Del prólogo al comentario de san Jerónimo, presbítero, sobre el libro del profeta Isaías.
Cumplo con mi deber, obedeciendo los preceptos de Cristo, que dice: Ocupaos en examinar las Escrituras, y también: Buscad y hallaréis, para que no tenga que decirme, como a los judíos: Estáis en un error; no entendéis las Escrituras ni el poder de Dios. Pues si, como dice el apóstol Pablo, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios, y el que no conoce las Escrituras no conoce el poder de Dios ni su sabiduría, de ahí se sigue que ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo.
Por esto quiero imitar al amo de casa, que de su provisión saca lo nuevo y lo antiguo, y a la esposa que dice en el Cantar de los cantares: He guardado para ti, mi amado, lo nuevo y lo antiguo; y, así, expondré el libro de Isaías, haciendo ver en él no sólo al profeta, sino también al evangelista y apóstol. Él, en efecto, refiriéndose a sí mismo y a los demás evangelistas, dice: ¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian el bien, de los que anuncian la paz! Y Dios le habla como a un apóstol, cuando dice: ¿A quién mandaré? ¿Quién irá a ese pueblo? Y él responde: Aquí estoy, mándame.
Nadie piense que yo quiero resumir en pocas palabras el contenido de este libro, ya que él abarca todos los misterios del Señor: predice, en efecto, al Emmanuel que nacerá de la Virgen, que realizará obras y signos admirables, que morirá, será sepultado y resucitará del país de los muertos, y será el Salvador de todos los hombres.
¿Para qué voy a hablar de física, de ética, de lógica? Este libro es como un compendio de todas las Escrituras y encierra en sí cuanto es capaz de pronunciar la lengua humana y sentir el hombre mortal. El mismo libro contiene unas palabras que atestiguan su carácter misterioso y profundo: Cualquier visión se os volverá —dice— como el texto de un libro sellado: se lo dan a uno que sabe leer, diciéndole: «Por favor, lee esto». Y él responde: «No puedo, porque está sellado». Y se lo dan a uno que no sabe leer, diciéndole: «Por favor, lee esto». Y el responde: «No sé leer».
Y si a alguno le parece débil esta argumentación, que oiga lo que dice el Apóstol: Cuanto a los dotados del carisma de profecía, que hablen dos o tres, y que los demás den su dictamen; y, si algún otro que está sentado recibiera una revelación, que calle el que está hablando. ¿Qué razón tienen los profetas para silenciar su boca, para callar o hablar, si el Espíritu es quien habla por boca de ellos? Por consiguiente, si recibían del Espíritu lo que decían, las cosas que comunicaban estaban llenas de sabiduría y de sentido. Lo que llegaba a oídos de los profetas no era el sonido de una voz material, sino que era Dios quien hablaba en su interior, como dice uno de ellos: El ángel que hablaba en mí, y también: Que clama en nuestros corazones: «¡Padre!», y asimismo: Voy a escuchar lo que dice el Señor.
lunes, 30 de septiembre de 2024
Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo
domingo, 29 de septiembre de 2024
No es de los nuestros
Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no viene con nosotros. Jesús respondió: No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro
Por Gracia de Dios, cada uno de nosotros, somos personas individuales y diferentes, todos tenemos defectos y virtudes, pero, el Señor quiso que todos fuéramos parte de su Cuerpo Místico, y que todos, sin excepción, tuviéramos una misión particular: “él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelistas, a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo”. Todos distintos, con diferentes funciones y misiones, y, por qué no decirlo, con diferentes responsabilidades.
Pero, claro, en este Cuerpo hay un virus que se llama “pecado original”, y es el que hace que no siempre respetemos las diferencias y las misiones, sino que, muchas veces, por el lugar que ocupamos o que creemos que ocupamos, nos hacemos creer, a nosotros mismos, que somos mejores que los demás.
Y ahí es cuando surgen las divisiones entre nosotros y ustedes, entre los que son de los nuestros y los otros. Y, lo lamentable, es cuando esas divisiones surgen entre la misma familia, entre la misma comunidad. ¿Por qué es lamentable? Porque el Señor nos dijo: “sed uno para que el mundo crea”, y no somos UNO, sino que somos un montón de gente que, como dijo un amigo mío: a veces ni somos indiferentes, sino que no nos aguantamos.
¿Por qué suceden estas divisiones y desentendimientos? Porque no hemos puesto el centro en la Cabeza del Cuerpo, sino que algún miembro del Cuerpo se cree Cabeza, y no puede haber en un cuerpo más que una cabeza, y esa Cabeza es Jesucristo, Nuestro Señor. Y, cuando no estamos sujetos a Él por la oración, la reflexión de Su Palabra, por la Gracia Sacramental, entonces el pecado se apodera de nosotros y vamos creyendo que todo está bien cuando todo está mal porque no hemos sido Fieles a la Voluntad de Dios.
También es cierto que no es fácil mantener la unidad del Cuerpo, no es fácil se cabeza de un Grupo o Comunidad, pero no es imposible con la Gracia de Dios, pues para Él nada es imposible. Lo que es imposible es creer que porque sabemos más o porque no sé qué podemos ser más dios que Dios mismo.
sábado, 28 de septiembre de 2024
La acequia de Dios va llena de agua
De los Tratados de san Hilario, obispo, sobre los salmos
La acequia de Dios va llena de agua, preparas los trigales, riegas los surcos, tu llovizna los deja mullidos. No cabe duda alguna de cuál sea la acequia a la que se refiere nuestro texto, pues el profeta dice de ella: El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios. Y el mismo Señor afirma en el Evangelio. En aquel que beba del agua que yo le dé, se convertirá ésta en manantial, cuyas aguas brotan para comunicar vida eterna. Y también: Quien crea en mí, como ha dicho la Escritura, brotarán de su seno torrentes de agua viva. Esto lo dijo del Espíritu Santo, que habían de recibir los que a él se unieran por la fe. Esta acequia de Dios va, pues, llena de agua. En efecto, el Espíritu Santo nos inunda con sus dones y así, por obra suya, la acequia de Dios, brotando del manantial divino, derrama agua abundante sobre todos nosotros.
Y además, tenemos también un manjar. ¿De qué manjar se trata? De aquel, sin duda, que ya en este mundo nos dispone para gozar de la comunión de Dios, por medio de la comunión del cuerpo de Cristo, comunión que nos prepara para tener nuestra parte en aquel lugar donde reina ya este santísimo cuerpo. Esto es precisamente lo que significan las palabras del salmo que siguen a continuación: Preparas los trigales, y los valles se visten de mieses; porque en realidad, aunque ya estemos salvados desde ahora por este alimento, con todo, él nos prepara también para la vida futura.
Para quienes hemos renacido por medio del santo bautismo este alimento constituye nuestro mayor gozo, pues él nos aporta ya los primeros dones del Espíritu Santo, haciéndonos penetrar en la inteligencia de los misterios divinos y en el conocimiento de las profecías; este alimento nos hace hablar con sabiduría, nos da la firmeza de la esperanza y nos confiere el don de curaciones. Estos dones nos van penetrando, y son como las gotas de una lluvia que va cayendo poco a poco para que luego demos fruto abundante.
viernes, 27 de septiembre de 2024
Incertidumbre y ansiedad
"Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo:
Tiempo de nacer, tiempo de morir;
tiempo de plantar, tiempo de arrancar;
tiempo de matar, tiempo de sanar;
¿Qué saca el obrero de sus fatigas? Comprobé la tarea que Dios ha encomendado a los hombres para que se ocupen en ella: todo lo hizo bueno a su tiempo, y les proporcionó el sentido del tiempo, pero el hombre no puede llegar a comprender la obra que hizo Dios, de principio a fin".
Qué difícil es conocer los tiempos de Dios, sabiendo que Él tiene toda la eternidad y que es eterno, no nos cabe en la cabeza no poder conocer sus tiempos y sus deseos. Esa sensación de incertidumbre crea en nosotros, o en algunos, mucha ansiedad pues no podemos llegar a conocer cuándo sucederá algo o qué es lo que debo hacer o deberé hacer para que ocurra tal o cual cosa.
Esa incertidumbre por el futuro es lo que lleva a muchos a confiar no en la Providencia Divina, sino en los astros, en las cartas, en el horóscopo y en tantas otras cosas que pueden llegar a satisfacer la curiosidad de lo incierto. Vivir pendiente del futuro no es bueno para la persona pues eso sigue provocando más ansiedad, pues si en alguna de esas cosas que predicen el futuro te predicen algo malo el miedo se apodera de tí, y se te dicen algo bueno provoca más ansiedad de cuándo va a llegar.
Por eso la confianza y el abandono en la Providencia de Dios es lo que nos da paz interior y nos asegura una búsqueda cierta y sincera de Su Voluntad, no para el futuro, sino para el día a día, pues de este día nos tenemos que ocupar, pues sólo tenemos este día, como nos lo dijo el Señor: "cada día tiene su propio afán", porque "el día o la hora solo la conoce el Padre, ni siquiera el Hijo".
“Señor el Pasado a tu Misericordia, el Futuro a tu Providencia, el Presente a Tu Amor… Tu sabes Señor que lo único que tengo es el Día de Hoy para Amarte… Y por Ti a quienes me has dado..! Amen…
jueves, 26 de septiembre de 2024
Vanidad de vanidades
"¡Vanidad de vanidades! - dice Qohelet -.
¡Vanidad de vanidades; todo es vanidad!
¿Qué saca el hombre de todos los afanes con que se afana bajo el sol?".
