viernes, 27 de octubre de 2023

Sin desanimarnos

Yo creo que no somos pocos los que nos sentimos, a veces, como san Pablo:
"Así pues, descubro la siguiente ley: yo quiero hacer lo bueno, pero lo que está a mi alcance es hacer el mal.
En efecto, según el hombre interior, me complazco en la ley de Dios; pero percibo en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros".
Es cierto que la ley del pecado que residen en nosotros, desde el pecado original, es más fuerte que todos nuestros deseos de ser fieles al Señor. Los instintos primarios que hay en nosotros, la realidad que vive el mundo, las tentaciones que se nos presentan todos los días, no hacen más que sensibilizar nuestra piel para que se ponga en marcha hacia el pecado.
No obstante, siempre tendremos que luchar contra ello. NO es argumento válido decir que peco porque el pecado reside en mí, sino que ante el pecado tengo que seguir intentando no caer, y o levantarme con más fuerza sabiendo cuáles son las piedras que me hacen tropezar.
Pero, igualmente, la "receta" nos la da el mismo Pablo:
"¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor!".
Es nuestra relación con Jesús quien nos fortalece y libera de todas nuestras malas inclinaciones, cuánto más cerca esté de Él y cuánto más me llene de Su Gracia, tanto más fuerte estaré para luchar contra el mal que habita en mí. Sabiendo, por supuesto, que cuanto más viva Cristo en mí, más me tentará Satanás para hacerme perder esa relación con el Señor, pues su deseo no es mi santidad sino mi caída constante hasta que al final deje de vivir en Cristo.
El desánimo que muchas veces me provoca el Tentador, es el más perjudicial en mi lucha contra el pecado, y me va quitando el deseo de seguir caminando junto al Señor. Por eso mismo el Señor siempre nos tiende la Mano para que volvamos a levantarnos, pero con más fuerzas, con más deseos de seguir, con Su Gracia, creciendo en santidad, en la búsqueda constante del bien, del amor y la justicia, para que siempre en mi vida brille la alegría de saberme no sólo amado por Dios, sino rescatado por la Sangre de Su Hijo que, por amor a mí, se entregó y se nos entregó en la Cruz y resucitó para nuestra Salvación.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.