Hay preguntas que no nos gustan que nos hagan a lo largo de nuestra vida, y, creo que, tampoco nos gusta la pregunta final que nos hace Jesús al final de nuestra vida, la cual se resume en una breve pregunta, que fue la misma que la Sagrada Escritura guardó y que Dios le hizo a Caín:
“¿qué has hecho con tu hermano?”
La liturgia nos presenta al final del tiempo litúrgico, antes de comenzar el Adviento, la imagen del Juicio Final, el momento en que, al llamado del Padre, nos presentaremos para dar respuesta de lo que hemos hecho con nuestra vida, con los talentos que el Señor nos regaló, cómo hemos vivido, en resumen, el mandamiento del Amor.
No nos va a preguntar cuántos rosarios hemos rezado, ni a cuántas misas hemos ido, ni cuántos sacramentos hemos recibido, pues Él sabe todo lo que nos ha regalado y ofrecido. Pero todo lo que nos ha dado y hemos realizado como actos litúrgicos y de ofrecimientos son para hacernos madurar en el Amor. Por eso, la única pregunta será: “¿has amado como Yo te he amado?”
Y el Amor se expresa en las obras, no en las palabras, pues, parafraseando a San Pablo: el amor sin obras no sirve. O como dice San Juan en su carta: “quien dice que ama a Dios a quien no ve, y no ama a su hermano a quien ve es un mentiroso”.
Por eso es bueno que al final de cada día podamos hacernos la misma pregunta, para que el último día no nos pille de sorpresa: hoy ¿he amado como Jesús me amó?
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