Desde la primera vez que escuché esta Palabra del Señor y, sobre todo, desde que me la explicaron no he podido dejar de pensar en ella y, por eso, tratar de alejarme de la vanidad del mundo, de mi propia vanidad.
Y ¿qué es la vanidad? Es lo superficial que se vuelve importante, es el yo que se vuelve centro del mundo, es la fama que me hace creer que soy algo que no soy, es lo que muestro ser y no soy, es lo que ocupa el lugar del Señor, es lo humano que se cree divino, es el hombre que se cree Dios.
Cuando, en nuestra vida cristiana, mis proyectos, mis planes, mi yo no deja lugar al Señor, ni a Su Voluntad, entonces paso a vivir de vanidades, de cosas que me hacen sentir bien pero que no me dan la plenitud que me puede dar el vivir en la Voluntad de Dios.
Creemos que todo puede suplantar a Dios, y nadie ni nada puede suplantar a Dios. O, mejor dicho, sí puedo suplantarlo pero todo lo que haga o piense hacer será vanidad pues estará vacío de la Gracia de Dios, sólo serán planes y proyectos humanos que no nos llevan a ninguna parte, y, sobre todo, no ayudan al Plan de Salvación de Dios.
Nos creemos, muchas veces, los salvadores del mundo, del hombre, y sin embargo no somos más que instrumentos del Salvador, pero cuando dejamos de lado Su Voluntad y nos ponemos nosotros mismos y nuestras obras en el lugar de Dios, es entonces cuando todo lo que hagamos o proyectemos no contará con la Gracia de Dios, y, por lo tanto no entrará en el Plan de Salvación.
¿Por qué hago lo que hago? ¿Busco la Voluntad de Dios en lo que estoy pensando? ¿No será que me busco a mí mismo en lo que hago? ¿No será que sólo quiero que vean qué grande y qué bueno que soy en lo que hago?
"El Señor dijo: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería. ¿Quién de vosotros, si tiene un criado labrando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo: “Enseguida, ven y ponte a la mesa”? ¿No le diréis más bien: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”? ¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? 1Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: “Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”».
Si el instrumento deja de ser instrumento y se cree creador, es entonces cuando la vanidad ha invadido su corazón y ni siquiera hace lo que debería hacer, sino que sólo busca su fama y su gusto, y, así, no sirve para el Proyecto de Dios.
¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad!
miércoles, 25 de septiembre de 2024
Cumplid con lo que os digan
Del Sermón de san Agustín, obispo, Sobre los pastores
Por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor. Y ¿qué es lo que escucháis, pastores? Esto dice el Señor: Me voy a enfrentar con los pastores: les reclamaré mis ovejas.
Escuchad y atended, ovejas de Dios: El Señor reclama sus ovejas a los malos pastores y les pide cuenta de haberlas llevado a la muerte. Dice, en efecto, en otro lugar, por medio del mismo profeta: Hijo de hombre, te he puesto como atalaya en la casa de Israel: Cuando escuches una palabra de mi boca, les darás la alarma de mi parte. Si yo digo al malvado que es reo de muerte, y tú no le das la alarma —es decir, no hablas poniendo en guardia al malvado, para que cambie su mala conducta, y conserve la vida—, entonces el malvado morirá por su culpa, y a ti te pediré cuenta de su sangre. Pero si tú pones en guardia al malvado, y no se convierte de su maldad y de su mala conducta, entonces él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado la vida.
¿Qué significa esto, hermanos? ¿Habéis visto cuán peligroso sea callar? El malvado muere, y muere justamente; muere por su culpa y por su mala conducta; pero la negligencia del mal pastor lo llevó a la muerte. El malvado hubiera podido encontrar en su pastor al pastor de vida que dice: ¡Lo juro por mi vida! —Oráculo del Señor—; pero, como su pastor era negligente, el malvado no pudo oír la voz de aquel que precisamente fue constituido prelado y vigilante para amonestar al pueblo; así el malvado murió con toda justicia, pero el prelado también recibirá el castigo merecido. En cambio, si éste hubiera dicho al malvado: «Eres reo de muerte, pues te amenaza la espada del Señor», y él hubiera hecho caso omiso de esta espada inminente, y la espada hubiera caído sobre él, el malvado habría muerto ciertamente por su culpa, pero el prelado habría salvado su vida. Por eso es obligación nuestra amonestar, y es deber vuestro escuchar la voz del verdadero Pastor en las santas Escrituras, aun en el caso de que nosotros guardáramos silencio.
Veamos, pues, ya que así me lo había propuesto, si el Señor reclama las ovejas a los malos pastores para entregarlas a otros pastores que sean buenos. Contemplo al Señor cómo arrebata las ovejas de la mano de los malos pastores. Es esto lo que dice el texto: Me voy a enfrentar con los pastores: les reclamaré mis ovejas, los quitaré de pastores de mis ovejas para que dejen de apacentarse a sí mismos los pastores. «Cuando digo: los quitaré de pastores de mis ovejas, ya se entiende que es porque se apacientan a sí mismos, no a mi rebaño.»
¿De qué modo los quita de pastores para que dejen de apacentar a sus ovejas? Los quita de pastores cuando afirma: Cumplid y guardad lo que os digan, pero no los imitéis en sus obras, que es como si dijera: «Proclaman mis palabras, pero obran según sus deseos. Cuando vosotros no obráis según el ejemplo de los malos pastores, ellos ya no os apacientan; cuando, en cambio, realizáis lo que ellos os dicen, yo os apaciento.»
martes, 24 de septiembre de 2024
Los consejos de Dios
"El hombre juzga recto su camino, pero el Señor pesa los corazones.
Practicar el derecho y la justicia el Señor lo prefiere a los sacrificios.
Ojos altivos, corazón ambicioso; faro de los malvados es el pecado".
Estos y tantos otros consejos se hallan en todos los libros de la Biblia y, son eso: consejos de parte de Dios para el buena actuar de sus hijos. Pero, muchas veces, los tomamos como bellas palabras y nos entran por un oido y nos salen por el otro, sin ponernos a pensar cuánto es para mí y cuánto. Porque, lo pensemos o no, siempre habrá algo que me diga algo sobre mi conducta y mi manera de actuar frente a Dios y con mis hermanos.
A todo esto Jesús le da una vuelta más y, podríamos decir, que nos lo pone un poco más difícil pues nos compara a su verdadera familia, o nos deja fuera de ella.
«Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte».
Él respondió diciéndoles: «Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».
No es sólo escuchar la Palabra de Dios sino que lo que importa es llevarla a nuestra vida, hacer que la Palabra modifique nuestra vida y nos haga verdadera familia de Cristo, es decir, no transforme en cristianos porque vivimos como Cristo vivió.
Para muchos los consejos evangélicos, lo que Jesús ha predicado y nos ha pedido que vivamos, es sólo palabrería que servía para un momento histórico, pero que no son consejos que nos sean útiles hoy. Claro que eso es un engaño para no vivir lo que Dios nos pide, sino para llevar un nombre, un título, pero hacer lo que me conviene o lo que me gusta o lo que quiero, pero que, la mayoría de las veces, está muy lejos de la Voluntad de Dios.
Y es ahí donde los cristianos estamos fallando desde hace mucho tiempo, que no le damos lugar a la Voluntad de Dios en nuestras vidas, a pesar de que todos los días, o casi todos, decimos: "hágase Tu Voluntad en la tierra como en el cielo", y ¿quién es el que debe hacer esa Voluntad de Dios? No, no es el vecino en el que tengo que poner el ojo crítico y juzgarlo a ver si vive o no vive, sino que tengo que mirarme yo mismo pues soy yo quien lo reza y lo dice.
lunes, 23 de septiembre de 2024
Alzaré fuerte mi voz a Él
De las cartas de San Pío de Pietrelcina
En fuerza de esta obediencia me resuelvo a manifestarle lo que
sucedió en mí desde el día 5 por la tarde que se prolongó durante todo
el 6 del corriente mes de agosto.
No soy capaz de decirle lo que
pasó a lo largo de este tiempo de superlativo martirio. Me hallaba
confesando a nuestros seráficos la tarde del 5, cuando de repente me
llené de un espantoso terror ante la visión de un personaje celeste que
se me
presenta ante los ojos de la inteligencia. Tenía en la mano una
especie de dardo, semejante a una larguísima lanza de hierro con una
punta muy afilada y parecía como si de esa punta saliese fuego. Ver todo
esto y observar
que aquel personaje arrojaba con toda violencia tal dardo sobre el
alma fue todo uno. A duras penas exhalé un gemido, me parecía morir. Le
dije al seráfico que se marchase, porque me sentía mal y no me
encontraba
con fuerzas para continuar. Este martirio duro sin interrupción
hasta la mañana del día siete. No sabría decir cuánto sufrí en este
periodo tan luctuoso. Sentía también las
entrañas como arrancadas y desgarradas por aquel instrumento
mientras todo quedaba sometido a hierro y fuego.
Y ¿qué decirle
con respecto a lo que me pregunta sobre cómo sucedió mi crucifixión?
¡Dios mío, qué confusión y humillación experimento al tener que
manifestar lo que tú has obrado en esta tu mezquina criatura!
Era
la mañana del 20 del pasado mes de septiembre en el coro,
después de la celebración de la santa misa, sentí una sensación de
descanso, semejante a un dulce sueño. Todos los sentidos internos y
externos, incluso las mismas facultades del alma se encontraron en una
quietud indescriptible. Durante todo esto se hizo un silencio
total en torno a mí y dentro de mí; siguió luego una gran paz y abandono
en la más completa privación de todo, como un descanso dentro de la
propia ruina. Todo esto sucedió con la velocidad del rayo.
