Aunque no parece porque estamos a mediados de noviembre, pero la liturgia nos va invitando a pensar en que ya se está acabando el año, aunque sea el año litúrgico. Por eso comenzaremos a leer o escuchar lecturas que nos hablan de estar preparados al Señor. Como en el evangelio de hoy que volvemos a escuchar la parábola de las 10 vírgenes o doncellas: 5 necias y 5 sensatas, pero sobre todo lo importante de este relato es que, en algún momento, sin saber cuándo será el Señor vendrá a nuestras vidas a pedirnos algo, a querer que respondamos con rapidez a Su Llamado, y ¿estaremos dispuestos y preparados para responderle? O nos pasará como las insensatas: que tendremos que volver sobre nuestros pasos para buscar algo que nos ayude a ver y a pensar qué hacer para responderle al Señor.
Siempre es bueno que pensemos, que reflexionemos lo que nos pide el Señor, lo que se nos cruza en el Camino de la Vida, pero no demoremos la pregunta, porque si demoramos la pregunta quizás no nos encontremos con el Señor al responderle. Y ese es el tema también de esta parábola: no demorarnos en volver a repensar sino en que siempre estemos preparados para salir al Encuentro del Señor, del Señor que no sólo viene directamente a nuestras vidas, sino que viene cuando Él quiere y sabe que tiene o necesita de nosotros.
Aunque, también, si unimos el evangelio a la carta de San Pablo el Señor quiere que siempre estemos preparados para el momento de nuestra muerte o de la muerte de nuestros seres queridos. Sí, seguro que es una realidad que sabemos que vendrá a nuestras vidas, pero eso no significa que estemos preparados para vivirla de una manera conforme a lo que creemos. Muchas veces, no sólo la muerte, sino las cruces en nuestra vida no las aceptamos como debemos sino que, en algunos momentos, las rechazamos por el dolor y la oscuridad que llegan a nuestras vidas, pues no siempre estamos preparados para asumir la Cruz de cada día, sino que estamos tan preocupados de nuestras cosas que nos olvidamos de preparar el alma para que esté fuerte y alimentada con el aceite de la oración que ilumine la oscuridad que nos toque vivir.
Por eso salir al Encuentro del Señor es llegar a Él para alimentar nuestra fe, para madurar en nuestra esperanza y fortalecer el amor que nos impulsa a renunciar a nosotros mismos y a encontrarnos con Él cara a cara y descubrir qué es lo que nos pide en cada momento.
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