lo más profundo de
nuestro ser. No adulemos a los hombres ni busquemos agradar solamente a los
nuestros; procuremos, por el contrario, edificar con nuestra vida a los que no
son cristianos, evitando así que el nombre de Dios sea blasfemado por nuestra
causa
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.