Y
mientras sucedía todo esto, me encontré delante de un misterioso
personaje, semejante al que había visto la tarde del 5 de agosto, que se
diferenciaba de éste solamente en que tenía las manos, los pies y
el costado manando sangre. Sólo su visión me aterrorizó; no sabría
expresar lo que sentí en aquel momento. Creí morir y
habría muerto si el Señor no hubiera intervenido para sostener mi
corazón, el cual latía como si se quisiera salir del pecho. La visión
del personaje desapareció y yo me encontré con las manos,
los pies y el costado traspasados y manando sangre. Imaginad qué
desgarro estoy experimentando continuamente casi todos los días. La
herida del corazón mana asiduamente sangre, sobre todo desde el jueves
por la tarde hasta
el sábado.
Padre mío, yo muero de dolor por el desgarro y
la subsiguiente confusión que yo sufro en lo más íntimo del corazón.
Temo morir desangrado, si el Señor no escucha los gemidos de
mi corazón y retira de mí este peso. ¿Me concederá esta gracia
Jesús que es tan bueno? ¿Me quitará al menos esta confusión que
experimento por estas señales externas? Alzaré
fuerte mi voz a él sin cesar, para que por su misericordia retire
de mí la aflicción, no el desgarro ni el dolor, porque lo veo imposible y
yo deseo embriagarme de dolor, sino estas señales externas que son para
mí de una confusión y humillación indescriptible e insostenible.
El
personaje del que quería hablarle en mi anterior, no es otro que el
mismo del que le hablé en otra carta mía y que vi el 5 de
agosto. El continúa su actividad sin parar, con gran desgarro del
alma. Siento en mi interior como un continuo rumor, como el de una
cascada, que está siempre echando sangre. ¡Dios mío!
Es justo el
castigo y
recto tu juicio, pero trátame al fin con misericordia. Señor —te
diré siempre con tu profeta—: Señor no me corrijas con ira, no me
castigues con cólera. Padre mío, ahora que conoces toda mi
interioridad, no desdeñes de hacer llegar hasta mí la palabra de
consuelo, en medio de tan feroz y dura amargura.
domingo, 22 de septiembre de 2024
No es lógica
"Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante.
Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo:
«Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».
¡Cómo nos cuesta entender que la lógica de Dios no es la lógica de los hombres! Y menos del mundo en el que vivimos.
Hoy en día estamos acostumbrados a que si no tenemos “poder” no somos nadie, y, sin embargo, Dios nos pide que no tengamos poder sino que seamos servidores, que el servicio es el que nos hace grandes en el Reino de Dios.
Sí, seguro que me dirás que tú no quieres tener poder, pero, en realidad, todos tenemos ese apetito que, muchas veces, nos hace estar mal con alguien, incluso de nuestra propia familia.
Claro que Dios no sólo habla del poder de los grandes, de los gobernantes de las naciones, sino del poder que pretendemos tener muchos. Sí, el poder de creer que sólo yo tengo la verdad, el poder de decir que esto es mío y no lo toque nadie, el poder de pasar por encima de alguien, el poder de hacer sentir mal a mi hermano, el poder que querer saber más que los demás… ¡hay tantas clases de apetito de poder! Que sería una infinita lista para que nos examináramos.
Por eso, lo mejor, para nosotros, los hijos de Dios, es examinarnos en el amor. Como dijo San Juan de la Cruz: “en el atardecer de la vida seremos examinados en el amor”, a lo que Santa Teresita de Lisieux transforma: “en el atardecer de la vida me presentaré ante Ti con las manos vacías”. Porque el amor nos lleva a donarnos totalmente a los demás, a buscar siempre el bien y lo mejor para el otro, como lo hizo Jesús que no buscó su propio bien sino que se entregó por amor a nosotros, y lo hizo cuando aún estábamos en pecado.
Y, más aún si tomamos la frase de San Agustín: “Ama y haz lo que quieras, pero primero ama. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos”.
Dejemos que los que viven en el mundo intenten pisotearse entre sí, o, incluso pisotearnos a nosotros los hijos de Dios, pero no hagamos lo mismo que ellos, sino que intentemos, con la Gracia del Espíritu Santo, vivir sirviendo por amor incluso a los que no nos quieren, porque, como dijo Jesús: “si amas a quien te ama ¿qué mérito tienes? ¿No hacen lo mismo los paganos? Por eso yo os digo: amad a vuestros enemigos…” y más todavía.
sábado, 21 de septiembre de 2024
Santos en el amor
"Hermanos:
Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados.
Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados".
"La vocación a la que habéis sido convocados" ¿sabes cuál es la vocación a la que has sido convocado? La Santidad: "sed perfectos porque vuestro Padre celestial es perfecto, sed santos porque vuestro Padre celestial es santo", "Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor".
La santidad es nuestra vocación, es nuestro llamado, es el Camino que el Padre quiere que recorramos, pues para eso nos ha dado el Espíritu Santo el día de nuestro bautismo, para santificarnos y para seamos en el mundo imagen de su Unigénito, Jesucristo nuestro Señor.
Que la santidad no es que no pequemos, que nunca caigamos, sino que, en este caminar en el mundo del que no somos parte, intentemos mantenernos en fidelidad al Espíritu, por eso nos dice san Pablo, dándonos algunas pautas de comportamiento:
"sed siempre humildes y amables,
sed comprensivos,
sobrellevaos mutuamente con amor,
esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz".
No son pautas de comportamiento difíciles de vivir, siempre y cuando le demos lugar al Espíritu para que nos ayude, y, pidiendo fuerzas para poder restablecer la unidad, el amor, la comprensión entre los miembros del Cuerpo de Cristo. Porque sabemos, y lo experimentamos cada día, que el pecado original sigue en nosotros y la vivencia del amor fraterno es, muchas veces, nuestra mayor debilidad.
Por eso, nunca dejemos de tener en nuestra mente y nuestro corazón que hemos sido llamados a la santidad en el amor, la cual nos lleva a tener que estar siempre al servicio de nuestros hermanos, porque "en la medida en que lo hicisteis con uno de estos mis pequeños hijos conmigo lo hicisteis". No es fácil amar como ama Cristo, pero sí es fácil amar a Cristo que está en nuestros hermanos, y así, ir, poco a poco, alcanzar la santidad en el amor.
viernes, 20 de septiembre de 2024
Perseverar en la Fe y el Amor
De la última exhortación de san Andrés Kim Taegon, presbítero y mártir.
Hermanos y amigos muy queridos: Consideradlo una y otra vez: Dios, al principio de los tiempos, dispuso el cielo y la tierra y todo lo que existe, meditad luego por qué y con qué finalidad creó de modo especial al hombre a su imagen y semejanza.
Si en este mundo, lleno de peligros y de miserias, no reconociéramos al Señor como creador, de nada nos serviría haber nacido ni continuar aún vivos. Aunque por la gracia de Dios hemos venido a este mundo y también por la gracia de Dios hemos recibido el bautismo y hemos ingresado en la Iglesia, y, convertidos en discípulos del Señor, llevamos un nombre glorioso, ¿de qué nos serviría un nombre tan excelso, si no correspondiera a la realidad? Si así fuera, no tendría sentido haber venido a este mundo y formar parte de la Iglesia; más aún, esto equivaldría a traicionar al Señor y su gracia. Mejor sería no haber nacido que recibir la gracia del Señor y pecar contra él.
Considerad al agricultor cuando siembra en su campo: a su debido tiempo ara la tierra, luego la abona con estiércol y, sometiéndose de buen grado al trabajo y al calor, cultiva la valiosa semilla. Cuando llega el tiempo de la siega, si las espigas están bien llenas, su corazón se alegra y salta de felicidad, olvidándose del trabajo y del sudor. Pero si las espigas resultan vacías y no encuentra en ellas más que paja y cáscara, el agricultor se acuerda del duro trabajo y del sudor y abandona aquel campo en el que tanto había trabajado.
De manera semejante el Señor hace de la tierra su campo, de nosotros, los hombres, el arroz, de la gracia el abono, y por la encarnación y la redención nos riega con su sangre, para que podamos crecer y llegar a la madurez. Cuando en el día del juicio llegue el momento de la siega, el que haya madurado por la gracia se alegrará en el reino de los cielos como hijo adoptivo de Dios, pero el que no haya madurado se convertirá en enemigo, a pesar de que él también ya había sido hijo adoptivo de Dios, y sufrirá el castigo eterno merecido.
Hermanos muy amados, tened esto presente: Jesús, nuestro Señor, al bajar a este mundo, soportó innumerables padecimientos, con su pasión fundó la santa Iglesia y la hace crecer con los sufrimientos de los fieles. Por más que los poderes del mundo la opriman y la ataquen, nunca podrán derrotarla. Después de la ascensión de Jesús, desde el tiempo de los apóstoles hasta hoy, la Iglesia santa va creciendo por todas partes en medio de tribulaciones.
También ahora, durante cincuenta o sesenta años, desde que la santa Iglesia penetró en nuestra Corea, los fieles han sufrido persecución, y aun hoy mismo la persecución se recrudece, de tal manera que muchos compañeros en la fe, entre los cuales yo mismo, están encarcelados, como también vosotros os halláis en plena tribulación. Si todos formamos un solo cuerpo, ¿cómo no sentiremos una profunda tristeza? ¿Cómo dejaremos de experimentar el dolor, tan humano, de la separación?
No obstante, como dice la Escritura, Dios se preocupa del más pequeño cabello de nuestra cabeza y, con su omnisciencia, lo cuida; ¿cómo por tanto, esta gran persecución podría ser considerada de otro modo que como una decisión del Señor, o como un premio o castigo suyo?
