jueves, 16 de octubre de 2025

Cazarlo para acusarlo

"¡Ay de vosotros, maestros de la Ley, que os habéis apoderado de la llave de la ciencia: vosotros, no habéis entrado y a los que intentaban entrar se lo habéis impedido!».
Al salir de allí, los escribas y fariseos empezaron a acosarlo implacablemente y a tirarle de la lengua con muchas preguntas capciosas, tendiéndole trampas para cazarlo con alguna palabra de su boca".
Esto es algo que nos suele ocurrir a todos: cuando alguien nos acusa de algo o nos hace ver que hemos cometido un error o que lo estamos por cometer, no nos ponemos a analizar lo que hemos hecho o lo que vamos a hacer para ver cómo corregirnos, sino que comenzamos a ver al otro como un enemigo y empezaremos a buscar argumentos para no escuchar lo que nos quieren decir para ayudarnos.
Los maestros de la Ley no se pusieron a pensar el por qué Jesús les decía esas cosas, sino que heridos en su orgullo se pusieron a idear trampas para poder acusarlos y así no tener que pensar en las cosas que les dijo porque era un embustero.
El orgullo y la vanidad y ni que hablar de la soberbia nos impiden reconocer nuestros errores, los que hemos hecho o los que estamos por cometer, y por eso mismo dejamos, muchas veces, de hablar con alguien, de cortarnos solos, de no pedir consejos, porque no me gusta que me orienten, ni que me aconsejen porque ya soy adulto y se lo que tengo que hacer y cómo debo hacerlo.
Nos engañamos tanto a nosotros mismos que por esa razón no llegamos a alcanzar la meta que el Padre quiere para nosotros, no llegamos, tampoco, a estar tranquilos con nosotros mismos porque sabemos que no estamos haciendo del todo bien las cosas. Nos quedamos, mas en estos tiempos, con la apariencia de que estoy conforme con lo que vivo, pero sé que en el fondo no estoy del todo bien, y no tengo el valor de pedir ayuda a quien puede orientarme en el camino de la santidad, ni tan solo aprendo a escuchar a los que me quieren para que pueda "acomodar" mi vida y mi búsqueda de la Voluntad de Dios.

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