«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: "Hijo, ve hoy a trabajar en la viña." Él le contestó: "No quiero." Pero después se arrepintió y fue.
Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: "Voy, señor." Pero no fue".
La pregunta es sencilla, pero la respuesta es difícil, pues nos cuestiona a nosotros y a nuestra forma de vivir en Dios. ¿Hago o no hago la Voluntad de Dios?
Decimos que somos cristianos, y, en realidad, lo somos por el Espíritu Santo que nos configuró a imagen de Jesús el día de nuestro bautismo, pero, si me permiten la expresión, eso sería sólo como el título que nos dieron un día… y después de ese día ¿hemos seguido perfeccionando nuestra vida en función de lo que hemos recibido?
Quizás nuestros padres y padrinos no se hayan ocupado de nuestra fe como prometieron el día del bautismo. Quizás nosotros como padres o padrinos no nos comprometemos con la fe de nuestros hijos y ahijados.
Pero ¿aunque no lo hayan hecho o no lo hayamos hecho? ¿Podemos comenzar a hacerlo? ¿Podemos comenzar a perfeccionar nuestra vida de fe en función de lo que hemos recibido?
Claro ¿cómo poder hacer la Voluntad de Dios si no escucho nunca su Voz? ¿Cómo poder discernir o aceptar o rechazar si no sé cómo se discierne Su Voluntad? Es verdad, si nadie nos enseña cómo poder aprender.
Pero, eso, en realidad no se lo podemos decir al Padre Dios. No, porque desde siempre nos ha ido enseñando, es más nos ha dado su Espíritu para que Él nos enseñe desde dentro. Y, sobre todo, en las Escrituras están todos los caminos por los cuales Él se nos comunica o nos comunica Su Voluntad.
Ahora ¿nos hemos detenido más de un momento un día para reflexionar y orar con Su Palabra? ¿Cuántos minutos nos tomamos en el día para hacer orar y estar en silencio con el Padre o el Hijo o el Espíritu? Porque, en realidad, el primer paso es querer tener tiempo para estar en Dios, para estar en silencio con Dios, pues es el primer medio o camino para poder escuchar. Si no aprendemos a hacer silencio en Dios nunca vamos a poder escuchar Su Palabra, y así nunca vamos a poder aprender a discernir Su Voluntad para mi vida.
Una vez que aprenda a querer tener tiempo para Dios, es cuando Él comenzará a hablarme con más claridad, en Su Palabra, en los hermanos, en los acontecimientos de cada día, y, sobre todo, desde la celebración de la Eucaristía y de la Reconciliación, en donde Él se hace presente.
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