Buscad, pues, la voluntad de Dios y luchad de todo corazón por Jesús, el jefe celestial, y venced al demonio de este mundo, que ha sido ya vencido por Cristo.
Os lo suplico: no olvidéis el amor fraterno, sino ayudaos mutuamente, y perseverad, hasta que el Señor se compadezca de nosotros y haga cesar la tribulación.
Aquí estamos veinte y, gracias a Dios, estamos todos bien. Si alguno es ejecutado, os ruego que no os olvidéis de su familia. Me quedan muchas cosas por deciros, pero, ¿cómo expresarlas por escrito? Doy fin a esta carta. Ahora que está ya cerca el combate decisivo, os pido que os mantengáis en la fidelidad, para que, finalmente, nos congratulemos juntos en el cielo. Recibid el beso de mi amor.
jueves, 19 de septiembre de 2024
Vivimos según Dios?
"Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os anuncié y que vosotros aceptasteis, en el que además estáis fundados, y que os está salvando, si os mantenéis en la palabra que os anunciamos; de lo contrario, creísteis en vano".
¿Qué significa aceptar el Evangelio? Es vivir en Cristo, por Cristo y con Cristo, pero, para ello, hay que conocer a Cristo y conocer su Palabra. No podemos aceptar el Evangelio si no lo conocemos, no podemos a alguien si no lo conocemos, no podemos aceptar Su Invitación si no conocemos lo que implica.
Así, pues, muchos cristianos viven como si no lo fueran porque no han conocido a Cristo, o, mejor dicho, han conocido a un Jesús humano que sólo sabe hacer milagros y perdonar pecados, y eso es lo que nos gusta a todos: que nos perdonen y que hagan lo que quiero. Y, cuando eso no se da... entonces dejo de creer o de llamarme cristiano, porque este Dios no es el que yo quiero.
Y, así es, Dios no está hecho a mi imagen, sino que yo estoy hecho a imagen de Dios. Jesús no vino para hacer lo que yo diga, sino para hacer la Voluntad del Padre. Y, por eso, nos ha pedido lo mismo: que hagamos la Voluntad de Dios, y para poder hacerla tengo que conocer cuál es Su Voluntad, tengo que aceptar Su Voluntad y tengo que vivir según Su Voluntad.
Cuando no hemos conocido totalmente la Palabra de Dios, pues no la leemos, no la reflexionamos y, menos aún, la rezamos, entonces es imposible vivir según Dios, y, si no vivimos según Dios, es que hemos creído en vano.
¿Por qué hemos creído en vano? Porque no me salva lo que yo crea, sino en Quien crea. No me salva el que diga que soy, si sólo aparento ser porque en el fondo no quiero aceptar Su Voluntad, porque nuestra vida como hijos de Dios, como ungidos por el Espíritu Santo, hemos sido configurados a Cristo, pero esa realidad se va actualizando en nosotros si vivimos como Cristo, pero si no aceptamos el Camino que Él nos ha propuesto ¿en qué creemos? ¿Quién es el que guía?
Y, como dice el mismo Jesús "por los frutos los conoceréis". Mira los frutos de tu vida ¿cuáles son? Ahí te darás cuenta si lo que estás viviendo o cómo estás viviendo es según Dios o según el mundo, según Su Voluntad o según tú querer.
miércoles, 18 de septiembre de 2024
El amor de los hijos de Dios
"Hermanos:
Ambicionad los carismas mayores. Y aún os voy a mostrar un camino más excepcional.
El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad.
Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
El amor no pasa nunca".
Éste es el carisma mayor, a lo que tenemos que llegar, lo que tenemos que ambicionar: el Amor, pero no un amor cualquiera, sino el Amor a la medida de Dios. Claro que me diréis, "pero amar así es imposible", pues sí, es imposible para los hombres, pero no para los hijos de Dios, porque los hijos de Dios tienen algo que no tienen todos los hombres: el Espíritu del Amor, el Espíritu Santo.
Cuando los hijos de Dios nos dejamos llevar por los comentarios, por las habladurías, por el egoísmo, por la vanidad, por el orgullo, por la soberbia, en fin, por el pecado original y el propio, entonces no llegamos a amar ni un milímetro como nos amó el Señor.
Cuando no cultivamos la relación con Dios, cuando no vivimos sacramentalmente, es decir, la confesión y la eucaristía, se nos va "metiendo" en el corazón el espíritu del mundo y nos vamos alejando del espíritu de Dios.
Es cierto que nunca podremos llegar a amar como Dios, porque el Amor de Dios es infinito y eterno, pero sí podemos amar como Dios nos amó: perdonándonos desde la Cruz, aceptando la Voluntad de Su Padre, compadeciéndose del que lo necesitaba, ofreciendo el perdón al arrepentido, y, sobre todo, entregando su vida por amor a todos, aunque no todos lo quisiera y lo amaran.
Por eso es que, los hijos de Dios, los que llevamos desde el bautismo el Espíritu Santo en nosotros, debemos aprender a amar como Dios nos lo pide, porque Él fue el primero que nos enseñó a amar cuando por amor entregó a su Unigénito a la muerte y muerte en Cruz, para que nosotros tuviéramos vida y Vida en abundancia.
Así que no nos quedamos sólo con lo bonito que es el himno a la caridad de San Pablo, sino que tengamos como regla de vida poder amar como Dios nos lo pide por medio de san Pablo:
"El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta".
martes, 17 de septiembre de 2024
Comos un Cuerpo?
"Pues el cuerpo no lo forma un solo miembro, sino muchos.
Pues bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro. Pues en la Iglesia Dios puso en el primer lugar a los apóstoles; en el segundo lugar, a los profetas; en el tercero, a los maestros; después, los milagros; después el carisma de curaciones, la beneficencia, el gobierno, la diversidad de lenguas. ¿Acaso son todos apóstoles? ¿O todos son profetas? ¿O todos maestros? ¿O hacen todos milagros? ¿Tienen todos don para curar? ¿Hablan todos en lenguas o todos las interpretan?".
Hay algo que no muchos saben interpretar y es esto de lo que habla San Pablo: somos parte de un cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, donde todos tenemos un lugar y todos tenemos una misión, pero cada uno tiene una misión diferente al otro, y no por eso es una misión más importante o menos importante.
Los carismas que el Espíritu Santo nos regala son para usarlos en bien del conjunto, en bien del Cuerpo entero, no sólo para una parte, no sólo para "mi parte". Tampoco es que porque tengo este carisma o esta función soy más importante que el que tiene otro u otra, pues todos valemos lo mismo aunque todos tengamos diferentes responsabilidades, como en una familia: no es la misma responsabilidad que tienen los padres a la que tienen los hijos, pero todos deben ser responsables de su propia familia.
Claro que, como en el cuerpo humano, siempre se cuelan los virus y las enfermedades, y, en el Cuerpo de Cristo, también pasa lo mismo. Hay un virus recurrente que se llama pecado original y que si no lo mantenemos a raya nos va provocando y llevando por malos caminos. Después se van metiendo otros virus contagiosos que son los que vienen del príncipe de este mundo como es el deseo de figurar, de ser más que el otro, de tener que "pisar" al otro para ser más yo, de querer saber más que dios, o, incluso, de ser dios, y tantos otros que afectan la vida interior del Cuerpo.
Por eso, y por tantas otras cosas más, hemos de tener siempre una sana relación con el Espíritu Santo y con la Cabeza del Cuerpo, para que no nos desviemos del Camino trazado por el Padre, y que, podamos, entre todos, liberarnos de las enfermedades del mundo, pues no somos del mundo, no le debemos nada al mundo, sino que somos de Dios y le debemos nuestra Vida al Señor.
lunes, 16 de septiembre de 2024
Una fe generosa y firme
De las Cartas de San Cipriano, obispo y mártir
Cipriano a su hermano Cornelio:
Hemos tenido noticia, hermano muy amado, del testimonio glorioso que habéis dado de vuestra fe y fortaleza; y hemos recibido con tanta alegría el honor de vuestra confesión, que nos consideramos partícipes y socios de vuestros méritos y alabanzas. En efecto, si formamos todos una misma Iglesia, si tenemos todos una sola alma y un solo corazón, ¿qué sacerdote no se congratulará de las alabanzas tributadas a un colega suyo, como si se tratara de las suyas propias? ¿O qué hermano no se alegrará siempre de las alegrías de sus otros hermanos?
No hay manera de expresar cuán grande ha sido aquí la alegría y el regocijo, al enterarnos de vuestra victoria y vuestra fortaleza: de cómo tú has ido a la cabeza de tus hermanos en la confesión del nombre de Cristo, y de cómo esta confesión tuya, como cabeza de tu Iglesia, se ha visto a su vez robustecida por la confesión de los hermanos; de este modo, precediéndolos en el camino hacia la gloria, has hecho que fueran muchos los que te siguieran, y ha sido un estímulo para que el pueblo confesara su fe el hecho de que te mostraras tú, el primero, dispuesto a confesarla en nombre de todos; y, así, no sabemos qué es lo más digno de alabanza en vosotros, si tu fe generosa y firme o la inseparable caridad de los hermanos. Ha quedado públicamente comprobada la fortaleza del obispo que está al frente de su pueblo y ha quedado de manifiesto la unión entre los hermanos que han seguido sus huellas. Por el hecho de tener todos vosotros un solo espíritu y una sola voz, toda la Iglesia de Roma ha tenido parte en vuestra confesión.
