«He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo, tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!
¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división..."
¿Cuál es el fuego que vino a traer Jesús? ¿Por qué no vino a traer paz? Al leer esto pensaba en una frase de san Juan de Capistrano que "colgué" ayer: "si lo que busco es agradar a la gente, ya no seré siervo de Cristo", que, también, como esta de hoy, es muy complicada de entender.
¿Cuál es el fuego? El fuego del Espíritu, el fuego del deseo de encender los corazones de los hombres por vivir una Vida Nueva, el fuego que quema el pecado y la maldad en el corazón del hombre, el fuego que elimina todo lo que no es de Dios y hace renacer la originalidad en el hombre. Ese fuego es el que vino a traer Jesús, un fuego que es deseado, en esencia y en el fondo del corazón, por el hombre pero que, muchas veces, no se da cuenta qué es lo que necesita o, mejor dicho, no se da cuenta que lo que necesita es el fuego de Dios.
Y ¿por qué no ha venido a traer paz? Porque la búsqueda constante de ese fuego de Dios, de la vida en Dios, trae, como dice san Pablo, una guerra interior en el hombre: "hay en mí una lucha entre la carne y el espíritu", pero, a la vez, una lucha entre los que quieren vivir en Dios y los que no dejan vivir en Dios. Hay una lucha entre los que quieren ser fieles a Dios y. predican Su Palabra, y los que no quieren "matar" a Dios y quitarlo de la sociedad y de la vida del mundo.
Es por eso que san Juan de Capistrano decía que no se puede, solamente, agradar a los hombres, porque cuando se predica el Evangelio, cuando se vive el Evangelio, no siempre se agrada a todo el mundo. Diría el mismo san Pablo que la Palabra de Dios es como una espada afilada que corta por los dos lados.
La Palabra de Dios revela lo que hay en el corazón del hombre, y ese hombre no siempre quiere acercarse a la Verdad de Dios, sino que prefiere vivir en el pecado del mundo.
"Hablo al modo humano, adaptándome a vuestra debilidad natural: lo mismo que antes ofrecisteis vuestros miembros a la impureza y a la maldad, como esclavos suyos, para que obrasen la maldad, ofreced ahora vuestros miembros a la justicia, como esclavos suyos para vuestra santificación.
Pues cuando erais esclavos del pecado, erais libres en lo que toca a la justicia. ¿Y qué frutos obteníais entonces? Cosas de las que ahora os avergonzáis, porque conducen a la muerte.
Ahora, en cambio, liberados del pecado y hechos esclavos de Dios, dais frutos para la santidad que conducen a la vida eterna.
Porque la paga del pecado es la muerte, mientras que el don de Dios e la vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro".
jueves, 26 de octubre de 2023
No he venido a traer paz
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