«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero.
El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
A veces no es tan difícil amar a los demás, sino amarse a uno mismo. Hoy en día los estándares de belleza exterior hacen que muchas personas no estén conformes consigo mismas. Y no digo la belleza en cuanto rostro, arrugas y eso, que también afecta a muchos; sino la belleza que da el tener un buen empleo, una buena casa, etc. Hay estándares que hacen que uno viva pendiente de lo que tiene y no de lo que es, y eso, para ciertos temperamentos es muy estresante.
Cuando vivimos pendientes de lo que tenemos que mostrar, entonces es porque no amamos, no queremos lo que tenemos y buscamos complacer a los demás y no a nosotros mismos, o lo que es más, para los cristianos, buscar vivir la Voluntad de Dios para nuestra vida, es decir, buscar nuestra propia vocación o estilo de vida.
Buscar ser como los demás, o necesitar que los demás no progresen para no sentirme menos, o conseguir lo que me he propuesto alcanzar a cierto tipo de edad, o en determinado tiempo, es una constante que desgasta no sólo los ánimos y el entusiasmo, sino que desgasta las relaciones personas, pues no vivo bien las relaciones con aquellas personas que pueden ser para mí causa de estorbo, o desilusión o envidia.
Todo ello lleva, a muchas personas, a no crecer espiritualmente, es más, lo van desgastando día a día, hasta el punto de la depresión por no alcanzar un estándar de vida que no el propio. Así pasa o pasaba, normalmente, con la adolescencia porque nos comparábamos con nuestros amigos del instituto o la secundaria, con sus familias, con lo que tenían. Pero ahora esa envidia o comparación se produce, también, en los adultos: nos comparamos mucho con los demás y, sobre todo, con lo que el mercado nos ofrece y lo que vemos que deberíamos tener y no tenemos.
Por eso no podemos, muchas veces, amar a los demás porque no terminamos de amarnos a nosotros mismos, estamos a disgusto con nuestra vida, con lo que tenemos, y no sabemos valorar, y por eso des-preciamos, no apreciamos, lo que hemos logrado, perdiendo así la perspectiva de lo que debemos vivir, de lo que Dios nos está pidiendo y de lo que Él nos está dando, en la familia, en los amigos, en el día a día.
No dejemos que la vida del mundo nos intente convencer de que somos menos que los demás, amemos lo que Dios nos ha dado.
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