"La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven:
«Pídeme lo que quieras, que te lo daré».
Y le juró: «Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».
Muchas veces en el frenesí de una discusión, o ante la excitación de un momento mundano podemos llegar a decir o a jurar mucho sin tener en cuenta la repercusión o las consecuencias de nuestras palabras. El temperamento, los instintos o vaya a saber qué cosa nos provocan, muchas veces, problemas de los cuales no sabemos cómo salir, o no sabemos cómo resolver, o, en los peores casos no sabemos cómo pedir perdón por lo que hemos hecho o dicho.
El arrepentimiento de ciertas situaciones se nos hace difícil, pues pareciera que si nos arrepentimos de lo que hemos hecho nos tomarán por débiles, tontos o no sé qué es lo que pensamos. Sin embargo, el arrepentirse y pedir perdón o disculpas y volver a hacer las cosas de mejor manera es un acto de fortaleza, pues hay que ir en contra de los que nos dictan los instintos, la soberbia o el orgullo.
Lamentablemente vivimos en una sociedad que nos hace pensar que no debemos pedir perdón, o, como muchos dicen no tengo por qué pedirlo, lo hecho, hecho está y ya no hay nada que hacer. Sí que se pueden volver a hacer las cosas. Es la actitud que tenemos que tener.
Pero, sobre todo, lo que debemos intentar es deternos antes de tomar malas decisiones o antes de decir cosas que puedan herir a los demás o.... Los momentos de mucha excitación, exaltación del temperamento, las largas discusiones, las largas noches de bebida o fiesta, nos llevan a perder, casi, la consciencia y la capacidad de discernir. Así debemos conocer nuestros límites en todas las cosas que hagamos para no caer en la tentación de prometer, jurar o decir o hacer muy mal las cosas, tan mal que después no podamos mejorarlas o mejorar nuestra situación ante los demás o ante uno mismo.
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