Ha brillado en todo su fulgor, hermano muy amado, aquella fe vuestra, de la que habló el Apóstol. Él preveía ya en espíritu, esta vuestra fortaleza y valentía, tan digna de alabanza, y pregonaba lo que más tarde había de suceder, atestiguando vuestros merecimientos, ya que, alabando a vuestros antecesores, os incitaba a vosotros a imitarlos. Con vuestra unanimidad y fortaleza, habéis dado a los demás hermanos un magnífico ejemplo de estas virtudes.
Y, teniendo en cuenta que la providencia del Señor nos advierte y pone en guardia y que los saludables avisos de la misericordia divina nos previenen que se acerca ya el día de nuestra lucha y combate, os exhortamos de corazón, en cuanto podemos, hermano muy amado, por la mutua caridad que nos une, a que no dejemos de insistir, junto con todo el pueblo, en los ayunos, vigilias y oraciones. Porque éstas son nuestras armas celestiales, que nos harán mantener firmes y perseverar con fortaleza; éstas son las defensas espirituales y los dardos divinos que nos protegen.
Acordémonos siempre unos de otros, con grande concordia y unidad de espíritu, encomendémonos siempre mutuamente en la oración y prestémonos ayuda con mutua caridad cuando llegue el momento de la tribulación y de la angustia.
domingo, 15 de septiembre de 2024
No piensas como Dios
"Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Pero él se volvió y, mirando a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!».
Antes de que Jesús increpara a Pedro, éste hizo una profesión de fe: “Tú eres el Mesías”, lo que hacía que estuviera bien encaminado acerca de la pregunta de Jesús, y de que había comprendido quién era Jesús. Pero, cuando Jesús les revela el misterio de su Pasión, es ahí cuando Pedro lo increpa a Jesús, y es ahí cuando Pedro “mete la pata”, pues no era eso lo que tendría que haber dicho. Pero, igualmente, como Dios escribe derecho con renglones torcido, la respuesta de Jesús a Pedro nos viene de maravillas a nosotros.
¿Por qué? Porque, muchas veces, en nuestra vida tenemos la misma reacción de Pedro: frente a la cruz que nos pide el Señor vivir, tenemos una respuesta muy humana, muy mundana: ¿por qué a mí? ¡esto no es para mí! Y, aunque, muchas más veces, hayamos dicho que el Señor es mi Señor, y que soy profundamente cristiano, llegan momentos en que no pienso como Dios, sino como hombre, pienso humana y mundanamente, y todo lo que había testimoniado en los momentos de bonanza, se vuelve en contra cuando nos toca vivir una tempestad o una oscuridad.
Es decir, decir que somos cristianos y “cumplir” con momentos cristianos, no nos garantiza que nuestro espíritu esté maduro y fuerte para vivir todo lo que Dios quiera o nos permita vivir, sobre todo, cuando la cruz comienza a aparecer en nuestras vidas, es cuando se nos escapa el espíritu y nos volvemos muy humanos.
Por eso no tenemos que confiarnos mucho en que somos muy cristianos, sino en que vamos fortaleciendo y madurando nuestro espíritu para que siempre intentemos pensar y vivir como Dios, es decir, buscando Su Voluntad y no la nuestra, porque en el camino el Señor puede pedirnos que llevemos su Cruz y, quizás, no estemos tan dispuestos para llevarla.
¿Qué nos enseña Pedro? Que a todos nos gusta vivir y aceptar el Camino de Jesús cuando todo es lindo y bueno, pero cuando Él nos muestra la Cruz de cada día, es ahí cuando no nos gusta tanto, y, por eso mismo, muchas veces, flaqueamos y nos enfadamos con el Señor, porque eso no estaba en el proyecto de nuestras vidas. Todo por olvidarnos que Él mismo nos lo advirtió: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará”.
sábado, 14 de septiembre de 2024
La gloria de la Cruz
De las Disertaciones de san Andrés de Creta, obispo
Por la cruz, cuya fiesta celebramos, fueron expulsadas las tinieblas y devuelta la luz. Celebramos hoy la fiesta de la cruz, y junto con el Crucificado nos elevamos hacia lo alto, para, dejando abajo la tierra y el pecado, gozar de los bienes celestiales; tal y tan grande es la posesión de la cruz. Quien posee la cruz posee un tesoro. Y, al decir un tesoro, quiero significar con esta expresión a aquel que es, de nombre y de hecho, el más excelente de todos los bienes, en el cual, por el cual y para el cual culmina nuestra salvación y se nos restituye a nuestro estado de justicia original.
Porque, sin la cruz, Cristo no hubiera sido crucificado. Sin la cruz, aquel que es la vida no hubiera sido clavado en el leño. Si no hubiese sido clavado, las fuentes de la inmortalidad no hubiesen manado de su costado la sangre y el agua que purifican el mundo, no hubiese sido rasgado el documento en que constaba la deuda contraída por nuestros pecados, no hubiéramos sido declarados libres, no disfrutaríamos del árbol de la vida, el paraíso continuaría cerrado. Sin la cruz, no hubiera sido derrotada la muerte, ni despojado el lugar de los muertos.
Por esto la cruz es cosa grande y preciosa. Grande, porque ella es el origen de innumerables bienes, tanto más numerosos, cuanto que los milagros y sufrimientos de Cristo juegan un papel decisivo en su obra de salvación. Preciosa, porque la cruz significa a la vez el sufrimiento y el trofeo del mismo Dios: el sufrimiento, porque en ella sufrió una muerte voluntaria; el trofeo, porque en ella quedó herido de muerte el demonio y, con él, fue vencida la muerte. En la cruz fueron demolidas las puertas de la región de los muertos, y la cruz se convirtió en salvación universal para todo el mundo.
La cruz es llamada también gloria y exaltación de Cristo. Ella es el cáliz rebosante de que nos habla el salmo, y la culminación de todos los tormentos que padeció Cristo por nosotros. El mismo Cristo nos enseña que la cruz es su gloria, cuando dice: Ya ha entrado el Hijo del hombre en su gloria, y Dios ha recibido su glorificación por él, y Dios a su vez lo revestirá de su misma gloria. Y también: Glorifícame tú, Padre, con la gloria que tenía junto a ti antes que el mundo existiese. Y asimismo dice: «Padre, glorifica tu nombre.» Y, de improviso, se dejaron oír del cielo estas palabras: «Lo he glorificado y lo glorificaré de nuevo», palabras que se referían a la gloria que había de conseguir en la cruz.
También nos enseña Cristo que la cruz es su exaltación, cuando dice: Yo, cuando sea levantado en alto, atraeré a mí a todos los hombres. Está claro, pues, que la cruz es la gloria y exaltación de Cristo.
viernes, 13 de septiembre de 2024
Una lucha diaria
"Hermanos:
El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo.
No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!
Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga.
Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio".
Siempre me he identificado con estas frases de san Pablo, pues pareciera que los que predicamos somos los mejores, y no es así, como todos, todos tenemos nuestros pecados personales, pero para ser fieles al llamado del Señor tenemos que intentar, aunque no siempre lo consigamos, interpretar lo que Él quiere decirnos para anunciarlo a todos, lo quieran o no escuchar. Porque, en realidad, a todos los que nos ha ungido con el Don del Espíritu Santo nos ha dado la capacidad de reflexionar sobre su Palabra y discernir lo que nos quiere decir. Todos tenemos, por eso mismo, el deber de anunciar la Palabra de Dios a todos, la quieran o no escuchar, porque sabemos que ESE es el Camino de la Salvación.
"¿No sabéis que en el estadio todos los corredores cubren la carrera, aunque uno solo se lleva el premio? Pues corred así: para ganar.
Pero un atleta se impone toda clase de privaciones; ellos para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita.
Por eso corro yo, pero no al azar; lucho, pero no contra el aire; sino que golpeo mi cuerpo y lo someto, no sea que, habiendo predicado a otros, quede yo descalificado".
Así, es esta una carrera en la cual si llegamos a la meta ganamos todos, no habrá primeros o segundos, pero si habrá descalificados porque no han alcanzado la meta, o, porque en el camino han perdido la fe, quizás en Dios, quizás en sí mismos. Por eso, Pablo, nos anima a esforzarnos, como lo hacen los atletas, a luchar contra aquello que nos quiere sacar del Camino, a luchar contra nuestra carne que no nos deja hacer lo que debemos, sino que quiere que hagamos lo que no podemos. Porque las privaciones que sufren los atletas para alcanzar la medalla de oro, son las mismas privaciones que nos pide el Señor para alcanzar la corona que no se marchita, por eso necesitamos descubrir el valor de lo que Jesús nos propone para que podamos aceptar el Camino que nos ha indicado recorrer.
No siempre vemos con claridad cuál es el valor de una vida en Dios, pero si dejamos que el Espíritu nos anime, vamos a descubrir que el esfuerzo y la lucha son poca cosa comparado con lo que vamos a conseguir.
jueves, 12 de septiembre de 2024
La magnanimidad del Amor
"Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo".
Si hacemos lo mismo que hacen todos ¿qué mérito tenemos?
Jesús nos llama y nos invita a un nivel mucho más alta, a que el valor de la magnanimidad lo llevemos al extremo pero no a nivel humano, sino a nivel divino, sobrenatural. ¿Cómo es eso?
Con la ley del amor. Sí, con ese amor del que muchas veces hablamos o escuchamos: que no se cansa nunca, que nunca piensa mal, que todo lo puede, que todo lo soporta, etc. etc.
