viernes, 13 de octubre de 2023

No dejarnos vencer

"El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama".
En el medio del relato del Evangelio está esta frase que, al parecer, quiere pasar desapercibida, y, quizás, para nosotros, sería mejor que pasase desapercibida pues nos exige más de lo que, a veces, queremos dar.
No hay términos medios en la vida cristiana. Aunque, la más de las veces, vivimos mediocremente y ¡así nos va! No hay término medio porque Él no vivió su vida mediocremente, y a lo que nos ha invitado no es a seguirlo como un perrito a su dueño, sino que nos ha invitado a ser sus discípulos, a llevar una vida como la llevó Él. Por eso, desde el principio nos lo advirtió, y, en muchos. momentos del evangelio tenemos la misma advertencia.
¿Por qué no quiere que vivamos mediocremente nuestra vida cristiana? Porque estamos luchando contra el enemigo de Dios, porque estamos en una batalla contra el enemigo del Hombre, contra aquél que quiere impedir que alcancemos la plenitud de nuestra vida y llevemos a cabo el Plan de Dios, para nosotros y para toda la Humanidad.
Y, a las batallas no van los peores o los más débiles, sino los más fuertes y decididos, pues hay que saber combatir y tener la fuerza necesaria para hacerlo en muchas batallas, pues el enemigo no se cansa de combatir contra Dios y contra los que quieren vivir como sus hijos.
"Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, da vueltas por lugares áridos, buscando un sitio para descansar, y, al no encontrarlo, dice:
“Volveré a mi casa de donde salí”.
Al volver se la encuentra barrida y arreglada.
Entonces va y toma otros siete espíritus peores que él, y se mete a vivir allí.
Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio".
Tener nuestra alma bien limpia y dispuesta, y, sobre todo, fortalecida con los Dones del Espíritu para que cuando llegue el momento sepamos cómo responder y como defendernos de esos ataques, para que no caer en sus redes, sino que, a pesar de las tentaciones que ponga en el camino, poder mirar hacia la Cruz y tener la fuerza de decir: Señor que se haga Tu Voluntad y no la mía, pues esa es la fórmula con la que el Señor triunfó ante el dolor de la Cruz.

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