Hoy Santiago nos responde a una cuestión que siempre nos apremia, y de la cual, muchas veces pensamos mal o no sabemos cómo contestar:
"Cuando alguien se vea tentado, que no diga: «Es Dios quien me tienta»; pues Dios no es tentado por el mal y él no tienta a nadie.
A cada uno le tienta su propio deseo cuando lo arrastra y lo seduce; después el deseo concibe y da a luz el pecado, y entonces el pecado, cuando madura, engendra muerte".
Somos nosotros mismos quienes nos tentamos con lo que no debemos hacer, o con lo que es menos bueno para nosotros. Y eso nos pasa no sólo a nivel moral, sino también a nivel físico. Cuando el médico nos dice que no debemoms tomar las comidas con sal, o no debemos usar azúcar ¿qué es lo primero que deseamos? Aquello que no nos hace bien, o que nos hace mal. ¿Por qué? Porque así ha quedado dañado nuestro ser por el pecado original. Ya lo dice el mismo Pablo:
«Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco. Y, si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con la Ley en que es buena; en realidad, ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí. Pues bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. Y, si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí. Descubro, pues, esta ley: aun queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta. Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor! Así pues, soy yo mismo quien con la razón sirve a la ley de Dios, mas con la carne, a la ley del pecado.»
Es por ello que necesitamos estar más en realción con Cristo, con Su Palabra, con su Eucaristía, para que nuestro espíritu esté siempre vigilante y atento para evitar caer en la tentación. Pero, si caemos sabemos a Quien recurrir para que nos levante y nos re-oriente en el caminar diario. Porque Él no sólo nos perdona sino que vuelve a darnos las pautas necesarias para seguir caminando, pues tampoco tenemos que comenzar de cero, sino que seguimos en el Camino, pues Él es nuestro Camino.
Cuando no recurrimos a Él, que es Quien tiene la Gracia para levntarnos de nuestras caídas, posiblemente nos quedemos tirados sobre nuestro pecado y dolor, y no avancemos hacia la meta, y, en algunos casos, hasta perdamos la fe.
En los tropiezos y caídas, ya sabemos a Quien recurrir y a Quien tenderle la mano, pero también nos toca a nosotros, como dice el acto de contricción: "evitar las tentaciones próximas al pecado".
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