Sí, también. Es un amor difícil de vivir, porque es un amor a nivel divino, y ese es un límite muy alto para el hombre, por eso necesitamos estar íntimamente ligados a nuestro Dios y Salvador. Unidos a Dios porque necesitaremos de Él para elevar nuestro nivel de amor, para saber que cuando no llegamos a amar así podemos pedir perdón, para que cuando no podamos pedir perdón podamos pedir el Espíritu para poder reconciliarnos con nosotros mismos y con los demás, y así reconciliarnos con el Señor.
¿Cómo poder sino alcanzar el nivel del amor que Cristo nos propone?
"Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos.
Sed compasivos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros".
A veces, cometemos el error de saber que son palabras muy bonitas pero que no las utilizamos para nosotros mismos, sino que las usamos para juzgar la vida de los demás, de lo que los otros hacen con nosotros, y caemos en la hipocresía de creernos los mejores, sin embargo, al juzgar a los demás caemos en el pecado de no mirar la viga de nuestro ojo sino la paja en el ojo ajeno, y, sobre todo, porque lo hacemos para sentirnos siempre víctimas y no culpables.
miércoles, 11 de septiembre de 2024
Salvaré a mi Pueblo
De los Tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan
Nadie puede venir a mí, si no es atraído por el Padre. No vayas a creer que eres atraído contra tu voluntad; el alma es atraída también por el amor. Ni debemos temer el reproche que, en razón de estas palabras evangélicas de la Escritura, pudieran hacernos algunos hombres, los cuales, fijándose sólo en la materialidad de las palabras, están muy ajenos al verdadero sentido de las cosas divinas. En efecto, tal vez nos dirán: «¿Cómo puedo creer libremente si soy atraído?» Y yo les respondo «Me parece poco decir que somos atraídos libremente; hay que decir que somos atraídos incluso con placer.»
¿Qué significa ser atraídos con placer? Sea el Señor tu delicia, y él te dará lo que pide tu corazón. Existe un apetito en el alma al que este pan del cielo le sabe dulcísimo. Por otra parte, si el poeta pudo decir: «Cada cual va en pos de su apetito», no por necesidad, sino por placer, no por obligación, sino por gusto, ¿no podremos decir nosotros, con mayor razón, que el hombre se siente atraído por Cristo, si sabemos que el deleite del hombre es la verdad, la justicia, la vida sin fin, y todo esto es Cristo?
¿Acaso tendrán los sentidos sus deleites y dejará de tenerlos el alma? Si el alma no tuviera sus deleites, ¿cómo podría decirse: Los humanos se acogen a la sombra de tus alas; se nutren de lo sabroso de tu casa, les das a beber del torrente de tus delicias, porque en ti está la fuente viva y tu luz nos hace ver la luz?
Preséntame un corazón amante y comprenderá lo que digo. Preséntame un corazón inflamado en deseos, un corazón hambriento, un corazón que, sintiéndose solo y desterrado en este mundo, esté sediento y suspire por las fuentes de la patria eterna, preséntame un tal corazón y asentirá en lo que digo. Si, por el contrario, hablo a un corazón frío, éste nada sabe, nada comprende de lo que estoy diciendo.
Muestra una rama verde a una oveja y verás cómo atraes a la oveja; enséñale nueces a un niño y verás cómo lo atraes también y viene corriendo hacia el lugar a donde es atraído; es atraído por el amor, es atraído sin que se violente su cuerpo, es atraído por aquello que desea. Si, pues, estos objetos, que no son más que deleites y aficiones terrenas, atraen, por su simple contemplación, a los que tales cosas aman, porque es cierto que «cada cual va en pos de su apetito», ¿no va a atraernos Cristo revelado por el Padre? ¿Qué otra cosa desea nuestra alma con más vehemencia que la verdad? ¿De qué otra cosa el hombre está más hambriento? Y ¿para que desea tener sano el paladar de la inteligencia sino para descubrir y juzgar lo que es verdadero, para comer y beber la sabiduría, la justicia, la verdad y la eternidad?
Dichosos, por tanto, dice, los que tienen hambre y sed de ser justos —entiende, aquí en la tierra—, porque —allí, en el cielo— ellos quedarán saciados. Les doy ya lo que aman, les doy ya lo que desean; después verán aquello en lo que creyeron aun sin haberlo visto; comerán y se saciarán de aquellos bienes de los que estuvieron hambrientos y sedientos. ¿Dónde? En la resurrección de los muertos, porque yo los resucitaré en el último día.
martes, 10 de septiembre de 2024
De la abundancia del corazón
"¿No os da vergüenza? ¿Es que no hay entre vosotros ningún entendido que sea capaz de arbitrar entre dos hermanos?
No señor, un hermano tiene que estar en pleito con otro y además entre gentiles.
Desde cualquier punto de vista ya es un fallo que haya pleitos entre vosotros.
¿No estaría mejor sufrir la injusticia? ¿No estaría mejor dejarse robar?
En cambio, sois vosotros los injustos y los ladrones, y eso con hermanos vuestros".
San Pablo le habla a los corintios, y nos habla a nosotros, de la caridad fraterna, de cómo vivir sin pleitos, y, si los hubiere, que seamos capaces de arbitrar para que vuelva la paz y la fraternidad a la comunidad.
Es cierto que, muchas veces, nos encontramos con personas que no quieren reconocer su error, es más, que parece ser que se vanaglorian de sus errores, y, para colmo, culpan a otros de sus propios errores. Son momentos donde no te dan ganas de decir nada pues no habrá "dios" que les haga comprender que están equivocados.
Otras veces miras a tu alrededor y ves como algunas personas tratan a otras con desprecio y lanzan dardos envenenados con sus lenguas para hacer daño o para que reconozcan su lugar, sin darse cuenta que están dando un testimonio fatal frente a otros hermanos que, asombrados, se horrorizan por la conducta de gente de iglesia, o de gente que se dice que es profundamente cristiana.
Y, lamentablemente, nos encontramos a diario con esta clase de gente que por soberbia, vanidad, orgullo o "patos volados" hacen o dicen cosas que, aunque las borren de las redes sociales, o quieran olvidarlas o culpar a otros, ya están dichas o escritas y el daño ya lo han causado. Siendo lo peor la falta de conciencia de haber dañado a otra persona, de haber dado un mal testimonio o de cargar con culpas a otros, culpas que son de ellas mismas.
Por eso necesitamos, siempre, saber que somos discípulos de Cristo, que nuestra vida es un testimonio constante de lo que somos y que, como dice el Señor, de la abundancia del corazón hablan los labios. Y, si en todo caso caemos o nos comportamos mal tenemos que saber pedir perdón y buscar el camino de la reconciliación.
Tengamos cuidado con nuestras actitudes y nuestras faltas de amor, pues ellas nos abren o cierran la puerta del Reino de los Cielos.
lunes, 9 de septiembre de 2024
Encontrar la Paz
Del Sermón de san León Magno, papa, Sobre las bienaventuranzas
Con toda razón se promete a los limpios de corazón la bienaventuranza de la visión divina. Nunca una vida manchada podrá contemplar el esplendor de la luz verdadera, pues aquello mismo que constituirá el gozo de las almas limpias será el castigo de las que estén manchadas. Que huyan, pues, las tinieblas de la vanidad terrena y que los ojos del alma se purifiquen de las inmundicias del pecado, para que así puedan saciarse gozando en paz de la magnífica visión de Dios.
Pero para merecer este don es necesario lo que a continuación sigue: Dichosos los que obran la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Esta bienaventuranza, amadísimos, no puede referirse a cualquier clase de concordia o armonía humana, sino que debe entenderse precisamente de aquella a la que alude el Apóstol cuando dice: Estad en paz con Dios, o a la que se refiere el profeta al afirmar: Mucha paz tienen los que aman tus leyes, y nada los hace tropezar.
Esta paz no se logra ni con los lazos de la más íntima amistad ni con una profunda semejanza de carácter, si todo ello no está fundamentado en una total comunión de nuestra voluntad con la voluntad de Dios. Una amistad fundada en deseos pecaminosos, en pactos que arrancan de la injusticia y en el acuerdo que parte de los vicios nada tiene que ver con el logro de esta paz. El amor del mundo y el amor de Dios no concuerdan entre sí, ni puede uno tener su parte entre los hijos de Dios si no se ha separado antes del consorcio de los que viven según la carne. Mas los que sin cesar se esfuerzan por mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz, jamás se apartan de la ley divina, diciendo, por ello, fielmente en la oración: Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Éstos son los que obran la paz, éstos los que viven santamente unánimes y concordes, y por ello merecen ser llamados con el nombre eterno de hijos de Dios y coherederos de Cristo; todo ello lo realiza el amor de Dios y el amor del prójimo, y de tal manera lo realiza que ya no sienten ninguna adversidad ni temen ningún tropiezo, sino que, superado el combate de todas las tentaciones, descansan tranquilamente en la paz de Dios, por nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
domingo, 8 de septiembre de 2024
Un día mariano
"Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel, que traducido significa: “Dios con nosotros”.
Un domingo marcado por una fiesta mariana, donde la presencia de la Virgen María se vive, casi, en cada rincón de la geografía católica: la Natividad de la Virgen María, madre de Nuestro Señor Jesucristo. Una fiesta que lleva los distintos y diferentes nombres que se le da a María en distintas y distantes partes del mundo católico. En Albacete, la patrona de la diócesis, Nuestra Señora de los Llanos, La Virgen de Fuensanta, de Alcaraz, etc., etc. No alcanzarían las páginas para llenarlas de los nombres que le damos a María, la Madre del Señor y Madre nuestra. ¿Os habéis preguntado por qué?
Yo acabo de hacerlo, ¿por qué en todas partes se nombra y se venera a la Virgen María con tantas fiestas y con tantos títulos? Creo que, en definitiva, por dos cosas que son importantes para nosotros: necesitamos una Madre eterna que siempre esté ahí para ayudarnos, para acompañarnos, para consolarnos, para fortalecernos, a la que podamos recurrir en todo momento para abrirle nuestro corazón. Aunque tengamos una gran madre que nos haya dado el Señor, pero María es la que llega siempre a todos los corazones, incluso, a los menos devotos y religioso.
También, Ella nos muestra el camino de la esperanza cierta en un Hombre Nuevo, en una vida nueva cargada de Gracia y del Espíritu para poder seguir los pasos que Dios quiere para nosotros. Porque María, desde su pequeñez y sencillez, hizo posible que las Promesas del Padre se hicieran realidad, pues abrió, de par en par, su corazón a la Voluntad de Dios, no dejando nada para sí, sino que toda era de Dios. Y Dios tomó toda su vida para hacer que la Vida misma naciera en la historia, y que la eternidad viniera a nuestras vidas.
María, nuestra Madre, quiere ser no sólo nuestro consuelo y fortaleza, sino que quiere llevarnos de la mano hacia el Padre, quiere hacernos saber que la “esclavitud” a Su Voluntad no nos quita libertad, sino que nos hace libres y nos ayuda a llegar a horizontes que nunca pensaríamos alcanzar, así como Ella los alcanzó: “me llamarán bienaventurada todos los hombres, porque el todopoderoso ha hecho obras grandes por mí”.
¿Qué hermoso sería si, como María, dejásemos que el Señor hiciera con nosotros maravillas? ¿Cuántas cosas podría hacer Dios con muchas almas como la de María que se puso en Sus Manos y dejó que Él obrara según sus planes de toda la eternidad? Por eso, no nos soltemos de Su Mano.
sábado, 7 de septiembre de 2024
Felicidad en el Reino
Del Sermón de san León Magno, papa, Sobre las bienaventuranzas
Después de haber encomiado el Señor la bienaventuranza de la pobreza, prosiguió diciendo: Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. El llanto al que aquí se promete el consuelo eterno nada tiene que ver con la tristeza de este mundo, ni hay que creer que las lágrimas que derraman los hijos de los hombres, cuando en su tristeza lloran, a nadie hagan feliz. Es muy distinta la razón de las lágrimas de las que aquí se habla, muy otra la causa de este llanto de los santos. La tristeza religiosa es la que llora los pecados propios o bien las faltas ajenas; esta tristeza no es ni tan sólo la que se lamenta ante el castigo con que Dios nos amenaza, sino que se duele simplemente ante la iniquidad que los hombres cometen, pues sabe que es mucho más digno de compasión el que hace el mal que quien lo sufre, porque el inicuo, con su pecado, se hace reo de castigo, en cambio, el justo, con su paciencia, merece la gloria.
A continuación el Señor añadió: Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Aquí se promete la posesión de la tierra a los sufridos y mansos, a los humildes y modestos, y a los que están dispuestos a soportar toda clase de injurias. No se debe estimar pequeña o de baja calidad esta herencia, como si fuera algo diverso del reino de los cielos, pues, en realidad, aquí se trata de aquellos que van a entrar en el reino de Dios. En efecto, la tierra prometida a los sufridos, y cuya posesión se dará a los mansos, no es otra sino los propios cuerpos de los santos, los cuales, como premio de su humildad, serán transformados en la resurrección feliz y se verán revestidos de una gloriosa inmortalidad. Esta carne, revestida así de inmortalidad, en nada contrariará ya al espíritu, antes bien, vivirá siempre en unidad perfecta y en consentimiento pleno con el querer del alma. Entonces realmente el hombre exterior será la posesión pacífica e inmutable del hombre interior.
Esta tierra, pues, la poseerán los sufridos con una paz perfecta y sin que nada disminuya nunca el gozo de esta posesión, pues, entonces, esto corruptible se vestirá de incorrupción, y esto mortal se vestirá de inmortalidad; de este modo el castigo se habrá convertido en premio y lo que era carga se habrá tornado honor.
viernes, 6 de septiembre de 2024
La fidelidad del Servidor
Como siempre a las carta de san Pablo hay que desmenuzarlas y sacarles bien el jugo que tienen, pues nos dan pautas para nuestra vida cotidiana, no sólo en relación con los demás, sino, también, en relación con nosotros mismos. Y eso es lo que intentaré, aunque sé que pueden quedar muchas cosas por reflexionar, pero eso lo hará, cada uno, en su corazón y con el Señor.
"Que la gente solo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, lo que se busca en los administradores es que sean fieles".
Pablo habla de sí mismo como Servidor de Cristo, lo mismo que cada uno de los apóstoles, y, también (no nos quitemos el sayo) todos los que hemos decidido seguir a Jesús, somos discípulos y misioneros, servidores de Su Palabra. Y ¿qué se nos pide? No buscar la fama para nosotros mismos, sino ser fieles servidores de la Palabra de Dios.
Y ¿qué significa esto? No mirar lo que nos gustaría hacer sino lo que Dios quiere que hagamos, no ver cómo agradar al mundo sino cómo agradar a Dios, no intentar adecuar la Palabra al mundo sino llevar el mundo a Dios, no permitir que el mundo nos transforme sino transformar el mundo, y, por eso recordar que Quien nos llamó a una misión concreta es el Señor y no el príncipe de este mundo, por eso hemos de vivir en la Luz y no en las tinieblas.
Así, lo que el Servidor buscará será la Fidelidad a la Voluntad de Dios y no la fidelidad a sí mismo, no la fidelidad a las ideologías del mundo sino a la Palabra de Dios, no la Fidelidad a la muerte que nos propone el mundo sino la Fidelidad a la Vida que nos trajo Jesús.
Por eso, en cada paso que vamos dando, lo que tenemos que examinar es nuestra Fidelidad a la Voluntad de Dios, no dejarnos llevar por los juicios de los hombres, sino por el juicio que pueda hacer el Señor de nuestra vida, de nuestros actos, de nuestra fidelidad a Su Amor. Sabiendo que Él conoce mejor nuestro corazón y nuestras intenciones, por eso, encomendándonos a Su Misericordia intentaremos, cada día, ser Fieles a la Vida que Él nos dio y nos pide vivir.
"Para mí, lo de menos es que me pidáis cuentas vosotros o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor".
jueves, 5 de septiembre de 2024
Confía en la Sabiduría
"Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como está escrito: «Él caza a los sabios en su astucia». Y también: «El Señor penetra los pensamientos de los sabios y conoce que son vanos».
«Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».
Una frase de San Pablo y otra de San Pedro, los dos desconfiaron de la propia sabiduría y se dejaron guiar por la Sabiduría de Dios, y, por eso, son dos columnas de nuestra Iglesia, de nuestra vida de fe, pero, así y todo, todavía no aprendemos que tenemos que dejarnos guiar por la Sabiduría de Dios que es más sabia que la sabiduría, no de los hombres, sino de la mía que creo que todo lo que pienso es lo que es bueno y sabio sin tener en cuenta que no siempre pienso desde Dios.
"Así, pues, que nadie se gloríe en los hombres, pues todo es vuestro: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios".
Nos ponemos, muchas veces, del lado de nuestros pensamientos o de los del mundo (quizás sin darnos cuenta) pero dejamos de lado lo que Dios nos está mostrando, y, así nos dejamos llevar por pensamientos que no son buenos para nuestra vida de fe, para nuestra vida en santidad.
Creemos, otras veces, que lo que nos está pidiendo Dios es imposible para vivir, que eso que Él me pide no puedo hacerlo o que me quita la libertad o la dignidad, que no me deja ser yo mismo, pero me voy detrás de tantas ideología vanas que hoy están y mañana desaparecen, y, encima, creyendo que soy original me hacen ser copia de otros que no aceptan quien soy si no soy igual que ellos. Sin embargo, la Sabiduría Divina no quiere que yo sea una copia de algo o alguien, sino que quiere que vuelva a tener mi dignidad y belleza original.
A esa belleza y dignidad original, en la iglesia, la llamamos santidad, y, para ello, debemos remar mar adentro de nuestra alma, pues en ese mar tempestuoso es donde está el Señor esperándome para calmar mi ansiedad, esa ansiedad que me presenta el mundo cuando me dice que haga lo que siento, sin embargo el Señor me calma y me hace ver qué es lo que debo ser y cuál es el camino para alcanzar mi plenitud y alegría.
No permitamos que la vana y mentirosa sabiduría del mundo nos quite nuestra belleza original, sino que aceptando el desafío que nos presenta Cristo, dejemos lo que estamos viviendo y dispongamos nuestro corazón para vivir lo que Él nos pide, que aunque "seamos pecadores" Él nos hará santos.
miércoles, 4 de septiembre de 2024
El templo de su cuerpo
Orígenes, presbítero
Comentario sobre el evangelio de san Juan.
Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. Los amadores de su propio cuerpo y de los bienes materiales -se deja entender que hablamos aquí de los judíos-, los que no aguantaban que Cristo hubiera expulsado a los que convertían en mercado la casa de su Padre, exigen que les muestre un signo para obrar como obra. Así podrán juzgar si obra bien o no el Hijo de Dios, a quien se niegan a recibir. El Salvador, como si hablara en realidad del templo, pero hablando de su propio cuerpo, a la pregunta: ¿Qué signos nos muestras para obrar así?», responde: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.
Sin embargo, creo que ambos, el templo y el cuerpo de Jesús, según una interpretación unitaria, pueden considerarse figuras de la Iglesia, ya que ésta se halla construida de piedras vivas, hecha templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, construido sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular el mismo Cristo Jesús que, a su vez, también es templo. En cambio, si tenemos en cuenta aquel otro pasaje: Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro, parece que la unión y conveniente disposición de las piedras en el templo se destruye y descoyunta, como sugiere el salmo veintiuno, al decir en nombre de Cristo: Tengo los huesos descoyuntados. Descoyuntados por los continuos golpes de las persecuciones y tribulaciones, y por la guerra que levantan los que rasgan la unidad del templo; pero el templo será restaurado, y el cuerpo resucitará el día tercero; tercero, porque viene después del amenazante día de la maldad, y del día de la consumación que seguirá.
Porque llegará ciertamente un tercer día, y en él nace un cielo nuevo y una tierra nueva, cuando estos huesos, es decir, la casa toda de Israel, resucitarán en aquel solemne y gran domingo en el que la muerte será definitivamente aniquilada. Por ello, podemos afirmar que la resurrección de Cristo, que pone fin a su cruz y a su muerte, contiene y encierra ya en sí la resurrección de todos los que formamos el cuerpo de Cristo. Pues, de la misma forma que el cuerpo visible de Cristo, después de crucificado y sepultado, resucitó, así también acontecerá con el cuerpo total de Cristo formado por todos sus santos: crucificado y muerto con Cristo, resucitará también como él. Cada uno de los santos dice, pues, como Pablo: Lo que es a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo.
Por ello, de cada uno de los cristianos puede no sólo afirmarse que ha sido crucificado con Cristo para el mundo, sino también que con Cristo ha sido sepultado, pues, si por nuestro bautismo fuimos sepultados con Cristo, como dice san Pablo, con él también resucitaremos, añade, como para insinuarnos ya las arras de nuestra futura resurrección.
martes, 3 de septiembre de 2024
Cuando hablo de Cristo
San Gregorio Magno, papa
homilías sobre el libro del profeta Ezequiel
Hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel. Fijémonos cómo el Señor compara sus predicadores a un atalaya. El atalaya está siempre en un lugar alto para ver desde lejos todo lo que se acerca. Y todo aquel que es puesto como atalaya del pueblo de Dios debe, por su conducta, estar siempre en alto, a fin de preverlo todo y ayudar así a los que tiene bajo su custodia.
Estas palabras que os dirijo resultan muy duras para mí, ya que con ellas me ataco a mí mismo, puesto que ni mis palabras ni mi conducta están a la altura de mi misión.
Me confieso culpable, reconozco mi tibieza y mi negligencia. Quizá esta confesión de mi culpabilidad me alcance el perdón del Juez piadoso. Porque, cuando estaba en el monasterio, podía guardar mi lengua de conversaciones ociosas y estar dedicado casi continuamente a la oración. Pero desde que he cargado sobre mis hombros la responsabilidad pastoral, me es imposible guardar el recogimiento que yo querría, solicitado como estoy por tantos asuntos.
Me veo, en efecto, obligado a dirimir las causas, ora de las diversas Iglesias, ora de los monasterios, y a juzgar con frecuencia de la vida y actuación de los individuos en particular; otras veces tengo que ocuparme de asuntos de orden civil, otras, de lamentarme de los estragos causados por las tropas de los bárbaros y de temer por causa de los lobos que acechan al rebaño que me ha sido confiado. Otras veces debo preocuparme de que no falte la ayuda necesaria a los que viven sometidos a una disciplina regular, a veces tengo que soportar con paciencia a algunos que usan de la violencia, otras, en atención a la misma caridad que les debo, he de salirles al encuentro.
Estando mi espíritu disperso y desgarrado con tan diversas preocupaciones, ¿cómo voy a poder reconcentrarme para dedicarme por entero a la predicación y al ministerio de la palabra? Además, muchas veces, obligado por las circunstancias, tengo que tratar con las personas del mundo, lo que hace que alguna vez se relaje la disciplina impuesta a mi lengua. Porque, si mantengo en esta materia una disciplina rigurosa, sé que ello me aparta de los más débiles, y así nunca podré atraerlos adonde yo quiero. Y esto hace que, con frecuencia, escuche pacientemente sus palabras, aunque sean ociosas. Pero, como yo también soy débil, poco a poco me voy sintiendo atraído por aquellas palabras ociosas, y empiezo a hablar con gusto de aquello que había empezado a escuchar con paciencia, y resulta que me encuentro a gusto postrado allí mismo donde antes sentía repugnancia de caer.
¿Qué soy yo, por tanto, o qué clase de atalaya soy, que no estoy situado, por mis obras, en lo alto de la montaña, sino que estoy postrado aún en la llanura de mi debilidad? Pero el Creador y Redentor del género humano es bastante poderoso para darme a mí, indigno, la necesaria altura de vida y eficacia de palabra, ya que por su amor, cuando hablo de él, ni a mí mismo me perdono.
lunes, 2 de septiembre de 2024
Yo instruí a los profetas
Del libro de la Imitación de Cristo
Escucha, hijo mío, mis palabras, palabras suavísimas, que trascienden toda la ciencia de los filósofos y letrados de este mundo. Mis palabras son espíritu y son vida, y no se pueden ponderar partiendo del criterio humano. No deben usarse con miras a satisfacer la vana complacencia, sino oírse en silencio, y han de recibirse con humildad y gran afecto del corazón. Y dije: Dichoso el hombre a quien tú educas, al que enseñas tu ley, dándole descanso tras los años duros, para que no viva desolado aquí en la tierra. Yo -dice el Señor- instruí a los profetas desde antiguo, y no ceso de hablar a todos hasta hoy; pero muchos se hacen sordos a mi palabra y se endurecen en su corazón. Los más oyen de mejor grado al mundo que a Dios, y más fácilmente siguen las apetencias de la carne que el beneplácito divino. Ofrece el mundo cosas temporales y efímeras, y, con todo, se le sirve con ardor. Yo prometo lo sumo y eterno, y los corazones de los hombres languidecen presa de la inercia. ¿Quién me sirve y obedece a mí con tanto empeño y diligencia como se sirve al mundo y a sus dueños? Sonrójate, pues, siervo indolente y quejumbroso, de que aquellos sean más solícitos para la perdición que tú para la vida. Más se gozan ellos en la vanidad que tú en la verdad. Y, ciertamente, a veces quedan fallidas sus esperanzas; en cambio, mi promesa a nadie engaña ni deja frustrado al que funda su confianza en mí. Yo daré lo que tengo prometido, lo que he dicho lo cumpliré. Pero a condición de que mi siervo se mantenga fiel hasta el fin. Yo soy el remunerador de todos los buenos, así como el fuerte el que somete a prueba a todos los que llevan una vida de intimidad conmigo. Graba mis palabras en tu corazón y medítalas una y otra vez con diligencia, porque tendrás gran necesidad de ellas en el momento de la tentación. Lo que no entiendas cuando leas lo comprenderás el día de mi visita. Porque de dos medios suelo usar para visitar a mis elegidos: la tentación y la consolación. Y dos lecciones les doy todos los días: una consiste en reprender sus vicios, otra en exhortarles a progresar en la adquisición de las virtudes. El que me rechaza y no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue en el último día.
domingo, 1 de septiembre de 2024
Lejos del Señor
"Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos."
Hemos finalizado una semana de fiestas y festejos de nuestro Santos Patronos y estamos al inicio de la Novena del Cristo de la Misericordia, no podemos decir que en nuestro Pueblo no hay fiestas religiosas que nos llevan a reavivar las raíces de nuestra Fe.
Y, por eso mismo, el evangelio de este domingo nos viene tan bien para poder analizarnos a la luz de lo que decimos creer. Es decir, como Jesús le decía al Pueblo de Israel, también nosotros podemos caer en el mismo saco, pues, aunque tengamos muchas fiestas religiosas ¿nuestro corazón está cerca de Dios?
Por supuesto, dirán muchos, ¿cómo puede decir que nuestro corazón no está cerca de Dios? Es cierto, nuestros corazones están cerca de Dios, pero… ¿nuestra vida está en Dios? ¿vivimos según lo que Dios nos pide en el Evangelio? ¿Amamos como Jesús nos amó? ¿Damos frutos que sean del Espíritu Santo? Etc., etc.
Porque, también, un día le dijo Jesús a un fariseo que le había respondido muy bien a las preguntas: “tú no estás lejos del Reino de Dios”, lo que quiere decir que tampoco estás en él, sino que todavía falta camino por recorrer.
Y así, nuestra vida, aunque es cristiana, y estamos convencido de lo que somos, no siempre actuamos según los criterios del Evangelio, sino que nos dejamos llevar por nuestros instintos y nuestro pecado personal, además de unir nuestros pensamientos a los del mundo actual.
Cuando no estamos completamente unidos a Dios, lo cual no quiere decir que tengamos que ser monjes o curas, sino que nuestra vida tenga un sustento y un alimento en la Palabra y los sacramentos, entonces es cuando nos dejamos llevar por los vientos mundanos. Son esos momentos en los cuales me dejo llevar por el egoísmo, por la vanidad, por el egocentrismo, y, sobre todo cuando no veo en mi conducta malas acciones hacia los demás, y, siempre pienso que son los demás los que actúan mal.
La falta de conciencia de mi propio pecado es lo que me aleja de la Gracia de Dios, y así, poco a poco, no es que reniegue de Dios, sino que mi vida ya no es testimonio de una vida cristiana, sino que mi ejemplo desdice todo lo que digo creer. Por eso, no te quedes viviendo en los laureles de que eres cristiano y vas a misa o rezas, sino que examina tu forma de actuar y verás si estás o no estás en Dios.